10 secuencias imprescindibles del cine musical

The Greatest Showman de Michael Gracey y protagonizada por Hugh Jackman, Michelle Williams y Zac Effron es una película musical que está literalmente rompiendo las carteleras mexicanas. Al público en general le ha encantado el filme por su temática, por su espectacular producción, sus acertadas interpretaciones y por la manera como el filme presenta los números musicales. Lo anterior nos puede servir como un buen pretexto para hablar del musical. En lo particular es uno de mis géneros favoritos y ello se debe a que, desde mi punto de vista, el musical es el género cinematográfico que lleva al límite a todos los elementos del lenguaje audiovisual.

Aquel en el que todos los planos son importantes para que desde esa unidad de carácter primigenio comience el proceso que tiene momentos de explosión en los números musicales que son imprescindibles en la narrativa propia de las películas musicales. Por supuesto que con cada plano adquieren singular importancia otros elementos como la composición, la fotografía y por supuesto el montaje, cuyo papel va a ser mucho más determinante que en cualquier otro género para ser generador de ritmo y de tiempo en el filme.

Hay que decir también que el musical es, junto con el Western, un género nacido en Hollywood y es dentro de la cinematografía norteamericana en donde se pueden encontrar a los máximos referentes de este tipo de películas. Ello no quiere decir que el musical no haya sido filmado en otros países con estupendos resultados, pero considero que en ninguna otra cinematografía se han generado momentos que a la postre se han convertido en los referentes del cine musical en el mundo entero.

El musical ha tenido sus altas y sus bajas, pero siempre ha estado presente en los cines de todo el mundo quizá porque es capaz de envolver al espectador en un manto lúdico y onírico que no tiene comparación con los creados por algún otro género cinematográfico.  A continuación les presentaré un listado de diez escenas que considero son una buena muestra de la importancia y trascendencia dentro del cine musical. Escenas que pueden marcar una pauta para entender mucho mejor la importancia de los musicales y por supuesto que pueden servir como una puerta de entrada a un alucinante, divertido y esperanzador género cinematográfico.

 

New York, New York! de On The Town (1949)

On The Town fue primero un musical de Broadway estrenado en 1944. Fue compuesto por Betty Comden y Adolph Green y musicalizado por el legendario Leornard Bernstein. Cuatro años después de su estreno en teatro, Stanley Donen y Gene Kelly le llevarían al cine. Pero van a hacer para ello algo que para la época fue revolucionario: sacaron al musical de los grandes estudios en los que éste era filmado y le llevaron a la calle, al sitio en el que la historia estaba ambientada: la gran ciudad de Nueva York que resultaba en un personaje más.

La secuencia inicial del filme es paradigmática por lo anterior, las luces interiores ceden ante la luminosidad de la Gran Manzana y ante los ojos de tres marinos que solamente tienen veinticuatro horas de licencia para visitar la ciudad. El montaje va a ser fundamental para esta novedosa secuencia y brindará de un ritmo extraordinario a la misma. Gene Kelly, Frank Sinatra y Jules Munshin van a cantar con gran emoción proyectando el asombro que la ciudad despierta ante a sus ojos. Curiosamente durante este primer número el baile está ausente, lo que también constituye un acto revolucionario en el género pues este es sustituido por lo conseguido en la moviola de edición.

 

Barn Raising Dance de Seven Brides for Seven Brothers (1954)

Nuevamente Stanley Donen al frente de una de los mejores musicales de todos los tiempos. Seven Brides for Seven Brothers fue una combinación entre Western y Musical que demostró algo que para la época en la que fue filmada era algo completamente revolucionario: que los hombres podían ser rudos y bailar ballet sin perder un ápice de dicha rudeza. Pero más allá de eso presentaba un número musical en el que se expone al máximo la capacidad narrativa que poseen los bailables en un musical. No se trata simplemente de ponerse a cantar y bailar sino que dichas actividades formen parte intrínseca de la historia y que cuenten parte de la misma.

