De las ofensas musicales

“No pienso que todo lo comercial sea malo, de hecho hay mucha música comercial bien artística, pero también es cierto que en el mundo de la industria musical es donde hay una mayor mediocridad. Hay una labor que hacer: la de educar y mejorar la calidad de la música que dicta el mercado. Hay músicos del lado comercial que son excelentes como Stevie Wonder, o Juan Luis Guerra o Sting. Lo que debería ser importante para un autor determinado es el hecho de transformar su música en una verdad”. Aquiles Báez

Soy fan del “Hair Metal”, ya saben ese sub género del hard rock que surgió a finales de los setenta y que alcanzó su pináculo en los años ochenta, también conocido por algunos como “Glam rock” o “Glam metal”. Era una corriente musicalmente muy pobre. Sus exponentes no eran virtuosos de la música, sus letras estaban enfocadas al sexo, el alcohol y la diversión. Las bandas se vestían tratando de copiar el estilo andrógino del David Bowie de los años 70, pero fracasando en el intento. El “Hair Metal” duró poco y hoy bandas como Europe, Firehouse o Mötley Crue viven de lo sembrado en aquellos diez años y hacen música para los fanáticos que vivieron su momento de gloria o para algún trasnochado nostálgico que ha escuchado quizá alguna de sus canciones.

La crítica fue desde su inicio implacable con grupos como Poison: los tacharon, y con razón, de malísimos. Para los conocedores del rock, aquello fue un desastre que, afortunadamente, tuvo un abrupto final pues los grupos y las disqueras vendieron millones de dólares hasta que el grounge lo permitió. En resumen: el hair metal es una música para quien no tiene idea de lo que realmente debe ser la buena música, es música para iletrados, para nacos musicales. Y a mi me gusta mucho.poison_image             No es el único producto cultural de ínfima calidad que me gusta: también he disfrutado intensamente con varias Telenovelas. Ya saben, esas historias televisivas a las que muchos intelectuales tachan de absurdas y causantes, junto con el fútbol, de la enajenación nacional.  Creo que me gustan porque desde niño las vi en casa y crecí envuelto en esa cultura mediática del sufrimiento de la cual,  en México, hemos hecho una adicción. Recientemente terminé de ver algunas historias producidas por Telemundo que me engancharon al sillón: Tierra de Reyes y una cosa llamada Eva La Trailera. Sus historias eran verdaderamente malas, sus actuaciones paupérrimas, sus desenlaces ridículos y previsibles…y no pude quitar la vista de ellas durante los meses que estuvieron al aire.

Estos productos mediático – culturales me gustan pero no por ello voy a cegarme y a negar que quienes los critican tienen mucha, muchísima, razón al afirmar que se trata de dos de los productos más malos de sus respectivos campos de producción. ¿He de ofenderme por tal afirmación? Por supuesto que no. Sin embargo, mucha gente sí resulta ofendida cuando alguien –incluso con mucho conocimiento de los temas en cuestión– tiene la osadía de criticar algún producto cultural que sea de su preferencia o esté catalogado como algo extremadamente popular.

Ahí tienen ustedes el ejemplo de lo que sucedió cuando un grupo de enardecidos fanáticos de “Suicide Squad” pidió el cierre del sitio Rotten Tomatoes solamente porque en él se habían recogido opiniones de críticos cinematográficos que destrozaban a la película por su pésimo manejo del lenguaje del cine. Las críticas se sustentaban en ese punto, pero eso a los seguidores de DC no les importó: había que clausurar el sitio porque simplemente no alababa lo que ellos consideraban como algo fantástico. Esa me parece una buena muestra de que en nuestros días la apertura al pensamiento crítico sobre productos mediáticos solamente se acepta si no se disiente, si se navega con la corriente. Lo demás es una ofensa.

Pero esta ofensa es aún más grande si lo que se critica es al gusto musical. Cuando a alguien se le señala que una de sus películas favoritas es terrible o que la serie de televisión de su preferencia es aburrida y lamentable, tal vez la persona haga una mueca y se limite a expresar una opinión contraria al del interlocutor. Pero ¡ay de aquel que se atreva a cuestionar las preferencias musicales! Porque entonces el crítico se convierte en un enemigo mortal, en un discriminador, en un petulante que nos restriega en la cara que piensa que somos seres inferiores tan sólo porque lo que nos llena musicalmente no cumple con los cánones de lo que se considera como bueno o de calidad.

