Interpreta la OSY a Rimsky-Korsakov y Tchaikovsky

Concierto invernal ruso a la española

La enunciación más cómoda de Nikolai Rimsky-Korsakov es que se trata de un compositor bien ruso por los cuatro costados. Al lado de Balákirev, Cui, Moussorgski y Borodín su nombre es sinónimo de la tradición folklórica de su país, que buscaba reflejar mediante sonidos, los colores que delinean a la Rusia de su tiempo. Evocativo, descriptivo, conocedor de su abolengo, en su Obertura “La Gran Pascua Rusa” Opus 36, moldea usando sonoridades lo que percibe es el alma de su pueblo y lo define en las simas de la fe.

Hace un canto jubiloso, que esconde su exultación a través de susurros, de letanías que gradualmente van robusteciéndose en frases generales, hasta el punto de estremecer a la audiencia con acordes que son explosiones que conmueven e inspiran. Rimsky-Korsakov se proyecta a las enseñanzas de su pasado, enseñanzas que comparten millones de hombres y mujeres que dejaron de pedir explicaciones a un poder supremo, para gozar de la vida sencilla y obediente y de la Esperanza.

Dotada de una gran sonoridad, el maestro Lomónaco hacía vociferar a su orquesta o la hacía murmurar como en un dulce rezo todo el contenido de aquellas páginas cargadas de semicorcheas impregnadas de sentido religioso. Así comenzó la Orquesta Sinfónica de Yucatán el programa número uno de la temporada XXIX, en la que ha dispuesto una heroica inclusión de solistas y directores invitados, sobre todo de la presencia de compositores bienamados, con sus piezas célebres y otras no tanto, pero que son como perlas en exhibición.

Tras la intensa ovación por la obertura, nuevamente Rimsky-Korsakov continuaría discursando según sus musas. Cosmopolita como muchos notables compatriotas suyos, la ilustración por viajar se traducía en más música. Los fraseos y melodías motivadas por estar en España, le hicieron componer de un modo que sublima la esencia de dos naciones. Su Capricho Español Opus 34 definió una nueva conquista ignorada por los historiadores, ahora por parte de Cádiz, que esta vez colonizó el sentir del viajante compositor. Por la magnífica interpretación, surgida de los lances de ilusionista del maestro Lomónaco, pudo disfrutarse la inspiración ibérica, que a momentos va permeando armonías que habitan detrás de los Urales.

No es descabellado aceptar el españolismo de su hechura, aunque no haya cambios en el certificado de nacimiento del compositor. Las figuras y cambios tonales se fueron sucediendo mostrando las ansias de cada sección de instrumentos para ser el siguiente interlocutor que repita o contradiga lo que se hubiera dicho primero. La combinación de erotismo, noche y sabor de villa española estremecía a la audiencia, con todos sus destellos y las promesas de sus fuegos fatuos.

Tras la pausa de intermedio, el oso gigantesco regido por Moscú llamaría a otro de sus hijos predilectos. Tchaikovsky se presenta siempre como un melodista exquisito, fresco y grácil. La culpa es de su música para Ballet, parte de la historia personal de legiones de admiradores por el mundo. Al punto de graduarse del Conservatorio de San Petersburgo, tuvo una severa confrontación consigo mismo al componer su Sinfonía No. 1 Opus 13 “Sueños Invernales”.

La exigencia, tremendista para un joven regido y corregido por sus autoridades académicas, supuso poner en la balanza intelecto y sentimiento, siendo de mayor peso el primero. Tuvo que acatar – al menos en aquella fase de su vida profesional – no encuadrarse en esquemas que significaran rebelión hacia las formas establecidas. El título de su obra agraciadísima viene por atribución de su primer movimiento, un Allegro tranquilo. El sustento anímico del compositor decaería hasta hacerle desfallecer. Su dedicación hacia lo perfectible, hizo que la obra fuera prosperando a lo largo de muchos años pese a carecer del resplandor de su madurez artística, conservando defectos según su propia y respetable percepción.

Consta de tres movimientos más, un sentido Adagio Cantábile Pero No Tanto, emparentado a la Elegía de su Serenata para Cuerdas Op. 48, creada cuando ya era un Tchaikovsky de edad mediana. El tercer movimiento, un Scherzo, consta de un leitmotiv oscilatorio entre todas las secciones de la orquesta. La Sinfónica de Yucatán correspondió con toda precisión y calor, no obstante ser la visión de una Rusia invernal.

Presagiando el movimiento Finale, con amplias transiciones de ritmo y de tempo, va edificando vínculos con la autenticidad de su tierra, reflejando la esencia de su estirpe. Contrariamente a no quedar clasificado como nacionalista, le coloca en una certidumbre semejante a la que gozan los del Grupo de los Cinco – Rimsky-Korsakov uno de los tales. Tchaikovsky buscaba esencialmente profundidad escribiendo páginas que modelaron su ingenio y figura, haciéndolo trascender aunque él mismo no se diera cuenta de este proceso.

La Sinfónica de Yucatán reiteró esa profundidad del genio atribulado y la reinventó. Sus violas sonaron con la calidez referida, en un compendio de cantos que mantuvieron a los chelos y a los violines en solidaria emulación al igual que a su fastuosa sección de metales y maderas. El espasmódico, impresionante refuerzo de la percusión allí escrita, cobraba y daba vida a la enérgica encomienda de contrabajos y metales. Trazaron minuciosamente e hicieron lucir la grandeza de aquella fragilidad espiritual con que esta obra fue engendrada desde la gema de su primera versión. Simbiosis perfecta de la OSY con los compositores de una velada sustanciosa, agradecida con vítores de pie. ¡Bravo!

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