Lo más interesante de esta escena conocida como el Barn Raising Dance es que aquí  el canto está ausente y que es a través del baile como nos van contando la historia: los campiranos hermanos Pontipee bajan de las montañas en las que viven al pueblo más cercano con dos objetivos: demostrarle a su cuñada Milly que han adquirido buenos modales y que con ellos son capaces de cortejar a las chicas del pueblo para formar una familia. El problema es que en el pueblo existen siete hombres por cada mujer y por lo tanto la competencia con los solteros locales será muy reñida. Todo lo anterior es contado a través de una coreografía espectacular y acrobática en la que nuevamente el montaje será fundamental para ir relatando lo mucho que el bailable tiene que decir.

 

Superstar de Jesus Christ Superstar (1973)

En contraposición a la secuencia anterior que irradia inocencia y esperanza, en esta parte de la lista he decidido incluir a Superstar de la gran Jesus Christ Superstar de Norman Jewison. Un número que los colores alegres tanto en vestuario como en los escenarios ceden terreno a los blancos y a una iluminación mucho más cercana a la de un concierto de rock que a la de una película musical. Toda la secuencia inicia con la yuxtaposición de imágenes de Ted Neely quien pasa de ser un Jesús golpeado y destrozado a la del Mesías resucitado que es duramente cuestionado en el número por el extraordinario Judas de Carl Anderson.

La coreografía es sobresaliente y pasa de la reverencia del góspel más tradicional a la explosividad del pop gracias también a los movimientos de la cámara de Jewison que va sacarle el mayor provecho a paneos, al dolly y las grúas para ir de picadas a contrapicadas y de alucinantes planos generales al close up del rostro de Carl Anderson para aprovechar al máximo la expresividad que el intérprete le imprime a la canción. Cerrará la secuencia insertando imágenes de la crucifixión, de la aridez desértica del Monte Calvario y del sufrimiento de Jesús y de quienes le rodean rompiendo completamente con el ritmo de lo presentado anteriormente de manera muy enfática y regresando así de manera violenta e intempestiva al espectador a la reflexión sobre el sacrificio de Jesús.

 

Springtime for Hitler de The Producers (2005)

En 2005 Susan Stroman dirigió el remake de la clásica The Producers del legendario Mel Brooks. El gran mérito de Stroman no es solamente conservar el tono satírico e irónico del filme original del genio neoyorkino, sino mantener esa tonalidad para hacer una caricatura del cine musical. Lo va a hacer reproduciendo números musicales que al estar salpicados de elementos clásicos del género se convierten en una deliciosa sátira del mismo. El mejor ejemplo es la presentación de la obra que producen Max Byalstock (Nathan Lane) y Leo Bloom (Matthew Broderick) con el objetivo de convertirla en un auténtico desastre y así salvarse de la persecución de las autoridades hacendarias. Nada mejor que eso que realizar un musical sobre los Nazis y Adolf Hitler.

Springtime for Hitler pretende ser todo lo opuesto a los valores típicos del musical pero Storm va a filmar el número inicial del pretendido desastre con elementos clásicos de los musicales de los años treinta: el crooner que se convierte en el narrador principal de la canción, la bailarina exuberante que con el aire de femme fatale se apodera del protagónico de la obra y un espectacular ballet que reproduce una coreografía rimbombante  todos disfrazados de soldados nazis. La secuencia resulta en una hilarante parodia cuyo toque final termina por construir una magnífica burla de toda una estética implantada por los grandes musicales de la pantalla grande.

 

I Dreamed a Dream de Les Miserables (2012)

Anne Hathaway interpreta una de las mejores piezas del legendario música de Boublil y Schönberg para la versión cinematográfica dirigida por Tom Hooper. La interpretación está cargada de emotividad, de dolor, de vulnerabilidad. Hooper lo entiende así y decide filmar la secuencia utilizando solamente dos planos: una picada y luego un largo y hermoso close up que remite inevitablemente a Carl Theodor Dreyer y María Falconetti en su Juana de Arco. Ignoro si la intención de Hooper era hacer una referencia o un homenaje a la legendaria película danesa de 1928, pero no hay duda alguna que las similitudes en el uso del primer plano para resaltar el rostro de la desesperación de una mujer que ha renunciado a toda esperanza es indudable.

