In memoriam, Steve Dillon

La calma en la tormenta: estilo y estética

El pasado día 22 de octubre, el 2016 tomaba una víctima más en la que parece una interminable ola de lamentables fallecimientos en los distintos ámbitos artísticos de este  planeta, en esta ocasión fue el mundo del cómic quien sufriera el golpe con la repentina, y sobre todo inesperada, muerte de uno de los dibujantes más significativos de nuestro tiempo a la nada avanzada edad de 53 años, la persona en cuestión: Steve Dillon. ¿Su legado? Un antes y un después en el mundo del noveno arte.

Este hombre, quien fue tan modesto como para declarar, en una entrevista de 1998, que no le importaba que la gente no notara su trabajo, se convirtió en un símbolo de rompimiento en el estilo narrativo del cómic; esto evidentemente le trajo tanto fans como detractores, pero sin duda a muy pocos dejó indiferentes. Así también para todos, a favor o en contra, es innegable el valor que tuvo al convertirse en co-creador de una de las series más polémicas del arte secuencial, “Preacher”, trabajo por el cual sabían desde antes de empezar, recibirían protestas, críticas y hasta amenazas, sin embargo le dedicó más de 5 años de su carrera.

Dillon en la premiere de "Preacher", la serie.
Dillon en la premiere de “Preacher”, la serie.

Pero como en toda buena historia vayamos por el principio; nacido en 1962 en Luton, Inglaterra,  una pequeña ciudad cercana a Londres, Steve Dillon desarrolló un gran gusto por el dibujo llegando a hacer historietas con sus compañeros de escuela, para luego terminar trabajando profesionalmente para Marvel UK a sus muy tempranos 16 años, en la revista semanal de “Hulk“. A los 18 años ya estaba ilustrando al icónico “Doctor Who” y a los 19 en el emblemático “Judge Dredd”.

Le seguiría una fructífera carrera que le llevaría a viajar a los Estados Unidos a finales de los ochenta para trabajar en la línea Vertigo de DC Comics; sin embargo, su legado quizá no hubiese sido tan grande si no fuese por dos cosas que ocurrieron una vez ahí: la primera, conocer a un muy joven escritor Garth Ennis, al trabajar en el cómic “Hellblazer”; y la segunda, desarrollar con él un proyecto que los inscribiría para siempre en la historia del cómic para público maduro “Preacher”, una irreverente, sarcástica y, para qué negarlo, escatológica serie que busca golpear cualquier sensibilidad moral que sea posible con una sorna rotunda.

Sketch original de Steve Dillon

El dúo Ennis-Dillon tomó mucha fuerza, pues aunque Garth ya había sobresalido por sus arcos argumentales ácidos, crudos y cínicos en “Hellblazer”, escribiendo a un John Constantine decadente al punto de la muerte y dispuesto a todo para salvarse, no fue sino hasta que llegó Steve que la química entre los dos explotó ante el lector sorprendido por un estilo visual muy limpio. Fue por ello que al terminar esa etapa se les permitió como equipo iniciar cualquier proyecto que quisieran y entonces optaron por jugarse el todo por el todo con la creación de “Preacher”, historieta que en adelante se convertiría en el máximo referente de su obra.

Preacher” es a grosso modo una novela gráfica que aborda la historia de un predicador que está buscando a Dios de manera literal, no para alcanzar la iluminación sino para “patearle el trasero”, esto después de que una fuerza celestial lo poseyera -asesinando en el proceso a todos sus feligreses- mientras daba un sermón, siendo así la gota que derramó el vaso en su frustración por un mundo lleno de desigualdad y horrores, desatando una necesidad de reclamo y venganza hacia el creador. Con esta premisa argumental podemos imaginarnos los escenarios que Steve Dillon tuvo que dibujar al pasar por algunas de las facetas más bajas, corruptas y depravadas de la humanidad, su estilo de dibujo preciso y frío es más que adecuado para hacer digeribles escenas tan violentas como asesinatos a sangre fría, violaciones a personas y animales, individuos grotescos producto de accidentes o familias incestuosas.

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Trabajó para el sello hiperviolento “Marvel Knights” con personajes como Wolverine, Punisher y Deadpool.

La importancia de que no utilice un estilo efectista consigue no sólo que el lector pueda centrarse en la historia y la narrativa textual, sino que permite desaparecer la solemnidad de lo divino permitiendo mostrar ángeles ineptos o hasta un Dios tan humano que puede recurrir a la cobardía. Otro aspecto muy importante de su ilustración es que al no contar con un exceso de imágenes intensas o exageradas propias de los cómics más comunes, abre espacio para explorar un sistema narrativo visual que recure a un excelente uso de los tiempos y pausas, con expresiones sencillas que pueden pasar desapercibidas pero que se vuelven significativas en la calma del escenario. En medio del silencio las palabras resuenan más fuerte, y el trabajo de Dillon fue ser ese silencio que resalta la narrativa de la historia, un espacio donde la intensidad entra en relación dialéctica con la frialdad y desapego de la imagen, dejando al espectador lidiar con la contradicción de dicho acto.

Este recurso estético tan propio de él, consiguió que tras esa grandiosa obra continuara su carrera en títulos reconocidos por ser más violentos que el promedio, como Punisher o Wolverine, donde esta fórmula demostró tener un gran impacto, provocando reacciones mixtas por parte de los lectores acostumbrados a la exageración propia del cómic comercial, quienes desembocaron ya sea en un rechazo hacia su estética o en su lugar abrazaron esta aportación novedosa creando así una legión de fans de su estilo. Amado u odiado, su aportación al mundo de la narrativa gráfica es innegable y su abrupta partida deja un hueco en esta comunidad tan necesitada de propuestas estilísticas diferentes, permitiendo alcanzar poco a poco la madurez de este medio.

Esperemos que en el futuro más hombres como él llenen nuestras páginas…

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