Hace unos meses me metí en una discusión indirecta en Facebook. Salió publicada una nota en la que se decía que la Secretaría de Hacienda iba a ir detrás de la cantante Belinda por algún tipo de evasión fiscal. Tuve la ocurrencia de bromear con el hecho comentando que Hacienda debía hacerle un favor a nuestros oídos y aprovechar para meter al bote a todos las bandas gruperas y norteñas que se encontrara en el camino. Alguien se ofendió por el comentario y arremetió en mi contra –sin mencionar mi nombre– diciendo que –palabras más, palabras menos– yo había perdido piso, que no tenía ningún derecho a juzgar lo que es malo y bueno dentro de la música para luego tacharme de pedante y censor por pedir cárcel para los de la banda El Recodo y compañía.

A mi indirecto interlocutor no le importó –o no entendió-  que mi comentario era una broma, tal vez mala pero al fin y cabo, una broma. Contesté, hubo un par de mensajes más y luego decidí no engancharme más en la discusión. Ahora reflexiono sobre el asunto y creo que mi error fue bromear sobre la música que a él le gusta. Se sintió aludido y ofendido a pesar de que yo no hablaba en serio. Entendí entonces que tal vez estamos en un tiempo en el que para hablar sobre el gusto musical las bromas están “prohibidas” porque se trata de un asunto sumamente personal.

Y sí: de todas nuestras afinidades electivas y aficiones la musical es la más personal. Lo es porque a diferencia de nuestro gusto por el cine o la televisión, el acto de escuchar música es un acto que puede individualizarse más que otros. Es un acto solamente comparable al de leer, tal vez. Antes de terminar la escritura de este artículo pregunté, también a través de las redes sociales, sobre porqué nos ofende más cuando se critica a la música que nos gusta que cuando se hace lo mismo con las películas o las series de televisión. Hubo muchas y muy buenas respuestas pero una en particular me gustó mucho: La música es más personal, te acompaña siempre, no como la tv o el cine, siempre está ahí, incluso si no la tienes puesta, la puedes traer en la cabeza. Pocas cosas tan íntimas como un playlist diseñado para ser escuchado sólo por uno. Si me la criticas, criticas mi ser” . Estoy completamente de acuerdo con la contestación (que además es muy bonita) pues al final dice una gran verdad: somos la música que escuchamos, con todo lo que ello implica.

Pero también tenemos que aceptar que así como en el cine o en la televisión, existen parámetros que pueden establecer si la música es buena o no. Existen elementos de armonía, de composición, de lírica, que determinan la calidad de las piezas musicales.  Tenemos que aceptar que así como existen películas malas existen malas canciones, que el arte en general no se sustenta solamente en la subjetividad sino que también hay maneras muy objetivas, consensos y teorías que permiten discernir sobre la calidad del mismo. Ello incluye, por supuesto, a aquellas canciones, cantantes o músicos por los que damos la vida porque forman precisamente parte la nuestra.

Nos puede gustar la mala música, no hay nada de malo en ello pues eso no nos hace mejores o peores personas, no nos convierte en seres superiores o inferiores. Pero llegar al punto de ofenderse porque alguien señala a nuestra música como mala, habla de la poca capacidad e inteligencia –como también me hicieron notar en redes sociales– para reírnos de nosotros mismos, para aceptar la crítica por nuestro buen o mal gusto, para tener la capacidad de crecer y ampliar nuestro horizonte musical y cultural. Y ello me parece lamentable porque entonces corremos el peligro de sumarnos al linchamiento de que quien expresa una crítica, de quien piensa diferente, de quien no va necesariamente con los gustos tanto personales como con los de las masas. Corremos el peligro de convertirnos en pequeños e intolerantes dictadores que no aceptamos que incluso en cuestiones mediáticas y culturales, no siempre las mayorías son las que tienen la razón.

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