Alarmas a las ocho/Cuento

Se la pasa coloreando, soñando con una geometría difusa. Con oleo bajo las uñas. Traduce la noche, su mitología interestelar, inventa siempre cosas extrañas. Anda predicando leyendas debajo de los puentes, o en los pasillos de la Facultad, alborotando, mostrando sus manos abiertas a la gente, gritándoles en las narices ¡Cuidado con la tortícolis! Con los ojos en blanco. Nadie sospecha la clase de droga que consume pero su sexo no miente.

Cuando llueve suele subirse desnudo a la azotea con un casco pararrayos – diseñado por él – en la cabeza, como unicornio suicida. Y se pone a llamar a los relámpagos ¡Lázara! ¡Magda! ¡Rosalía! Les inventa nombres de mujer. A veces anda cantando canciones en inglés o se refugia bajo su párpado de periódico. Semanas enteras en una ventana virtual. Y la vieja receta clavada en un tablero de corcho, sus alarmas a las ocho.

Suele dibujar orgías de diablos a lápiz en un cuaderno a rayas y se incluye a sí mismo en éstos dibujos. A nadie muestra su cuaderno pero en una ocasión se lo enseñó a una chica y la chica le dijo ¿Qué pedo con tu vida? Él, por su parte, consideró justa la crítica.

Separa la basura, lee las instrucciones antes, una dosis. Elije trascender insistiendo con eso del arte, contrae flamantes obsesiones, encuentra la manera de volver a nacer. Imagina su siguiente motivo conforme lo trasladan al quirófano y la morfina penetra cada poro. Sobrevivirá para crear.
Inicia su ciclo más arlequinesco retratando payasos. En este cuaderno decide sucumbir ante la coquetería de los ángulos en una sinfonía de rombos. Esto forma la gama de payasos en la calle llorando monedas, o bailando con un mico, trece payasos fusilando a trece payasos, un feto maquillado como Cepillín. En otra página puso payasos prehispánicos, con pelucas emplumadas, en una pirámide, consumando sacrificios humanos. O un payaso comiéndose un taco en la playa. Pasó mil horas dibujando payasos en este cuaderno, era necesario que su madre lo llamara por teléfono para recordarle que tenía que comer. Ajátabueno Decía y seguía pintando pelucas estrambóticas, ojeras amarillas, cacles extragrandes. Al policía payaso y al payaso robot y rombos escarlata. Confeti sobrevolando a un payaso muerto.

Duró veinte días esa libreta pero luego que se gastó no quiso seguir esa línea, tal vez era tiempo de volver a pasearse por las aulas de la Facultad, exponiendo sus ideas acerca de la revolución, advirtiendo a los escépticos ¡Cuidado con el hipo! Y recomendándoles poemas. Escarba lo cotidiano para desenterrar objetos extraviados, inclementes. Anda pletórico de sensaciones en una búsqueda mística guiada por estupefacientes, anda tras ese colibrí de luz, explorando cada vericueto misterioso dentro de la cueva del éxtasis. Internándose más y mucho.

Sus amigos tratan de calmarlo pero no sabe cómo dejar de reír. El agua fosforescente de la cueva le causa cosquillas, a cada sonido se destempla su percepción ¿Cuánto te metiste, viejo? Le preguntan ¿Estás chido? Pero no responde siquiera porque ve la gracia, fuera del espacio. Visita sus orígenes atravesando la quinta pared y te saluda con un ademán elegante.

Cuando despierta, seis horas después, está recostado en una camilla y conectado a un tanque de oxígeno, reconoce que la respiración artificial es un alivio. Se visualiza pintando la serie siguiente, vuelve de lleno para dedicarse con esmero. Se torna barroco yuxtaponiendo piezas en extravagante derroche de arbitrariedad: lo mismo vacas azules en un elevador o la silueta de tanques de guerra recortados contra el arcoiris, que derviches en Beverly Hills o cementerios exquisitos. Y costumbrismo puro, tensión atmosférica de partida de póquer nudista entre extraterrestres. Perfeccionó su técnica, leyó libros, encontró mediante raros artificios un estilo propio. También hizo lo posible para conquistar a la chica que trabajaba en el minisúper de la esquina de su casa. Quería que modelara desnuda para él, ella lo mandó a la chingada. Sabe que no todo se puede, dibuja flores en el aire, colecciona congestiones alcohólicas. En esta nueva libreta sicodélica-surrealista consolida su vocación, experimentando con elementos inertes y descontextualizados: un libro abierto en el fondo de una piscina, distorsionado por un oleaje suave que lo refracta. Naturalezas artificiales atiborradas de llaves, cigarros, paletas de menta, tickets del autobús, monedas, aviones de papel, rebanadas de pizza.

También esta libreta duró veinte días al cabo de cuando lo visita su carnal, entonces encuentra prudente recibir alguna opinión. Su carnal es escritor así que supone que podría mostrar algo de sensibilidad. En cuanto le da la libreta sicodélica-surrealista, éste la hojea perplejo, celebra cada página ¡A huevo! Se conmueve, le recomienda que los exhiba, que le puede presentar a no sé quién. Y lo convence.

