Actualidad del cómic mexicano: una revisión

La historieta mexicana o cómic, como se le ha venido llamando a partir del boom creado por la muerte de Supermán en 1994, es en la actualidad un producto leído y producido por una minoría. Lejos están esos años donde los tirajes alcanzaban el millón -o más- de ejemplares semanales, o donde era común ver un reflejo, tal vez distorsionado o idealizado, de México y su idiosincrasia. Actualmente es Internet la plataforma donde los autores han encontrado una manera sencilla y barata de publicar sus obras, aunque también funciona como cedazo donde sólo un puñado alcanza notoriedad y todavía menos son los que logran capitalizarla.

 

El final de una era

La crisis económica de 1982 significó un duro golpe para las editoriales mexicanas de historieta. Para tener idea de la afectación, basta mencionar que Editorial Novaro, en ese entonces la principal editorial de cómics de licencia, cerró sus puertas. Editoriales como Vid y Ejea, famosas por sus publicaciones de corte familiar, limitaron sus títulos y comenzaron a atraer otro público con historietas de corte picaresco y populista, para más tarde abusar del contenido sexual —que a la larga terminaría siendo llanamente pornográfico—, surgiendo los conocidos como Sensacionales. En el caso de Vid, fueron las reimpresiones de títulos populares las que la mantuvieron a flote durante buena parte de la década de 1980, pero fue hasta que retomaron las licencias perdidas por Novaro (Superman y Batman, en particular) que su popularidad regresó.

Es en este período que algunas historietas escritas y dibujadas por autores mexicanos tuvieron un éxito relativo. Karmatrón, de Oscar González Loyo, atrajo al público acostumbrado a los superhéroes y las caricaturas —productos netamente de importación— y tuvo una edición longeva de manera semi-independiente. Otros títulos populares fueron los de comedia, como Capulinita, basado en el personaje de Gaspar Henaine—, El Transas o El Mil Chistes, el primero con un humor que de tan blanco rayaba en lo transparente, y los segundos sentando las bases del humor carnal que luego sería abusado en los Sensacionales (que en los años 90 no tuvieron empacho en llamarse Sexacionales).

Como industria de la historieta, fue la de los Sensacionales la única que existió de mediados de los 80 hasta finales de los 90, hasta que en 1993, con la mencionada muerte del icónico superhéroe, se dio una súbita popularidad tanto por las temáticas del cómic estadounidense como por sus formatos de publicación y estilos artísticos. A pesar de su reputación, las editoriales mexicanas de historietas no se arriesgaron a publicar producto doméstico, lo que obligó a los autores a intentar la publicación independiente, sin formarse o enterarse de sus bases mínimas.

 

La edad de los milagros

A decir de diferentes autores, la publicación en México de historietas es tortuosa: no existen cursos de profesionalización para los creativos, altos costos de impresión, rumores de mafias en la distribución, volatilidad del mercado mexicano y falta de puntos de venta. Si a eso se le añade falta de la planeación que toda empresa requiere, puede entenderse por qué el boom de la década de los 90 no significó un resurgimiento de la industria mexicana (otro factor fue la transculturización que el país sufrió, donde todo lo extranjero —en particular si venía en idioma inglés— se comenzó a considerar como estatus de calidad).

En esta década comenzaron a realizarse “convenciones” de historieta en las principales ciudades del país, donde los aficionados podían reunirse y adquirir productos relacionados con el cómic, y donde todavía pueden observarse nuevos títulos fabricados en México. Ultrapato, Valiants, Dramatus, Xiuhcoatl, RNA Factor, Cinacros, Mantis, Lugo y una pléyade más abarrotaban stands en todas las convenciones (para dar una muestra de su popularidad, en promedio se realizaba una al mes en la Ciudad de México, situación que el mercado no soportó por mucho tiempo).

La mayoría de esos títulos no pasaron de una primera entrega y el resto no brillaba precisamente por su calidad: copias de los superhéroes o tópicos estadounidenses, donde los elementos mexicanos estaban metidos con calzador o caían en el estereotipo y los tópicos comunes de la cultura popular mexicana. Sólo unos cuantos tenían contenido competente, al menos para los estándares estadounidenses, por lo que muchos de sus creadores actualmente trabajan para esa industria, lo que demuestra que calidad en bruto existía; tal vez fue el abrazo paternalista del gobierno lo que faltó para poder reactivar una industria que no ha podido regenerarse.

