La forma del agua: una breve reflexión

Pero cuando pienso en ella, lo único que me viene a la mente es un poema, susurrado por alguien enamorado, cientos de años atrás: “incapaz de percibir tu forma, te encuentro a mi alrededor, tu presencia me llena los ojos, tu amor humilla mi corazón, porque estás en todas partes.” The Shape of Water

 Hay una pregunta que ronda durante toda la proyección de The Shape of Water: ¿Qué es un monstruo? Por supuesto que existen dos respuestas obvias: uno es la figura del anfibio que resulta en el ser del cual se enamorará el personaje principal y la otra es su antagonista, el humano que le ha capturado y que posee una monstruosa capacidad para infringir dolor, para hacer a un lado a su humanidad y convertirse en una obsesiva bestia que lucha por terminar con lo bello que existe en el mundo, sobre todo cuando esa belleza está representada por aquellos seres a los que considera inferiores e imperfectos. Toda la película de Guillermo Del Toro va a ser una exploración de la monstruosidad y de esa bipolaridad representada por los extremos en los que se encuentran situados ambos personajes.

Y en el medio de ambos la balanza: la belleza representada por una mujer que padece una discapacidad para comunicarse y que tal vez por lo anterior tiene la enorme sensibilidad para entender, por un lado, al hombre monstruoso cuya falta empatía es producto de la ambición y la doble moral; y por otro, al ser que bajo las escamas es capaz de ser empático incluso con aquellos que son completamente diferentes a él y que posee una inteligencia emocional que está esperando ser descubierta. Todo lo que rodeará a Elisa (la maravillosa Sally Hawkins) es percibido por ésta de una manera única, de una manera especial. Su mundo es rutinario y solamente es capaz de salir de tal rutina y de expresarse en plenitud cuando se encuentra en un elemento diferente y ajeno a su propia naturaleza como lo es el agua, es en ella cuando tiene la capacidad de desnudarse física y emocionalmente.

De ahí que su conexión con el hombre anfibio sea tan profunda pues es evidente que el agua y su flujo constante, su capacidad para generar vida –aún sea la de un ser de una especie desconocida– le producen una atracción especial y al sumergirse o mojarse cuando posee la capacidad para olvidar sus propios fantasmas, sus propios defectos y sentir la esperanza de que en ese ambiente extraño pueda encontrar un mundo distinto, un mundo diferente al que la ha excluido por su particular defecto.

Y es ahí cuando Del Toro triunfa porque a través de una imaginería visual apabullante, de un guión magnífico en el que cada detalle tiene una importancia narrativa significativa, es capaz de hacer que el espectador sea envuelto por esa visión tan particular, única y hermosa que Elisa posee para ver y comprender al mundo. Esa visión que proviene de un corazón incomprendido, puro y dispuesto a arriesgarlo todo por una criatura que en el fondo no es nada diferente a ella. Al final, quien mira la película termina aceptando una relación producida por un amor puro, casi etéreo pero que también tiene una expresión física que será mostrada con tal naturalidad y hermosura que quien mira el filme no tiene ningún tipo de problema para aceptarla porque nadie puede rechazar a aquello que está forjado en la belleza.

Las imágenes danzan al ritmo de una partitura –escrita por el gran Alexander Desplat–  que es capaz de describir con el sonido todo aquello que Elisa no puede expresar con palabras. Es la música la que le termina dando voz al personaje, que se convierte en parte del mismo, haciendo que los sonidos diegéticos y extradiégeticos terminen por momentos fundidos en un cálido abrazo sonoro que dispara las emotivas imágenes a un nivel que inventa una particular catarsis en un espectador que probablemente haya terminado rendido ante tanta beldad, ante una pasión desbordada por mostrar que lo bello está en casi todas las cosas siempre y cuando uno tenga y quiera tener los ojos para verlo, para escucharlo, para sentirlo.

Supongo que cada uno de los que pasa por la experiencia fílmica que resulta ser The Shape of Water tendrá una conclusión diferente y subjetiva de la película. En lo personal, me parece que Guillermo Del Toro nos regala una fábula sobre nosotros mismos, sobre la realidad que nos rodea y que hemos construido cimentada en el odio y el aislamiento, en el deseo de vencer a toda costa y pisoteando a quien consideramos como débil. The Shape of Water es un espejo en el que podemos reflejarnos, asomarnos con curiosidad para desnudarnos, para mirar que nos hemos dejado llevar por un mundo cínico, incapaz de generar la más mínima compasión, sintonía y entendimiento hacia el otro.

Tal vez porque nuestro individualismo es más importante o porque quizá al mirarnos en ese espejo terminaremos encontrando que somos similares a uno de los monstruos que viven en cada uno de los extremos de la historia y quizá lo que encontremos no nos guste tanto. Pero lo interesante, lo que plantea la película en su hermoso y profundo subtexto, es que la esperanza recae en aspectos de nuestra humanidad que son inherentes a la misma: el sacrificio, la amistad, la búsqueda de la aventura, el cambio en nuestra visión del mundo y finalmente el amor.

Entonces, ¿qué es un monstruo? De acuerdo a La Forma del Agua es ese ser que no encaja en los cánones dictados por el poder, por el cinismo, por la ambición y por el odio. Es un ser mudo, horripilante, que tiene la capacidad de brillar más allá de lo que los ojos del otro pueden percibir. El monstruo es quien nos confronta con nuestros peores demonios pero quien también puede evitar que nos ahoguemos en los mismos, es un ente que nos hace ser mejores y que saca del pantano más profundo lo más admirable, lo mejor que tenemos los seres humanos: nuestra capacidad de amar.

 

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