Poco después, en Octubre, expone veintisiete dibujos en una Galería del centro de la ciudad. Una muestra selecta en dos partes: en la sala A la serie “Payasos” y en la B “Naturalezas artificiales”. La noche de la inauguración está nervioso pero llega sereno, saluda desenvuelto, se porta cordial. Y sus amigos están orgullosos y lo felicita gente que no conoce, sonríe para la foto. En el vestíbulo se reúne la intelligentzia probando canapés y brindando. El propietario de la Galería queda fascinado con esta faceta del artista, le presenta nenas aunque él no deja de pensar en ese cuaderno satánico que guarda celosamente bajo su colchón ¡Maravilla! Ruge la mujer obesa ¡Tanta pasión acá! Los elogios atraviesan el área, son efusivos. Es aceptable para la crítica su trazo primitivo, su precaria figuración, esa cólera melancólica que permea las imágenes. Y también esa noche le presentan a las gemelas Aldama y esta primorosa dupla de univitelinas acaba seduciéndolo.

A la mañana siguiente despierta crudo pero feliz y lee reseñas halagüeñas en internet acerca de su debut, es otro. Lo que lo tiene más optimista es la invitación a cenar con las gemelas Aldama, en casa de ellas, el viernes a las ocho. Mezcla la dosis, anda radiante, con ánimo rimbombante canta canciones en inglés. Atraviesa la ciudad en una caminata silenciosa, reflexionando sobre la novedad. Observa con atención el ocaso, mira su reloj, aún está contento.

Las gemelas Aldama lo reciben en una fantasía robada del espejo, le dan ajenjo. Lo sientan en un sofá de la sala, ponen una música lenta, le bailan. Esa promesa ronda: beben y fuman y luego lo conducen al comedor y le presentan una serie de platillos exquisitos. Hay velas en la mesa, de postre corazones en almíbar. Aquí ganan intimidad a quemarropa, se comunican a base de miradas insinuantes o cualquier especie de pretexto. Cuando lo flanquean él no sabe para dónde voltear, es inminente, se vuelven uno los tres en un arrebato lascivo. Todo se perfuma con almizcle de repente, con esa fragancia tóxica de bocas intercambiando besos ágiles, intensos. Empiezan a quitarse la ropa, se miman y la madrugada los espía por una ventana, pero calla. Cuando despiertan a la mañana siguiente, las ama con el alma, se siente tan inspirado que quiere dibujarlas a detalle ¡Dale! ¡Dale! Responden entusiasmadas.

Así nace la próxima serie donde consagra sus estímulos: ellas abrazadas, espalda con espalda, de perfil o sobre la cama. Las estudia, repasando la curva de cada postura. Se desvela dibujándolas dormidas: idénticas, en una penumbra morada, tendidas a sus anchas. Elige multiplicar el exceso, la belleza que no cesa. La nueva libreta se plaga de gemelas Aldama en una profusión erótica, sobre una tendencia cromática fauvista. Mucho verde, rosa, pieles anaranjadas. Ellas estocásticas a cada viñeta, como vicio tautológico. No obstante, esta libreta se trunca, ya que las gemelas necesitan ocuparse de sus asuntos afuera del país y se fugan.

Está lloviendo tanto que sube con su casco pararrayos para llamar a los relámpagos ¡Abril! ¡Irma! ¡Berenice! Grita como gárgola de trance, cóctel en mano, tambaleándose sobre la proa de su propia soledad. Entonces una descarga de tremendos amperios estalla, lo tumba y conforme va cayendo, la percepción esclarece su mente. Luego se desmaya, vegeta veinte minutos y cuando regresa recuerda con exactitud eso que necesita pintar: una pieza maestra. Monta sobre caballete un lienzo listo para reproducir lo que se le reveló, parece sencillo pero le toma semanas. Es una mujer incendiada, sentada en el excusado, con indiferencia. Cuatro meses exactos y concluye, se siente satisfecho, la perspectiva cuajó. Pudo conjugar el escándalo visual en una textura yugular, aúlla cada flama, la mujer es una de las gemelas Aldama. Su rostro calmo transmite beatitud o ni se percata que se quema. El baño es metafísico de fondo, nada más. Apenas enseña esta obra a su carnal escritor, éste la goza. Tapocamadre Sentencia, lo convence de postularla para participar en una muestra colectiva donde es recibida con aplausos y suntuosa polémica. Durante la rueda de prensa del evento, un reportero le pregunta que qué quiere decir, que si trata de parodiar a Orozco. Furioso, con el micrófono, contesta que no, de ninguna manera pero si se trata de rastrear algún influjo, quizá Pink Floyd. Eso basta, Mujer incendiada en un excusado se vende caro. Con ese dinero viaja a Europa en busca de las gemelas Aldama y las encuentra en Londres pero es inútil, ellas están ocupadas en otro juego.

Más de Juan E. Chávez Trava

Alarmas a las ocho/Cuento

Se la pasa coloreando, soñando con una geometría difusa. Con oleo bajo...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *