Café Society: ¡Woody Allen descafeinado!*

La más reciente entrega fílmica de Woody Allen es Café Society, recién estrenada en México y producción que es punta de lanza de la 61 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. La película cuenta entre su reparto con Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Parker Posey y Blake Lively. La cinta se desarrolla en el Hollywood de los años 30 y gira en torno a Bobby Dorfman (Eisenberg) un ingenuo joven proveniente de una familia judía neoyorquina que llega a Los Ángeles a buscar suerte, tratando de insertarse en la meca del cine con la ayuda de su tío Phil (Carell), un exitoso agente cinematográfico que se codea con luminarias de la gran pantalla. Es así como conocerá a Vonnie (Kristen Stewart), la secretaria de su tío, de quien poco a poco irá prendándose, ignorando que ella tiene otra relación amorosa en su vida.

Mediante dicha trama, Allen intenta explorar los temas que le son más afines: los enredos amorosos, las relaciones familiares, el mundo del cine, las diferencias entre la vida en California y Nueva York, la infidelidad y el engaño. Todos tópicos que ya ha abordado antes en su extensa filmografía, pero que en esta ocasión no logra asir en lo absoluto, ya que el guión resulta frívolo y endeble. La historia transcurre en una atmósfera que, al principio, parece de ensueño -en parte gracias a la fotografía de Vittorio Storaro-, pero dentro de esta hermosa paleta de colores cálidos y pastel nada sucede o nada parece suceder. Los giros dramáticos son prácticamente inexistentes y, cuando ocurren, generan reacciones en los protagonistas tan imperceptibles como la picadura de un mosquito.

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El legendario Vittorio Storaro usó una paleta de colores pastel en su fotografía digital

Sorprende que Woody, veterano director de ensambles actorales, haya sido incapaz de darle al elenco esa sensación coral que frecuentemente redondea hasta sus obras menos afortunadas. Ver esta comedia romántica es tan ligero como beber un café descafeinado y así transcurre: sin sorpresas ni sobresaltos. Incluso se extrañan los agudos destellos de Allen, cuyas frases y reflexiones muchas veces valían tanto la pena como para salvar una película de sus llamadas “menores”.

Pero en esta ocasión el director se encuentra más allá de toda redención. Aunque Eisenberg actúa satisfactoriamente como uno más de los tantos alteregos cinematográficos de Woody, su actuación carece de matices y luce acartonada, cuando sabemos que es un actor capaz de más. La elección de Kristen Stewart es desafortunada, no sólo porque la considero una de las actrices más sobrevaloradas de la actualidad, sino porque su oportunidad con un director serio transcurre por los derroteros de la mediocridad. Por otro lado, Parker Posey, que hizo tan buen trabajo en la anterior producción de Allen “Un hombre irracional” (2015), se ve totalmente desperdiciada aquí.

Blake Lively en una escena de la película
Blake Lively en una escena de la película

No ocurre lo mismo con Blake Lively, que es mucho más que una cara bonita y que en sus breves minutos en pantalla logra dejar una brillante impresión, efectiva y autocontenida, al servicio de su papel secundario como la esposa de Bobby Dorfman. Carell, que tiene tablas y viene de interpretar papeles dramáticos que lo han desmarcado de sus inicios como comediante (Foxcatcher), hace un trabajo decoroso que sostiene por momentos un argumento que se cae a pedazos a lo largo de sus interminables 96 minutos. En algún punto de la historia uno casi siente que el autor ya no encuentra nada más que decirnos, como si fuera una de esas tristes conversaciones con un viejo amigo al que ya no se le tiene nada que decir.

La narración en voz en off del propio Woody, sale sobrando, pues no aporta nada a las acciones y, por el contrario, carece del encanto y el ritmo que el cómico solía entregar con sus mordaces líneas bien dosificadas. Así, sus pocos intentos por imprimirle algo de reflexión filosófica a la trama fracasan rotundamente, ya que uno termina de ver la película sin que nada haya cambiado. De tal forma también pierde la oportunidad de satirizar y radiografiar el Hollywood de dicha época, donde el glamour pareciera que viene implícito tan sólo con mencionar algunas referencias de las estrellas de antaño, cuestión que bien pudo zanjar incluyendo cameos de peso como ocurre en sus exitosas “Annie Hall” o “Celebrity”. Asimismo, también fracasa en lograr una ambientación adecuada que nos remita a los tiempos en los que se desenvuelven los personajes, esa nostalgia que no puede evitar remitirnos a su ya vieja “Días de radio” o la más contemporánea “Medianoche en París”.

Allen dirigiendo a Eisenberg y Stewart
Allen dirigiendo a Eisenberg y Stewart

Si acaso, la película es disfrutable dada la elección de la banda sonora, con jazz y baladas de la época que el director conoce tan bien. Eso sí, visualmente no tiene pérdida, dada la maravillosa fotografía del multipremiado cinematógrafo Storaro (Apocalipsis ahora, El último tango en París, El último emperador). La edición se nota desidiosa, como puede constatarse por la falta de cadencia y fluidez para contar una historia que se queda en la anécdota -francamente olvidable-. La única novedad es que es su primera película filmada de manera digital y con la trasnacional Amazon como casa productora.

No pudo haber peor elección para inaugurar la más reciente edición de Cannes, donde fue recibida con indiferencia por la crítica especializada. Aunque si algo puede notarse en sus patrones de producción, es que tiende a entregar películas grandes y medianas de manera intermitente, de tal forma que, si la bien lograda “Un hombre irracional” precedió esta, la siguiente podría significar su regreso a las riendas de lo que mejor sabe hacer. Para nuestra mala suerte y tal y como dicen en uno de los pocos gags lúcidos del filme: aquel donde se menciona que Sócrates dijo que “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”, a lo que alguien responde “Pero una vida examinada tampoco es una ganga”; así se intuye que el gran Woody Allen trató de regatearnos a los espectadores con un café sin cafeína y, para colmo, frío.

*Este artículo se publicó originalmente en la revista Yaconic.

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