Fagot y clarinete refulgen en medio de grandes ovaciones

Tercia de genios inunda al Peón Contreras en concierto de la OSY

Era viernes 13 de octubre y correspondía el programa número cinco de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, en su temporada septiembre diciembre de 2017. Con la cortesía de una ovación mesurada, fue recibido el director invitado Jean-Luc Tingaud, un joven maestro francés que sonreía tranquilo y agradecido ante la nutrida audiencia. La impresión de verlo aparecer era natural, ya que quizá para muchos su presencia fue sorpresiva. Posiblemente se esperaba al titular, el maestro Lomónaco. Lo cierto fue que, con la destreza de un prestidigitador, de inmediato estaba plantado frente a la orquesta, usando una batuta para dibujar en el aire una y otra vez, hipnóticas elipses.

Una graciosa y discreta instrumentación fue invadiendo el recinto, riquísima, sobre todo, en acentos y ritmos. La oscilación de recursos impregnados de misterio, fue el método con que Giuseppe Verdi, a través de la Obertura de su ópera “La Fuerza del Destino”, trajo el dramatismo y la euforia que caracterizan a este género musical, absolutamente adecuados para inaugurar una noche de concierto, con una sinfónica plena en sus recursos, con la cara lavada y cantando a todo pulmón. La profundidad de la interpretación rebasó toda expectativa. Puso en alto lo que había en juego, como si en lugar de batuta, una varita mágica expusiera el don de Dios que es la Música. Muy impresionante.

La sinceridad de un nuevo aplauso –esta vez sin reticencias– y prolongado lo suficiente para premiar la ejecución, permitió que la orquesta se moviera hacia una distribución nueva. Se redujo en sus metales, en su cuerda y admitió la presencia de un único timbal, para resaltar ciertos momentos de minuciosos estruendos. La presentación de los solistas –miembros de la OSY– Paolo Dorio y Miguel Galván, con clarinete y fagot en las manos respectivamente, refrescó la ovación. Se destacaron al frente del conjunto, como en el concierto anterior lo hiciera Leo Schmidt, el admirable chelista alemán, quien para esta ocasión, se hallaba en una butaca.

El turno era de Carl Stamitz, con su finísimo Concierto para Clarinete y Fagot en Si bemol. Miradas furtivas situaron los puntos sobre las íes. La señal de inicio resultó en una musicalidad deliciosa, que paso a paso se afianzaría hasta lograr los destellos de un estilo clásico incipiente, apenas desarraigado de su vinculación al Barroco. Carl, hijo de Johann, compuso profusamente considerando la legendaria orquesta de Manheim como modelo para interpretarse, la misma a la que Mozart dedicó no pocas de sus creaciones. Las tres partes del concierto, Allegro Moderato, Andante Moderato y Rondó, fueron interpretadas con aliño, en un diálogo entre fagot y clarinete, dejando libertad de expresión y exuberancias al pentagrama de la cuerda.

El invitado dirigía literalmente con una mano en la cintura, dejando el peso de la interpretación –de su musical ejército– a la mano derecha que seguía describiendo elipses, más como un regodeo que como consecuencia de la sobria respiración, la que pedía el compositor. Frases intrincadas, bellísimas, obtenían respuesta inmediata de la orquesta, para una amable discusión sostenida entre fagot y clarinete. Los maestros Galván y Dorio dispusieron de las exigencias indicadas, como si ellos hubieran podido ser los autores, en limpísima demostración de refinamiento.

Por fortuna para todos, el intermedio se fue como un suspiro. De nuevo el aplauso recibió a la sinfónica, esta vez fortalecida y constituida según los deseos del inmortal Ludwig van Beethoven. La visión súbita del maestro Tingaud, generó una nueva expectativa del público, tras haberse demostrado que no tenía nada de aprendiz y sí mucho de brujo. Era la Sinfonía Núm. 6, opus 68 “Pastoral” que en sus cinco fracciones, describe un paraíso rival de los más bellos horizontes de la naturaleza. El secretismo de sus primeros compases, se transformó muy pronto en un vendaval de sonoridad. Y cómo no, tratándose de las armonías enérgicas que caracterizan la obra del invaluable genio de Bonn. Los metales seguían atentos las instrucciones de la varita mágica. Aquella mano derecha tenía cualidades semejantes a una madre, que instruye a sus hijos sin pronunciar palabra.

Era evidente la exigencia de matices fortísimos, de grandes proporciones en sus Allegros, con que básicamente está compuesta la obra y que hacen desear la canonización de su creador. Pero la postura del experto al frente, permanecía siendo la misma. Era un chief que seguía sus instintos. Sabedor de cuánto aderezo agregaría a su platillo, dosificaba los matices a sus secciones como ingredientes exóticos, por momentos afanoso solamente con la diestra, dejando a la zurda la finalidad de ser, desde su cintura, un apoyo que reivindicaba lo que Beethoven quería decir.

Magistral en sus recursos, evitando heroicidades no necesarias a pesar de tanta fuerza, la Orquesta Sinfónica de Yucatán, como sorprendiendo, enfatizó las piezas elegidas, invocando los espíritus virtuosos hasta la exageración, de una tercia de genios. Conductor y conjunto, no obstante las variaciones de instrumentos según los tiempos, se identificaron como amigos que llevaran años mirando en la misma dirección. Las ovaciones, como una avalancha, fueron creciendo hasta volverse la muestra de un regocijo que cuesta mucho describir. ¡Bravo!

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