Sin embargo, creo que la apuesta de Hooper al hacer uso de tal plano por tan prolongado tiempo es muy arriesgada pues estamos ante un género cinematográfico que, como ya dije antes, sustenta su convención en el uso de planos muy cortos concatenados por el ritmo que provee el montaje de los mismos. La apuesta le sale bien porque Hathaway entiende perfectamente la intención del director y genera una brillante y brutal interpretación que provoca que el espectador termine profundamente conmovido por el drama de Fantine. La secuencia fue tan abrumadora que terminó por darle a Anne Hathaway cualquier cantidad de premios.

 

Nowadays de Chicago (2002)

Roxie Hart y Velma Kelly han logrado ser perdonadas por los crímenes cometidos y han conseguido limar sus diferencias. La historia plagada de doble moral que cuenta Chicago no puede encontrar un mejor final que Nowadays, un número que Rob Marshall filma con gran maestría utilizando moviendo a la cámara en un paneo constante mientras retrata a Catherine Zeta-Jones y a Reneé Zellweger en un alocado, sensual, gozoso y rítmico baile en el que las dos estrellas mantienen el espíritu de competencia que han sostenido a lo largo del filme a pesar de que ahora formen parte de un mortal y encantador dúo.

El uso de la contrapicada resaltará aún más esa superioridad moral que las mujeres han alcanzado entre un auditorio completamente embelesado que ha decido caer rendido ante dos mujeres fatales. Insertará un breve plano en el que Richard Gere ríe con cierta complicidad al mismo tiempo que menea la cabeza para retratar lo irrisorio de la situación: un público entregado en la admiración de dos criminales. El montaje explotará entonces en una serie de cortes muy breves que representan perfectamente la locura embriagante que las dos bailarinas producen en el público. Una manejo perfecto del ritmo y una escenografía espectacular terminan por convertir a la secuencia en el ejemplo perfecto de lo que debe ser un número musical hecho para la pantalla grande.

 

You Are The World To Me de Royal Wedding (1951)

Tom Bowen es un bailarín que se ha trasladado a Londres para presentar su acto. Su presentación coincide con la boda de la Reina de Inglaterra por lo que el amor parece flotar por toda la ciudad y cupido termina por tocar el corazón del artista norteamericano. Bowen va a llegar a la habitación de su hotel con el retrato de su amada a la mano y mientras le contempla embelesado emprende un alucinante baile en el que la fuerza del amor le hace desafiar por completo a la gravedad y lograr una de las secuencias más originales en toda la historia del cine musical. Stanley Donen aparece nuevamente detrás de la cámara para armar un número que representa como ningún otro el poder lúdico del musical. Quizá en estos tiempos en los que todo se resuelve gracias a una pantalla verde y cualquier cantidad de computadoras, la secuencia no nos resulte tan admirable.

Pero imaginen filmar algo como lo que van a ver a continuación en 1951, estamos hablando entonces de una auténtica proeza. ¿Cómo lo lograron?, Donen mandó a construir un set que tuviera la capacidad de girar 360 grados y que fuera impulsado por los movimientos propios del bailarín. Fred Astaire es quien  hace girar a todo el escenario. Una cámara y un camarógrafo fueron atados a un punto en el que también podían dar la vuelta y seguir sin cortar a Astaire mientras se producía el efecto de que éste se convertía en un hombre araña que baila tap. Imaginen los rostros del público del inicio de la década de los cincuenta del siglo pasado cuando presenciaron esta auténtica victoria del ingenio humano.

 

Hot Lunch Jam de Fame (1980)

En 1980 Alan Parker filmó una película sobre un grupo de estudiantes de una escuela de artes en la ciudad de Nueva York. Estudiantes provenientes de bajos estratos sociales y que tenían la intención de salir de sus propios infiernos a través de su talento para las diversas facetas del arte. Quizá Fame no sea un Musical en el sentido más estricto del género, es decir sus números musicales no tienen una razón onírica sino que más bien reflejan la actividad diaria de los chicos inmersos en los procesos creativos. Pero Parker logra filmar estupendos números en los que las coreografías son caóticas y propias de chicos en plena adolescencia y dispuestos a mostrar su talento en cualquier situación.

