Black Mirror, temporada 4: un comentario reflexivo

El siguiente texto es una reseña de la cuarta temporada de la serie Black Mirror, recientemente estrenada en Netflix. La acompañan las breves reflexiones que provocaron sus contenidos.

USS Callister
Un programa de televisión de los 60, con ingenuos controles y luces en la nave espacial, uniformes intergalácticos combinados con la escena disco, efectos especiales de muy bajo nivel y diálogos sumamente ridículos, ocupa la primera secuencia del episodio.
El capitán que dirige esta tripulación es Robert Daly. En realidad, todo esto es un sueño, pues Robert Daly es el programador jefe en una exitosa compañía de videojuegos. Lejos de ser la figura estelar en la empresa, el capitán de la nave, es un introvertido con miedo a hablar a las mujeres que se recluye en su oficina y en su código. Ha preparado una versión del videojuego en su propia computadora en la que incorpora ADN que recoge de la gente que no le agrada, para meterlos como personajes y marionetas incapaces de morir, esclavos a merced de lo que él dicte.

De día, programador y pusilánime. De noche, capitán del USS Callister, macho agresivo y tirano fascista. Lejos de ver en esto una contradicción, hay que ver la situación como dos caras de la misma moneda: tras recibir humillaciones constantes en su trabajo, Daly sólo puede expulsar odio hacia las mismas personas que lo humillan, aunque sea en sus copias en el videojuego, como si fuesen muñecos vudú.
Daly no es un programador que se pone un disfraz en la noche al entrar al USS Callister. Es genuinamente un tirano, que se recluye en la vida de día para ocultar lo que es. Es en esta distinción donde podemos apuntar a la dimensión real de lo virtual.
Cuando decimos “la dimensión real de lo virtual” no sólo nos referimos a que la virtualidad tiene efectos en la realidad -como en Matrix, donde si mueres en la simulación, mueres en el mundo fuera de ella-. También se refiere al otro lado de la misma moneda, “la dimensión virtual de lo real”, a que lo que conocemos como realidad está mediada por el entramado simbólico que necesitamos para que tenga todo sentido.
Daly tiene que aguantar la hipocresía de sus empleados, los ligues de su colega y el rechazo de las mujeres. Tiene miedo de enfrentar su posición en el entramado, como sujeto que programa y está ahí para generar dinero, dejando que otros reciban el crédito por ser las figuras públicas de la compañía. Constantemente atento de la dimensión virtual de lo real, en la que no importa su “verdadero ser”, se recluye en la dimensión real de lo virtual, donde sale a flote su control.
Al final del episodio se comprimen esas dos caras de la misma moneda. Tanto en el código “virtual” como en la realidad “real”, Daly se queda solo en la oscuridad: varado en una nave espacial en el Universo, en la silla de su casa conectado a la máquina hasta perder la consciencia. Sucumbiendo a sus propias reglas, su triste destino nos recuerda que hablar de lo virtual y lo real es sólo cuestión de perspectiva.

Archangel

Una mujer, anestesiada localmente, está dando a luz. La niña nace y crece, y un día en el parque, desaparece por unos minutos. Su madre está aliviada pero preocupada por eventos similares en el futuro, así que decide instalarle un Arkangel, un software para usar los ojos de la niña como videocámara remota que pueda controlarse desde una tableta a distancia.
No sólo la niña ahora es seguida por el fantasma de su madre, que de algún modo está al interior de su cabeza, sino también puede ser censurada de lo que sucede en el mundo: un perro que ladra tiene un filtro que le impide verlo y escucharlo; cuando le muestran sus compañeros un video violento en el celular, ella no entiende de lo que hablan porque no lo puede ver.
La niña vive recluida en una burbuja, inmune a los peligros del mundo, en su propio “espacio seguro”. El concepto de safe space en oficinas, escuelas y negocios en el mundo occidental “liberal” pretende construir precisamente eso: son burbujas aisladas del mundo donde uno puede sentirse seguro aunque sea mujer, gay, negro, inmigrante, discapacitado, etc., etc.
El problema de los “espacios seguros” –que es lo que denuncia sutilmente el episodio– no es negar los peligros del mundo que está afuera. Por supuesto que el mundo es muy peligroso: los acosos a mujeres son sistemáticos, el racismo no parece haber cedido un ápice, la homofobia sigue cobrando víctimas, la intolerancia religiosa es igual de violenta que los fundamentalistas, etc. Justamente problema es que la reclusión en “espacios seguros” es pura reclusión: vengan al espacio seguro, y olvídense del mundo que está afuera.
Todos los negocios eco-friendly, pet-friendly, gay-friendly y cualquier otra etiqueta que se ponga de moda no ocultan nunca los peligros del mundo. Por el contrario, sacan beneficio económico de esos mismos peligros, y con facilidad y total justificación se termina en tener espacios seguros y libres de niños, gays, inmigrantes. EUA, en su ala “liberal” pretendiendo crear “espacios seguros”, dio la mejor lección a la ultraderecha, que ahora quiere crear a todo el país como un “espacio seguro”: de mexicanos, de musulmanes, etc.
Cuando la niña, ahora joven, recibe censura contra su vida sexual, entiende que nunca vivió en un “espacio seguro”, sino vigilada por su madre cual virus que sabemos que está pero no podemos ver: se manifiesta en los filtros de los ojos ante la sangre, en que no podemos dar un paso sin saber que se nos está siguiendo, en que no podemos tener sexo sin recordar que habrá un tercero mirando.
Así, la paradoja última del safe space es su conclusiva violencia: siendo recluida de un mundo violento y peligroso, no se podía esperar nada más de la joven sino violencia. Ocultarse en un espacio seguro no es garantía de alejarse de los peligros del mundo, pero sí es garantía de perder nuestra capacidad de agencia para hacer diferente al mundo.

