El cuerno de la abundancia/Cuento*

*Este texto aparece en el libro “De la vasta piel. Antología personal” (Ficticia, 2017), de Carlos Martín Briceño. Ya a la venta en librerías de todo el país.

A las dos de la tarde, cuando el calor obliga a todo el pueblo a refugiarse en la siesta y hasta los perros de la calle buscan el cobijo de los corredores del palacio municipal, Catalina Salum aprovecha para cerrar durante una hora las puertas de El cuerno de la abundancia y solazarse con su juego preferido. Acaba de tomar un baño y, sin embargo, el sudor le escurre por el cuerpo confundiéndose con el agua fresca que aún moja su piel. Huele a sándalo y a esencia de flor de naranja, las únicas fragancias que al llegar a la adolescencia le fueron permitidas y a las cuales poco a poco se habituó. Ni lo sueñes, hija, son demasiado caras como para andar usándolas a diario, ¿qué no ves que mi único lujo es la lavanda?, le había dicho su padre cuando comenzaron a llegar al almacén, en cajas de caoba, los primeros perfumes importados de París. A veces, cuando él no se daba cuenta, Catalina solía destapar alguno de aquellos frascos traslúcidos de colores para arrobarse con el aroma que la transportaba a ese continente donde las mujeres preferían frotarse la piel con bálsamos aromatizados en lugar de lavarse el cuerpo con jabón.

La sola idea de observar sus lonjas ante el espejo la deprime. Por eso, mientras se seca, evita mirar la luna de plata que recubre la parte central del ropero. Sobre la mecedora, parece esperarla impaciente el vestido negro de alto escote y mangas largas. Guarda luto desde que murió su padre hace un par de años, al atorársele, durante la cena, un hueso de pollo en la tráquea. De cuando en cuando, le viene a la cabeza el terrible instante en que Don Habib comenzó a toser de manera escandalosa, se llevó las manos a la garganta y cayó de bruces sobre la mesa.

Esa fue la única ocasión, en toda la historia del pueblo, en que el párroco llamó a misa en la madrugada. Después de todo, El Turco, como le llamaban al difunto a sus espaldas, fue un viudo respetable, preocupado por el progreso de la villa de San Bernardo. Gracias a él, sus habitantes habían podido tener a la mano –mucho antes que en otras regiones del país–, los encajes de Bruselas, el oro florentino, las porcelanas de Lladró, los perfumes franceses, los cucús suizos, las mantillas españolas y otras delicadezas que adornaban los escaparates de su tienda.  Y mientras llega la hora de regresar al mostrador, Catalina saca del último cajón de su cómoda el falo de marfil, que a raíz de la muerte de Don Habib, compró a un gitano que suele llevarle objetos exóticos a la tienda. Es un pene erecto, un artificio oriental de líneas suaves y gran tamaño que reproduce con exactitud, hasta en los detalles más insignificantes, el sexo masculino. Lo despoja del pañuelo de seda con el que acostumbra envolverlo y lo toma con cariño. Lo admira, lo acaricia. Lo acerca con delicadeza hasta sus labios para besarlo. Ósculos breves y sonoros que dejan su huella en la superficie. Chupa, ensaliva. Deja que el frío sabor del marfil vaya embotándole los sentidos, cierra los ojos y se abandona en ese marasmo que la humedece y la obliga a tumbarse de espaldas sobre la cama mientras recuerda y se introduce con lentitud el instrumento. Imita el vaivén del desaparecido y, sin dejar de estimularse, toma con la cuenca de la mano izquierda uno de sus grandes pechos para acercarlo a sus labios y mamar a intervalos -ora marfil, ora pezón- como criatura, como niña urgida de madre, ésa que nunca conoció y de la cual sólo sabe que fue una mujer de ojos oscuros, cejas pobladas y anchas caderas, como las suyas, que estando preñada llegó junto con su padre al pueblo y que, después de haberla traído a ella al mundo, murió desangrada por el esfuerzo que supuso dar a luz a una niña de cinco kilos.

Aún faltan veinte minutos para que Catalina abra de nuevo el almacén y vuelva a ser la solícita comerciante que persuade a la clientela de que no vale la pena tomar el tren hasta la ciudad en busca de novedades, pues El cuerno de la abundancia acaba de recibir, a muy buen precio, perlas de Mallorca, juegos de té de la Gran Bretaña y mascadas madrileñas. Así que, como siempre, va a tratar de prolongar este momento hasta donde el tiempo se lo permita. Siente el calor suave del instrumento en sus entrañas, gira sobre su costado, despega los párpados y observa, sin querer, su obesidad ante el espejo. Y es, precisamente en este momento, cuando se le humedecen los ojos y descubre cuánto añora escuchar la lluvia de la regadera, el chillar de las sandalias de hule sobre el mosaico húmedo y enseguida la voz gruesa y ronca diciéndole que deje de lagrimar por las burlas que le hacen allá afuera, que no hay en todo el pueblo muchacha más linda, que él siempre va a estar ahí para demostrarle cuánto la quiere, pues cuando enviudó se hizo la promesa de dedicar el cuerpo y alma al negocio y a ella…

Pero no hay nadie. En ese recinto sombrío donde las ventanas permanecen cerradas y las sábanas del lecho todavía huelen a lavanda, sólo el silencio la reclama. Tendrá que conformarse con evocar el cariño de aquel que en algún tiempo tuvo a bien instruirla en el arte de invertir con eficiencia los dineros de la tienda. Por algo pasó su niñez detrás del mostrador: para aprender que los números, aparte de ser infinitos, suman las cifras que a los Salum les da la gana de cobrar a los habitantes de San Bernardo, que las letras sólo sirven para firmar de recibido los bultos de mercancía extranjera que cada fin de mes llegan con puntualidad a las puertas del almacén, y que por encima del placer está el negocio.

Así lo decía su padre y quién es ella para discutirlo. Ella, la que nunca ha conocido otro varón después de él; Cata, la obesa hija del viudo a la que jamás se le permitió mezclarse con los muchachos del pueblo; Catalina Salum, la dueña de El Cuerno de la abundancia y a la que ahora, nostálgica, sudorosa y abierta de piernas, tendida bajo la brisa del ventilador, no le queda otro consuelo que jugar con ese artificio de marfil que le abrasa las honduras y le ayuda a rememorar los mediodías de antes.

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