Al mismo tiempo comenzaron a gestarse obras netamente de autor. Del Taller del Perro, colectivo conformado por dibujantes y escritores nutridos de los libros de Rius, las revistas de cartón político y el cómic europeo, surgió Operación Bolívar de Edgar Clement, considerada la primera novela gráfica mexicana (este término no es más que una manera pomposa y pretenciosa de denominar al cómic, ya que en la realidad se refiera a un formato de publicación y no al tipo de contenido).

En ella, además de acceder al virtuoso arte del autor, se crea un universo ficticio netamente basado en el México contemporáneo, con visos de lo que a la postre se denominaría narcocultura.

El mismo Taller del Perro pudo lanzar una entrega de una adaptación en cómic de El Complot Mongol, novela de Rafael Bernal, a través de Editorial Vid, pero pleitos internos impidieron que se concretara la miniserie, siendo hasta este 2017  cuando se concretó la publicación de la obra íntegra pergeñada por Ricardo Peláez Goycochea en el dibujo y el escritor Luis Humberto Crosthwaite en el guión.

A finales de los 90 surgió Shibalba Press, pequeña empresa cuyo objetivo fue generar cómic hecho por y para mexicanos, utilizando para ello los lugares comunes de nuestra cultura: humor y luchadores. Es El Bulbo, creado por Sebastián “Bachan” Carrillo y siendo una sátira del mundo de los superhéroes, el único título que llegó a tener cierto éxito, logrando la reimpresión de las originalmente tiras electrónicas en tomos de papel, financiadas por un sistema de crowdfunding, demostrando que la perseverancia es ingrediente fundamental para el éxito de toda empresa, independientemente de la calidad.

 

Del lápiz al electrón

La caída en la popularidad de los superhéroes y la llegada del gusto por los productos japoneses motivaron que la producción nacional intentara emular el estilo estético del manga y animé, con resultados poco menos que desastrosos. Esta invasión nipona, aunada a un malinchismo rampante, hizo que en las convenciones desapareciera el cómic nacional que, de tenerlas como único punto de venta, ahora su distribución era más parecida a la de los fanzines: conocer al autor y solicitarle el cómic.

Meteorix

Eran pocos los títulos editados y difícil conseguirlos, salvo algunos pocos que llegaron a puestos de revistas como Zeraky, Serpio, Meteorix, Blue Demon y un relanzamiento de Karmatrón, ahora convertido en título de culto, estatus que no ha podido dejar desde sus gloriosos años 80. La calidad de los títulos mencionados es la causa de que salgan pocos números, en el mejor de los casos, o de que no pasen del número 1, en el peor.

Las antologías son el medio con el que varios colectivos o autores logran publicar. Pulpo Cómics y Quaentum, y más recientemente Horizonte cero, dieron cabida a creadores gustosos de la ciencia ficción. El arte de las historias y la calidad de su impresión son inversamente proporcionales a la calidad literaria que manifiestan, pero sirven como escaparate para autores que ahora laboran en la industria estadunidense o europea. Otro ejemplo de cómo las antologías son una opción es Sensacional de Chilangos, compendio de varias historias donde el eje temático es la Ciudad de México.

Entre sus autores se cuentan los más populares y reconocidos artistas de la historieta mexicana del siglo XXI, como Humberto Ramos (dibujante para editorial estadounidense Marvel), José Quintero (creador de la tira Buba, famosa en los años 90), Ricardo Peláez (miembro también del Taller del Perro), Edgar Clement y Patricio Betteo (ilustrador que a veces realiza cómics). Cabe mencionar que este título fue editado por el Gobierno del Distrito Federal, lo que habla de la existencia de cierto apoyo para culturas alternativas por parte de algunos gobiernos.

Debido a los precios de impresión, varios autores han optado por utilizar Internet como medio de difusión. Bachan Carrillo lo hizo con El Bulbo y encontró un medio exitoso, que incluso le permitió saltar a la edición en papel, recopilando las tiras publicadas electrónicamente. Gente como Luis Gantús y Sergio Tapia o Edgar Clement intentaron emularlo, aunque sin alcanzar el éxito o la constancia de El Bulbo.

Living with Shine de Oscar Amador y Raúl Valdés muestra un producto redondo, donde las herramientas de ilustración digital son bien utilizadas. Este webcómic resulta original porque la dupla se divide las tareas de escritura y dibujo, situación inusual en la escena mexicana, donde se privilegian los elementos de una autodidacta teoría de autor sobre la calidad del resultado final. Otros ejemplos de webcómics exitosos son Caballo Negro, Willyman, Jours de papier y Bunsen, todos ellos logrando el salto (¿regreso?) al papel, que parece ser todavía la muestra contundente de que un cómic electrónico es exitoso.

Uno de los problemas con la publicación en Internet es la falta de editores y correctores. Al ser actividades autogestionadas, muchos autores publican sin revisión, ni siquiera de estilo, lo que demerita la presentación y las posibilidades narrativas. Otro problema es que al no convertirse en una fuente de ingresos a mediano plazo el trabajo de muchos autores no es constante, característica que sí diferencia a aquellas publicaciones que han logrado convertirse en fuente de ingresos.

 

Del lápiz al papel

A pesar del auge del webcómic, todavía quedan muchos creadores que apuestan a la impresión como primera opción para publicar, y es ahí donde se encuentran las propuestas con mayor calidad. Cristóbal el Brujo es de las pocas historietas que trata de reflejar la cultura popular, así como los usos y costumbres de nuestro país. Con un estilo gráfico que recuerda a los grabadores de principios del siglo XX, Cristóbal el Brujo es un recorrido por las leyendas mexicanas en el que la investigación antropológica de los autores es evidente. También resalta porque es de los pocos cómics mexicanos que cuentan con distribución en librerías, donde puede acceder a otro público fuera del que usualmente lee historietas.

En el estilo de Cristóbal el Brujo se encuentra Mecánico de amor, que desde el título deja patente que lo suyo es representar a la cultura popular nacional. Narrado a manera de película de luchadores —y recuperando mucho de su estética y tópicos—, este cómic sorprende debido a que los diálogos suenan naturales y la narración es bastante fluida, situación poco usual en la narrativa gráfica mexicana, donde se privilegia la ilustración por encima de la escritura. En este caso particular, es el arte el que desmerece, aunque se compensa por lo envolvente de la historia, donde el rock, la lucha libre y los monstruos se dan cabida en una historieta que también recupera mucha de la conexión idiosincrática que los Sensacionales tuvieron con su público y que los volvió tan exitosos.

Es encomiable la labor que algunas editoriales están realizando para seguir publicando en papel, al mismo tiempo que se arriesgan por autores poco conocidos fuera de la escena comiquera mexicana. Editorial Resistencia actualmente edita a autores como Juanele —creador de Patote, cómic de humor—; Luis Fernando -colaborador de La Jornada-, quien publicó en esa editorial Las insólitas aventuras de Yoni Latorta y es de los pocos autores completos que pueden dibujar y escribir; Cecilia Pego —también de La Jornada y cuya obra historietística ha sido editada de manera independiente—, entre otros más que por espacio no se mencionan. Resistencia tal vez sea la única editorial que busca incrementar su catálogo de narrativa gráfica de manera constante, lo que sin duda es de aplaudir.

Jus es otra editorial que también intentó apoyar al cómic realizando semianualmente su concurso de novela gráfica, donde resultaron ganadores Tony Sandoval —con sus fantasías oscuras— y Augusto Mora —con su revisión del mito mexicano en El Maizo—, entre otros. Editoriales más pequeñas como Producciones Balazo (Crónicas chamánicas, Aztecas contra romanos, humor) o Corteza (Niebla, Crónicas de Amaltea, fantasía) primero publican en Internet para generar público y después editan en papel, asegurando ciertas ventas. Una estrategia que sin duda ha resultado exitosa y permite que sus proyectos tengan una vida más longeva que otros intentos, sin olvidar que sus autores han estado constantemente trabajando para llegar donde están.

El yucateco Fernando Peniche es el dibujante de este cómic.

 

El futuro más acá

Este breve panorama no pretende ser exhaustivo ni abarcar todo el país. La escena del cómic mexicano actual está viva, pero únicamente es eso, una escena, con gente proactiva y mayores y menores grados de talento. A estas alturas reactivar una industria es imposible, pues la televisión y el Internet tienen todas las ventajas como medios de entretenimiento, por lo que el cómic, le guste o no, debe acceder al público que suele leer literatura. En el ámbito de publicación electrónica, son pocas las iniciativas de crear aplicaciones para poder acceder al material en artilugios móviles, publicar en la red no es suficiente, pues las nuevas generaciones exigen otro tipo de interfaces.

Es difícil establecer el camino que se seguirá, lo único cierto es que actualmente se está dando una revaloración al cómic como medio, quitándole esa aura infantiloide y donde las propuestas artísticas, tanto de ilustración como de escritura, están experimentado para poder crear productos competentes.

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