Crocodile
Una pareja arrolla a un ciclista por accidente, mientras conducían ebrios por la carretera. Tiran el cuerpo al mar para ocultarlo. Pasan años, y ella se ha convertido en una reconocida arquitecta, a punto de ser homenajeada. Él la busca para decirle que va a entregarse a la policía, la consciencia no le deja dormir. Ella recurre a un nuevo asesinato: debe silenciarlo y proteger su carrera.
Este silencio la acosará hasta el límite, cuando una agente de seguros va reuniendo información de un incidente con un auto que se maneja solo repartiendo pizzas. Ella tiene una máquina, que parece haber salido de Blade Runner, con la que puede conocer los recuerdos de potenciales testigos de un accidente.
Por conversaciones que sostiene con quienes presenciaron el accidente, nos vamos enterando que ese aparato era usado por la policía, pero ahora lo tienen las compañías de seguros. Además, la compañía de pizzas ya había aceptado pagar todos los gastos médicos y una pequeña suma al afectado, pero con tal de exprimir más dinero, la agente de seguros le pidió autorizar una investigación para demandar a la compañía.
Ella misma admite que la memoria puede fallar en detalles: un suéter puede cambiar de color, un olor puede ser recordado diferente, detalles del rostro de los demás que preferimos olvidar o exagerar hace que no sea suficiente la memoria de una persona. Rebotando entre testigos termina llegando al momento en que la arquitecta mató a su compañero de crimen. Ahora la propia agente de seguros será la que continúe en la lista de víctimas con tal de ocultar un crimen de hace años, y luego su esposo y su hijo.
Ese crimen, como la nieve del paisaje, va creciendo, y como una pesada bola de nieve termina cobrando la vida de un bebé. Termina siendo un conejillo de indias quien provea el recuerdo para arrestarla.
Hay recuerdos vergonzosos y recuerdos dolorosos. El episodio tiene semejanzas con The Entire History of You, de la primera temporada de la serie. Pero mientras en aquel episodio, todo el problema sucedía al interior de una casa y de la vida de una pareja, en este episodio el uso colectivo de la memoria personal deja entrever lo peligroso que es poner la mente al servicio de los demás.
Esto no es una lectura que pretenda defender lo que ella hizo al arrollar al ciclista, conduciendo ebria, ni todos los asesinatos posteriores. Del mismo modo que el recuerdo vino a acosar a su compañero que quería entregarse, el recuerdo viene acosarle a ella. Para entender que esta no es una historia feliz de una criminal finalmente atrapada, sólo hay que darse cuenta que la lógica de sacar el mayor dinero posible a los demás –que es la que inició esta investigación– es la que puede dictar cualquier acoso y flexibilidad de las reglas. Así como al conejillo de indias le extraen la memoria al final, todos los demás personajes son eso: animales de laboratorio de sus propios juguetes y sus propios recuerdos.

Hang the DJ
En un restaurante, un joven espera a su pareja. Empieza la charla, y sacan un aparato para averiguar cuánto tiempo le queda a su relación. Aunque se están llevando muy bien, se enteran que sólo serán 12 horas.
Al aparato se refieren, ella y él, como coach. La robótica voz responde a sus preguntas con frialdad, y les dirige en su serie de citas, asignándoles cantidades de tiempo que parecen arbitrarias, entre unas horas y unos años. Así como el resto de las mujeres y hombres en ese resort, se someten voluntariamente a experimentos para que la máquina decida cuál es la pareja “ideal”, the one.
Tras separarse, entran y salen de otras relaciones de las que se supone el programa aprende cosas para hallar a la persona idónea. Ella y él, sin embargo, están seguros de que ya se encontraron mutuamente. Ante la oportunidad de despedirse antes de emparejarse con la persona “ideal”, deciden verse por última vez.
¿Por qué se someten a la voluntad de esta máquina que les separa de con quien se quiere estar y se junta con quien no se quiere? Hay una confianza ciega en la creencia de que existe una “pareja ideal”, una especie de “destino” que hay que cumplir, un camino “ya trazado” al que se pretende llegar. La azarosa y peligrosa contingencia de la vida humana en realidad es un disfraz para ocultar los caminos ya trazados del plan de vida que una entidad superior nos ha puesto para toparnos con la persona “ideal”. Esta manera infantil de ver el amor es precisamente lo que evitó a la pareja acercarse y por la que terminaron sometiéndose a la tortura de convivir con quien se es profundamente infeliz.
Al final, nos percatamos de que ellos mismos son sólo código que vive dentro de un celular. La coach ya había dicho que el programa tiene la razón en el 99.8% de los emparejamientos. Este número, si bien parece garantía de seguridad, deja abierta la ventana a la acción. La ella y el él que aparecen en la última escena, en el bar donde tocan a los Smiths, son los avatares del código, de algún modo, los tamagotchi de sus propios intereses y deseos en hallar una pareja. Pero lo que distingue a ellos de los que acompañamos en todo el episodio es ese 0.2%, donde está abierta la ventana a no someterse al código, a adquirir responsabilidad y libertad en sus acciones, a dirigir su propio camino a la felicidad.

