El lector imposible*

El lector imposible es un niño que, una vez que aprende a leer, no puede detenerse. No importa si en su casa no cuentan con una biblioteca o con lecturas a la mano. El niño comenzará a leer al reverso de las cajas de cereal, los etiquetas del shampoo, las medicinas y, si llega al hogar, el periódico del día. El niño ojeará las revistas que se encuentre a su paso, sin importar si se trata de panfletos políticos, religiosos o las ofertas de la semana.

El lector imposible crecerá así, escamoteando las dificultades, sorteando la adversidad de sus ansias lectoras ante el panorama yermo de publicaciones de interés o adecuadas para su edad. Ese niño ya algo crecidito, aprovechará cualquier escaramuza hacia el exterior para leer lo que pueda. Una visita al peluquero no es una farragosa eternidad esperando su corte, sino una oportunidad de hincarle el diente a las publicaciones típicas de todo barbero que se respete. El Mil Chistes, Condorito y los chismes de la farándula serán su solaz mientras aguarda ser trasquilado de cabellos, pero no de imaginación.

El lector imposible seguirá así, plumando tanto el bozo como la cabeza con letras, ideas y sueños, porque la lectura también es picaresca, el arrojo necesario para birlar los libros de la familia, de la abuela y de los parientes, sin importar si estos son eróticos, de medicina, de superación personal o recetarios de cocina. Estas actividades pronto llamarán la atención de los que lo rodean que, extrañados, lo mirarán como un bicho raro sin oficio ni beneficio.

Ferdinand Hodler, El lector, 1885, Museo Thyssen
Ferdinand Hodler, El lector, 1885, Museo Thyssen

El lector imposible -ya en la edad de la punzada- poco a poco irá refinando sus gustos, con la pequeña gran diferencia de que ahora, gracias a su mesada, puede ahorrar lo suficiente para irse comprando los libros que quiere y necesita, como si la vida se le fuera en ello. Cumpleaños, navidades y demás celebraciones servirán de excusa para que este formule sus deseos más preciados. Contra todo pronóstico de la familia y a pesar del paso de los años, el joven no podrá soslayar su obsesión vital.

El lector imposible ha triunfado sobre todo lo anterior para llegar a ser un adulto. Al margen de su elección profesional, leer continúa siendo ese vicio secreto, alterno e íntimo; una afición que ya no sorprende a los que lo conocieron cuando niño, a los que incentivaron su locura razonable a lo largo de las décadas. Su verdadera vocación es leer, sólo eso y nada más.

El lector imposible es un lector maduro. Su carrera laboral ha devenido también en una trayectoria como leedor profesional, aunque el término haya caído en desuso. La marca del hombre que sabe lo que quiere leer, que conoce lo que está leyendo y hacia donde debe encaminar sus lecturas. Nadie podrá apartarlo de su camino pues mucho tiempo atrás su educación sentimental y sus afinidades electivas se convirtieron en una compulsión tan placentera que será incapaz de abandonar hasta que la vista o la muerte se interpongan y, como es normal, su epitafio rece: Aquí yace un lector imposible.

*Publicado en la columna “Panopticón cultural” de Milenio Novedades.

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