Leonardo Hilsdorf triunfa con la OSY

Trinomio clásico perfecto en el recital del fin de semana

El noveno concierto de la temporada XXVII de la Orquesta Sinfónica de Yucatán ya estaba por empezar. Con un eminente bagaje profesional, Adam Klocek, el director invitado –oriundo de Polonia– salió a escena. Los protocolos previos ya habían sido cumplidos. Todo estaba dispuesto. Con una sonrisa que evidenciaba concentración, se plantó frente a la orquesta para marcar el inicio de una velada que sería notable por su caudal de bondades musicales. Se tendría que empezar por felicitar a quien seleccionó el repertorio. Obras de tres nombres sagrados y consagrados de la música académica, fueron la premonición de un esplendor que puede ser difícil de cumplir. Con cualquiera de los convocados – Mozart, Schubert, Brahms – se debe tener un extremo cuidado, por el riesgo de una vivencia que transporta de la banalidad cotidiana hasta las alturas emocionales.

Franz Schubert (1797-1828), con su Obertura Rosamunda, apareció de primero. El maestro Klocek, sin delatarse, llegó provisto de todos los matices para una interpretación en la que cada ademán suyo describía algo distintivo, favorecedor a una sonoridad que la orquesta siempre lograba reflejar. Su sonido quedó magnificado, por un inesperado sentido de amalgama. Etéreo pero robustecido en los tales matices, la dirección invitada demostraba un conocimiento profundo, sorprendente porque juntos, orquesta y conductor, parecían llevar años tocando la pieza o más aún, que entre todos habían compuesto las partes que les correspondía tocar.

La Rosamunda antecede a toda una ópera, desde luego, creada con ese mismo nombre con libreto de Helmina von Chézy, que en el tiempo de su estreno tuvo el infortunio que sufren muchas creaciones: fue suspendida después de un par de presentaciones, por situaciones adversas. En los programas es común incluir las oberturas por su riqueza en ideas musicales, pero dos cosas, en este caso, han sido extraordinarias. Primero, que el compositor tenía unos veintiséis años al momento de crearla. Ya era un portento de la composición, con una capacidad que le sometía al punto de quitarle el sueño: prefería dormir con los anteojos puestos, por si la inspiración le visitaba en la quietud de la noche, la que cualquiera prefiere dedicar al descanso merecido. El otro detalle fue que la obra pudo ser publicada completa casi 70 años después de pasar por ciertas vicisitudes, como mantenerse extraviada por décadas.

Durante la pieza de bienvenida, el piano de cola se mantuvo en escena, esperando su turno en silencio. Ya tendría mucho qué decir. Mozart, el que únicamente puede explicarse en términos angélicos, a través de su Concierto para Piano Núm. 15 K. 450, finalmente interrumpió aquel silencio con las manos del brasileño Leonardo Hilsdorf, participante del concurso “José Jacinto Cuevas”, que en diciembre pasado lo vio ponerse la corona y la promesa de regresar al recinto, que ahora nuevamente lo recibía con los brazos abiertos.

El concierto para piano surgió con ese toque jocoso, casi infantil, que sazona muchas obras del salzburgués excelente. El maestro Klocek, con la misma soltura del principio, seguía describiendo matices sin reposo, con aquellas manos desprovistas de batuta, adiestradas para expresar con precisión cuánto y cuándo la orquesta debía alargarse, crecer en sus fraseos o irse extinguiendo en eco para propiciar el carácter que nunca desatendió el pianista. La gracia del compositor había impregnado el ambiente durante el primer movimiento de tres: Allegro, Andante y Allegro y nunca se dejó de percibir. La interpretación del Andante, contrastando lo surgido al principio, fue como el reflexivo mensaje de un alma vieja, que medita mientras habla y que habla mientras sigue en sus alturas.

Aquel sentimiento seguía flotando en la memoria cuando se presentaba ya el tercer episodio de un concierto que trascendía a sus dificultades técnicas, mostrando que cada músico no solamente respiraba igual que los demás, sino que pensaba como parte de una misma mente. Furtivas miradas, manos que a círculos y líneas contundentes dibujaban en el aire los criterios de Mozart, arcos que se alineaban como tocando un mismo instrumento, alientos que cantaban con dulzura hasta los pasajes más limitantes, dejaron la satisfacción de que cada aplauso y cada bravo fueron no solo merecidos sino insuficientes.

Ante el irreversible triunfo, el maestro Hilsdorf fue pródigo en su obsequio: un magnífico encore para piano solo, “Impresiones de Serenatero”, tomado del “Ciclo Brasileño” de su compatriota Héitor Villa-Lobos, fue tocado como la piedra preciosa que es. Dejó atrás el encantamiento mozartiano para centrarse en aquello que el siglo XX dejó muy claro son plenitudes de energía y de apasionamiento sin reservas. La interpretación puso de pie a la audiencia, rendida ante el milagro de tanta belleza.

Pasado el intermedio, sin el piano presente, la OSY comenzó la interpretación de la Sinfonía Núm. 2 de Johannes Brahms. En su factura prodigiosa, perfectísima, refleja una melancolía que disfraza de alegría. Es algo semejante a un regocijo extraño, posiblemente acorde a situaciones en su vida o a designios nuevos del hombre en plenitud de su profesión. En este contexto, Brahms presenta un trabajo en formato clásico de cuatro movimientos que sumados, poseen la exultante visión del anciano que desea compartir sus vivencias mejores, de días aquellos en que miraba su horizonte con un cielo teñido de colores. El Allegro pero no demasiado, de su primer movimiento, es un ejemplo de la dulzura en sus intenciones, al incluir una evocación a la canción de cuna, la que todos atribuyen es de su autoría.

El segundo movimiento, un Andante – tampoco demasiado – fue un discurso orquestal que hace olvidar las tensiones cotidianas. Es una música que propicia un respiro y tiene entre sus virtudes adueñarse del pensamiento, como una analgesia que aporta todo para esperar lo mejor. El tercer movimiento, Allegretto Grazioso, a pesar de su brevedad, es una proeza de gracia gitanesca, con sus delicadezas sutiles a cada compás. Las notas, unidas y contrastadas entre secciones, daban cuenta de las emociones más divertidas y no era posible desprenderse de una sonrisa espontánea que, sin duda, produce y persiste en producir. El cuarto movimiento final, Allegro con Spirito, despliega un carácter de vuelta al heroísmo, de necesaria soberanía, esa que tiene como base el candor de su madurez en el terreno del virtuosismo.

La retribución de fuertes aplausos, más que reconocer la interpretación de lo que aquellos compositores procuraban, fue una muestra de agradecimiento a la entrega de una sinfónica mancomunada a la dirección del maestro Klocek, cuya sudorosa sonrisa fue el axioma de su dedicación: vino a dar lo mejor de sí. ¡Bravísimo!

Si te lo perdiste, dale click en el siguiente enlace para ver el  video del concierto del viernes 31 de marzo:

https://livestream.com/accounts/16717590/events/7208421/videos/153106388

 

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