Aquarius: el regreso de Sonia Braga

Entre las películas más comentadas y nominadas en el 2016, se encuentra una joya que apenas se ha estrenado en nuestro país (ya puede verse en Netflix). Se trata de “Aquarius”, que en México puedo encontrarse bajo el nombre de “Doña Clara”. Sin importar la traducción, el segundo filme dirigido por Kleber Mendonça Filho ha cautivado a las audiencias por dos motivos: la fuerza de la interpretación de la diva del cine brasileño Sonia Braga, y el poderoso mensaje de resistencia y supervivencia que es el motor principal tras las acciones que acontecen en la gran pantalla.

La trama gira en torno a Clara, periodista y ex-crítica de música de 65 años, una viuda que vive retirada en el edificio Aquarius, construido en la década de 1940 sobre la chic Avenida Boa Viagem, justo en la costa brasileira. Pero la inmobiliaria dueña del edificio poco a poco ha comprado todos los apartamentos, causando que todos los inquilinos se vayan, menos Doña Clara, que se niega a vender el suyo y emprende una batalla moral y legal  en contra de la empresa que se vale de dudosas artimañas para expulsarla. Sin embargo, su lucha tiene un costo ya que tanto amigos como familiares se ven afectados por la situación.

La estructura del filme se divide en tres partes: El cabello de Clara, El amor de Clara y El cáncer de Clara. Comenzando en los años ochenta, este primer segmento parece decirnos que sin el pasado no se puede entender el presente, que es nuestro futuro. Y así, la afinidad emocional por ciertos seres queridos explica el porqué muchas veces nos encariñamos con sitios u objetos inanimados con los cuales de alguna manera reemplazamos y recordamos a aquellos que ya no se encuentran con nosotros.

La aproximación argumental al tema es de corte naturalista y el realismo de las situaciones provoca que nos encariñemos con la protagonista, una mujer firme y orgullosa que vive una vida idílica y plena hasta que se desencadenan los acontecimientos antes referidos. Aquí la actuación de Sonia Braga como una superviviente del cáncer de seno es soberbia. Su vitalismo es latente, lo cual se ve magnificado por los paradisíacos paisajes de las playas brasileñas y la suntuosa colección de viniles que Doña Clara alberga en su pequeño departamento.

No es de extrañar que la música se constituya como otra protagonista. La banda sonora es alegre, magnífica. Lo mismo se escuchan piezas de bossanova que el rock de Queen. Y así nos vamos adentrando en los pequeños giros dramáticos que, dosificados, generan empatía en el espectador. Esta película no es la épica que muchos buscando cuando acuden a una sala de cine. Por el contrario, es una historia realista no exenta de crítica social hacia el corporativismo devorador y de la gentrificación, un tema muy en boga hoy en día en el mundo de los que son desplazados y despojados de sus memorias, de sus tradiciones y de su necesario entorno.

Por ello, el filme se apuntala en un torbellino actoral llamado Sonia Braga, que hace ver a los demás actores como mero soporte secundario en la brega existencial que se nos cuenta. Sin duda esta es una producción que vale la pena y cuyo único desliz puede señalarse en la duración de la película (149 minutos). Una mejor edición no le hubiera restado un ápice al relato y, en cambio, hubiera contribuido a un mejor ritmo que contrastara con el desenlace abierto pero no menos contundente. En definitiva hay que verla, aunque sea por el mero gozo de vivir por un par de horas en compañía de Doña Clara y la magnífica vista que se aprecia desde el Aquarius.

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