La pinche india o el racismo muy visible

Fotos: José Ernesto Jiménez

-Disculpe, ¿qué se está presentando aquí? -le pregunta una señora al encargado del Centro Cultural Olimpo.

-Creo que una obra de teatro regional… -le desinforma aquel en plena noche del estreno, viernes 4 de noviembre.

Y es que “La pinche india”, de Mario Cantú Toscano, está lejos de ser teatro regional yucateco, pues su argumento se desarrolla en el norte del país, pero resulta sintomático que los encargados del recinto piensen eso: basta con escuchar la palabra “india” para imaginar a una mestiza. Basta con escuchar el adjetivo peyorativo “pinche” para imaginar que es una más de esas obras locales donde el escarnio y el denuesto de los tópicos de la idiosincrasia mestiza o indígena son suficientes para hacer comedia del pueblo a expensas del mismo, cuyo discurso perpetúa ad infinitum que las diferencias sociales y la discriminación son divertidas.

Marysol Ochoa y Socorro Loeza

Gigi (Socorro Loeza), una “niña bien” de Monterrey, despierta un día y, al mirarse al espejo, descubre que ya no es la rubia de ojos claros que solía ser, sino una morena con rasgos autóctonos con unas ansias locas por barrer y escuchar cumbias, según le cuenta a Marcia (Marysol Ochoa), su mejor amiga, temerosa de que el compromiso con su novio Fernando (Teo Flores) se vaya al diablo dada su nueva condición de “india patarrajada”, de naca mexicana sin remedio.

Lo anterior sirve como excusa para explorar el racismo -no tan invisible- arraigado en la sociedad mexicana, donde el fenotipo y los rasgos son suficientes para determinar la diferencia entre ser un ciudadano de primera o de tercera, sin acceso a las mismas oportunidades laborales y sociales que los blancos toman por sentado.

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“Son cosas que se dicen” (Teo Flores como Fernando).

A través de actos o cuadros escénicos se trasluce cómo la peor fortuna en este país es ser mujer, indígena y lesbiana (aunque Gigi no sea esto último, sólo eso le faltaba a la pobre). Y así, mediante la narración realista se satirizan las maneras de hablar, el pensamiento mágico y religioso, las conductas sociales del “qué dirán” y otras tantas linduras que, lamentablemente, son el pan de cada día en México, donde siempre hay un motivo para avergonzarnos de lo que somos.

Se agradece que la dramaturgia no sea un libelo panfletario, aunque no está exento de ciertas puyas hacia el indigenismo mal entendido, a la mal llamada izquierda mexicana o a esa nociva concepción de lo popular mexicano devenida del nacionalismo muralista perpetrado desde tiempos posrevolucionarios. Nuestro imaginario colectivo, lleno de estas influencias, no puede evitar pensar que los indígenas son preciosos “mexican curious”, sin mirarnos al espejo de nuestra realidad social. Sin embargo, se agradece que todas estas reflexiones sean propiciadas por las risas y carcajadas un tanto incómodas que sólo el teatro puede propiciar como forma de arte.

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Pablo Herrero, Xhail Espadas y Socorro Loeza.

La producción fue de Teatro Hacia al margen y la dirección fue de Pablo Herrero, quien también actuó como Rogelio, el padre y cabeza de los Zambrano, familia norteña de abolengo caída en desgracia (y todo por tener una pinche hija india). Si bien fue notable que aún hace falta trabajar en cuestiones como el ritmo al entregar los diálogos y hacer más breves las transiciones entre escena y escena, creo su mayor acierto radica en el montaje y en la dirección del ensamble coral, como lo demuestra el hecho de que cada actor haya podido brillar con luz propia.

En especial, destacan las actuaciones de Teo Flores, Xhail Espadas (Elsa, la mamá) y Carlos Molina (El tripas); por supuesto, de la actriz principal Socorro Loeza, que seguramente enfrentó un gran reto al encarnar este papel, tan ajeno a ella, tan provocador para todos. Después de todo, no se trata de decir “yo soy rubia”, “yo soy morena” o “yo soy india”, sino simplemente de reconocernos en toda nuestra dimensión y poder exclamar: “Yo soy”, sin etiquetas, sin cortapisas…

Las luces se apagan.

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