Metalhead
En un escenario post-apocalíptico, un grupo de sobrevivientes llegan a un almacén, buscando algo para hacerle más feliz la poca vida que le queda a alguien que no está con ellos. Los sorprende, al mover la caja, un perro robot que ataca con fría ferocidad y precisión.
Esta cabeza de metal piensa con gran astucia, pero carece de toda compasión. Esta perversión del código para atacar a los humanos hace que nuestra protagonista esté todo el capítulo intentando escapar.
El entrenamiento militar del robot-perro, similar a las máquinas que ya existen [http://www.telegraph.co.uk/technology/2017/11/14/boston-dynamics-unveils-new-robot-dog-future/], nos recuerda que los tentáculos de las consecuencias de la carrera militar no tienen fin, o más bien, que con su fin llegará el fin de la civilización misma.

 

Black Museum
Como cierre de temporada, y como homenaje y resumen a la serie, el último episodio es un espejo de White Christmas. Mientras este capítulo tiene lugar en una cabaña en medio de la nieve, Black Museum tiene lugar en otra especie de cabaña, en medio del desierto.
Conocemos tres historias. La primera de ellas merecía un episodio de la serie para sí misma. Un doctor experimenta con un casco que transfiere sensaciones de una persona a otra. Lo utiliza para entender el dolor que sufren los pacientes y así curarles enseguida. Por un accidente, ahora sólo puede sentir placer mientras usa el casco y se inflige dolor. El sadismo que acompaña a la profesión de cirujano se hace explícito aquí.
Este doctor se vuelve un cyborg, que ahora precisa de botones que se aprietan en partes específicas de su cerebro para activar sensaciones específicas. Se reemplaza la narrativa de los hechos por la sensación directa. Este capítulo puede ser comparado con la lectura de la película The Congress (Ari Folman, 2013), en la que un estudio de cine decide empezar a distribuir drogas para causar sensaciones más intensas en el público de las películas. La escalada en dolor que el doctor trae a su cuerpo lo termina dejando en un estado vegetativo, mitad camino y vida, mitad dolor y placer.
Ese estado en medio es el que sufre la protagonista de la segunda historia. Tras un accidente, una joven madre es recluida –o bueno, su consciencia– dentro de la cabeza de su esposo, para que ella sienta el abrazo de su hijo, y continúe viva allí.
Las cosas se complican, ¿pues quién quisiera tener a otra persona viviendo en su propia cabeza? Cuando el padre inicia una nueva relación y empieza a bloquear a la madre, termina optando por una opción más siniestra que tierna: la mete en un peluche.
Pero la diferencia es que este peluche está restringido a la respuesta binaria: sí o no. El niño se harta con facilidad de él, y sin saber que es su madre, se termina desprendiendo para terminar en el museo.
El peluche parece la reencarnación, casi literal, de un fetiche. Con la muerte de un ser querido, nos anclamos en el fetiche (su ropa, su foto, algún objeto de su propiedad). En este caso, en el peluche vive literalmente la madre, a través de la extensión de su consciencia.
Esta extensión de la consciencia, que podría ser un final feliz a la vida, rápidamente deriva en una triste solución. Es lo que pasa también con la tercera historia, del convicto que es sometido a repetidos choques eléctricos para la diversión del público sádico que lo visita –y que además se sacan sus propias copias del crimen–.
Esta última historia nos demuestra el potencial lúdico del castigo. Castigar sólo tiene sentido cuando uno se vuelve ejemplo de ser castigado. Sólo nos interesa que se castigue a alguien cuando sabemos que efectivamente será castigado, y el mejor modo de comprobar esto es divirtiéndonos con el castigo (esta era la lección, también, en el episodio White Bear, de la segunda temporada).
Cuando la chica regresa a su auto, le acompañan 3 personas más: dentro de sí, en el llavero y en el peluche. Cuando el museo explota al final se lleva consigo lo lúdico del castigo. La lección que debemos tomar es que debemos reconocer cuál es el límite del castigo y dónde inicia el sadismo por castigar. Ese espacio en medio es el fantasma que nos acompaña durante los créditos finales.

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