Magistral cierre de temporada de la OSY

La Temporada XXVII de la OSY llega a su fin

Impresionante. Un broche de oro ha sido el final de la temporada XXVII de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (falta el colofón de la ópera Pagliacci, fuera del periodo regular) el pasado fin de semana del 26 y 28 de mayo. Después de Rusia y Francia, el recorrido por nacionalidades esta vez fue una astronomía enfocada en tres luces alemanas, siendo una de ellas la más brillante de la Historia. Al principio y al final, respectivamente obras de G. F. Haendel y de Robert Schumann enmarcaron a J. S. Bach, un portento que debe ser considerado aparte, no obstante ser tan barroco como otros. La batuta cayó en la diestra de un director huésped, de trayectoria ilustre: el maestro Ramón Shade, oriundo de Coahuila, con un dominio excelente para cada matiz que exige cada compás.

La Música para los Reales Fuegos de Artificio, de Haendel, lleva su explicación en el nombre. Encargada para una ocasión de festividades, su finalidad era enaltecer el espíritu del triunfo y mejor, el de la paz. En los tiempos de su estreno, a la mitad del siglo XVIII, esta celebérrima obra tuvo una gestación problemática. Debiendo ser interpretada al aire libre, el número de oboes llegaba a las dos docenas. Así por el estilo, debía quedar robustecida por trompetas, cornos y fagotes, con ocasionales destellos de timbales y con el imposible cuerpo de violines de ningún tamaño, ya que el mandato oficial era no incluirlos en el estreno.

La cuerda quedaría exenta de presentarse. Haendel, reducido en sus influencias, decidió arreglar nuevamente su partitura para ocasiones futuras – con violines añadidos – y esto fue lo que la OSY ejecutó como la delicia que es, ajustándose a las proporciones de su haber. Regia por naturaleza, la obra retumbó desde su primer acorde, deleitando profundamente a la audiencia, como seguramente fue deleitado aquel monarca inglés, exultante de sentirse un salvador.

Compuesta con poco más de un siglo de diferencia, la Sinfonía número 4, opus 120 de Robert Schumann fue el cierre del concierto, con la sinfónica en su capacidad al máximo, vigorizada en su cuerda y sus metales. La obra muestra una estructura sin cortes ni costuras, tersa en la transición de sus cuatro partes, que ondularon de lento a rápido en el primer movimiento para engarzarse con un Romance en el segundo, luego a un Scherzo trepidante – como todos los scherzos – pero innovador respecto al manejo de sus crescendos que lo hacen mantener la atención en cada detalle. Retornando al motivo de sus inicios, con aquella intensidad y con aquel impulso, el movimiento final otra vez oscila en velocidades lentas, con frases largas y complejas, de sonoridad energética a través de una orquesta plena y vibrante.

La mención aparte es para el centro de la presentación. Como un brillante incrustado en oro, el Concierto para violín y oboe de J. S. Bach, catalogado con el número 1060, introdujo las destrezas de los maestros Gocha Skhirtladze y Alexander Ovcharov – formidables – el primero al violín y el segundo al oboe, con un magnífico respaldo armónico, no obstante haberse transformado la OSY en orquesta de cámara, incluyendo el delicado timbre del clavecín, con el maestro invitado Andrew Thorpe, ya presente desde los Fuegos de Artificio. Era de esperarse. No ha sido casual llamar Padre de la Música al hijo más ilustre de Eisenach.

Sus tres movimientos – Allegro, Adagio y Allegro – son cúspides de un paisaje que en conjunto asombran, alientan y hacen resplandecer no a una obra barroca con dos instrumentos solistas, sino a lo más dulce y sutil que puede ser capaz el espíritu humano. Fue una de cientos de ofrendas musicales que compuso aquel, sin sospechar la trascendencia de su legado, por ser de una familia en que lo más normal era ser virtuosos de la composición.

La interpretación de la OSY, tal como es su estándar, alcanzó para cubrir cada finura y cada grandilocuencia generando el aplauso espontáneo y el reconocimiento de ser una agrupación de las mejores hoy en día, inclusive bajo la guía de directores invitados. ¡Bravo!

 

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