El famoso Hot Luch Jam es un ejemplo de lo anterior. Maureen Teefy interpreta a Doris una estudiante recién llegada a la escuela que tímidamente entre a una cafetería en la que todo el mundo parece estar en lo suyo. Pero en un punto Lee Curreri – quien interpretaba al enormemente talentoso Bruno Martelli–  detecta un ritmo que puede ser perfecto para una canción. El piano marca las primeras notas y el caos explota en arte. La coreografía refleja ese momento caótico, cada quien busca la manera de expresarse hasta que la poderosa voz de Irene Cara toma la batuta y canta una alocada canción sobre lo que se sirve en el sitio para comer. Todo termina por explotar en una alucinada secuencia llena de cortes muy rápidos que abruman al espectador y a la pobre Maureen Teefy quien abandona el comedor pensando que ha llegado a un auténtico manicomio.

 

Make’em Laugh de Singin’ In The Rain (1952)

Hay muy poca discusión acerca de cual es el mejor musical de todos los tiempos. Este honor lo sigue teniendo, y por mucho, Singin’ in The Rain. Stanley Donen – de nuevo – vertió toneladas de sabiduría cinematográfica en cada uno de los números musicales y logró crear una película que reflejaba no solamente un punto muy importante en la historia del cine – la transición del cine mudo al sonoro – sino que creó secuencias musicales que se convirtieron en un referente en solamente del género musical, sino en general de la cinematografía mundial. Es difícil elegir una secuencia entre tanta perfección. Está por supuesto la clásica secuencia en la que Gene Kelly baila y canta la canción que da título al filme por las calles mojadas de Los Ángeles, o la maravillosa secuencia final titulada Broadway Melody que es un pequeño cortometraje musical al interior del filme.

Pero para ésta lista me he decantado por Make’em Laugh, una secuencia en la que Donald O’Connor demuestra sus enormes dotes como comediante y bailarín. Es un momento muy importante en la película –O’Connor quiere convencer a Kelly que aún tiene posibilidades de triunfar en el cine sonoro- que Donen resuelve con una coreografía hilarante incorporando el humor al musical. La secuencia es fascinante no solamente por lo que logra O’Connor con todo su físico al servicio de la danza, sino porque también en el desarrollo del número a elementos propios del cine como lo son la utilería y los escenarios, los cuales adquieren un papel preponderante en la narrativa quizá como en ningún otra secuencia filmada antes y después.

 

Wig In A Box de Hedwig and The Angry Inch (2001)

La historia de un artista transgénero alemán que recorre los estados con su banda de Punk – Rock mientras reflexiona sobre su propia vida, es contada con gran originalidad por John Cameron Mitchell en la entrañable Hedwig and The Angry Inch. Es una película sobre la identidad, la aceptación, el amor y el desengaño. Una de sus mayores virtudes es incorporar todos esos temas a los números musicales. Hedwig – interpretado por el propio Cameron Mitchell – lucha constantemente con su pasado y por momentos la confusión – además del desengaño – le hunden en la depresión.

Entonces aparece Wig In A Box, la secuencia más recordada porque refleja ese momento en el que Hedwig termina por reconocerse a sí mismo, por aceptarse como es y por sentir el cariño que le tiene banda. Cameron Mitchell filma la canción incorporando elementos propios del video clip (como la aparición de los integrantes de la banda tocando sus instrumentos musicales o la descripción visual de la letra de la canción) mientras retrata a Hedwig en su proceso de cambio. Además involucra a la audiencia al invitarlos a cantar y con un constante quebranto de la cuarta pared con la intención de mostrar al ser humano que decide que la fantasía es en realidad su mejor realidad una de las máximas del maravilloso género que es el cine musical.

 

 

 

 

 

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