Ruth Bennett y Zendra White cautivan interpretando a Mozart

Noche de gala en la OSY, con Mozart y Brahms como protagonistas

La breve demora valió la pena. El teatro se iba llenando paulatinamente. Sin prisas, se diría. El primer aplauso, señal de inicio de un rito especial, correspondió a la presencia del concertino Christopher Collins Lee. Cuestión de segundos le tomó dejar lista la afinación de una sinfónica reducida –según las disposiciones de W. A. Mozart– a la talla de una orquesta de cámara, aderezada de una igualmente reducida sección de metales. La presencia de las solistas Ruth Bennett al arpa y Zendra White con la flauta, fue casi simultánea a la del maestro Juan Carlos Lomónaco. Este, de inmediato, estuvo al frente de la orquesta para comenzar. Músicos y público se centraron en aquel ademán, que unificó la atención para disponerse ante la bella, agraciadísima obra del genio austríaco. Así abrió el programa 6 de la temporada XXVII de la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

La fuerza expresiva de las cuerdas, daban el sentido de ímpetu siguiendo las intenciones de Mozart. Fue el marco para integrar arpa y flauta, en un insospechado diálogo pleno de gracia y delicadeza. Es cierto, Mozart es dueño de tal refinamiento y su virtuosismo no está únicamente en la ejecución musical. Surge desde la pluma en el pentagrama. Viene de un universo interior increíble y sus obras, todas, son un atisbo a su vastedad. El especial dueto, inadvertidamente, se había unido al conjunto. Si se considera que el maestro, con más de seiscientas obras en su acervo, compuso solamente un concierto para arpa y flauta, entonces se puede comprender lo especial de esta combinación.

Los motivos musicales, expuestos por la cuerda, eran subrayados por los metales de vez en vez. Propiciaban que las admirables solistas respondieran al cortés diálogo entre sí mismas y hacia la orquesta. La pulcritud y preciosismo de sus frases iban creando una atmósfera, únicamente permisiva al goce de la música. El encantamiento estaba surtiendo sus efectos. Los tres movimientos – en formato semejante a una sonata – fueron estipulados como Allegro, Andantino y Rondó Allegro, es decir, dos movimientos enérgicos, vivaces, delimitando uno lento, unidos por un hilo imperceptible formando un todo. Con la mixtura de una flauta, que tenía todo de mágica y un arpa que, deslumbrante, iba sorteando complejidades múltiples, Mozart melificaba cada frase y el matiz surgía correcto de la mano del director. El contenido de aquel concierto catalogado como No. 299 obtuvo redobladas ovaciones, desde luego por las admirables destrezas de las maestras Bennett y White, pero además por el festivo sentimiento que todas las veces deja una interpretación de este que es uno de los más grandes.

Tras unos minutos de intermedio, la orquesta apareció de nuevo luciendo su constitución habitual y más aún, reforzada en su cuerda y más metales. Era el turno de una las tres “B” de la tríada sagrada1: Johannes Brahms. La partitura de su “Serenata No. 1, Op. 11” implanta una dotación instrumental más robusta, con la curiosa casi exención de percusiones y hasta de violines en alguna de las seis hipnóticas partes que la integran. En realidad, es una obra que originalmente fue creada para abastecerse de alientos y cuerdas. Brahms siempre tuvo en mente oscilar entre tonalidades cercanas, para que cada movimiento tenga un parentesco con el siguiente. Los tales son: un Allegro Molto bien atado a un primer Scherzo prodigioso, un Adagio no demasiado, los finos Minuetos I y II, un nuevo Scherzo y un Rondó para cerrar heroicamente. Cada músico puso de sí mismo todo lo necesario. Aun los que regularmente son de gesto adusto, se permitían balancearse, les cambiaba la expresión; imposible que no, con el vigor que habita en aquellos compases virtuosos.

Por momentos, la serenata daba la impresión de estar presentada en un sólo movimiento, por la tersa integración de sus melodías. Es una obra con alma de caleidoscopio, un portento compuesto a la mitad del siglo XIX. Con su desdoblamiento constante, lleno de armonías inesperadas, en efecto tiene la meta de emocionar y de extasiar. El primer scherzo es muestra de tanto como aporta. Logra que se desee escuchar cada frase otra vez, no bien haya sido interpretada. Los minuetos, por su ternura, deberían durar más. En ellos, a pesar de la carencia de violines por un lapso considerable, el fagot del maestro Galván aportó una gracia mayor, por si lo anterior no hubiera sido suficiente.

No hubo momento para disociarse del discurso maravilloso, a pesar del subconcierto inesperado de toses, que a diestra y siniestra invadió la sala, contrastando las dulzuras y matices del repertorio, que por un momento permitieron imaginar que la humanidad bien podría tener salvación. Definitivamente, Mozart y Brahms, con sus prístinos equilibrios, son la buena opción ante las crueldades del estrés y otras presiones cotidianas. Los aplausos en avalancha demostraron el perfecto impacto sobre el ánimo. Las sonrisas de satisfacción – y gestos de cansancio – de todos en la orquesta, eran el reflejo de la exitosa, maravillosa celebración con dos perlas del repertorio académico. ¡Bravo!

1Bach, Beethoven, Brahms

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