Noche accidentada y virtuosa en la OSY

Al salir a escena Juan Carlos Lomónaco, el maestro que dirige -muchas veces de memoria- a la Orquesta Sinfónica de Yucatán, su sonrisa de bienvenida es complementada por sus huestes musicales. Dio una semblanza general de las obras a interpretar, incluyendo un aviso sobre la complejidad del opus 53 en el catálogo de Tchaikovsky, la última obra del programa 7 de la Temporada XXVII de conciertos. Antes mencionó algunos aspectos sobre la “Obertura El Rey Stephan” de Beethoven, como el hecho de que fue compuesta en 1812 por encargo; su introducción acerca de la oboísta Gordana Josifova surtió un efecto especial en la audiencia. Ya llegaría en pocos minutos la confirmación de tales preliminares. Público y orquesta quedaron francamente dispuestos…

En efecto, la obra de Beethoven irrumpió con una majestuosa secuencia de acordes, fanfarria demostrativa del rango elevadísimo para quien fue compuesta: el rey Stephan, icónico representante del nacionalismo de la Hungría en tiempos medievales. Impresionante fue la conversión de lo heroico a un súbito candor, quasi pueril de las danzas que reflejan los orígenes de aquella patria ajena a la nuestra. Las transiciones continuaron. Si la mezcla de majestuosidad y raíces populares había sido insuficiente, la pieza en su desarrollo incluyó un delicioso pasaje de síncopas inesperadas, interpretadas con lirismo, dejando una sensación general de deleite y de contentamiento. Después de todo se trataba de Beethoven, transformando unas hojas pautadas en legado angélico, como es cualquiera de sus obras, no obstante la obertura en cuestión fue realizada como un encargo más.

Con su espontaneidad, los aplausos revelaron el efecto magistral de esta primera parte. Sin demasiada espera, una solemne pero alegre oboísta invitada apareció en el escenario. Gordana Josifova agradeció la ovación de bienvenida. Con una mirada indicó al maestro Lomónaco estar lista para empezar. Atribuido a Joseph Haydn, aunque posiblemente compuesto por Ignaz Malzat, virtuoso oboísta vienés, contemporáneo de la estrella de Rohrau, el “Concierto para Oboe” era lo siguiente en la lista. Los tres movimientos de rigor que lo conforman son un Allegro spirituoso, un Andante y un Rondó Allegretto, que cerraba el diálogo entre instrumento y orquesta.

El primero surgió con una elegancia enérgica, armonizando de maravilla con la reciente música de Ludwig van Beethoven. Desde luego, tratándose del mismo periodo musical, la posibilidad de coincidir era lo natural o al menos así se esperaba. El oboe de la maestra Josifova presentó unas notas inicialmente largas, cantábiles, como primera dosis de una belleza difícil de describir. El oboe –o madera alta, del francés hautbois– es un instrumento de expresividad mayúscula. Su sonido, al igual que el del violín, es considerado por muchos como uno de los más privilegiados1. Gracias a él, se rige la afinación de la orquesta. Es grato escuchar al maestro Ovcharov, principal de su sección, aportar ese sonido rector para todo el conjunto.

Desde el primer instante, original de Haydn o no, aquella mezcla de acordes era cautivadora. La destreza de Gordana Josifova era de una elocuencia principal. Sin embargo, nadie había podido percibir la pequeña desventura que se estaba gestando. La humedad desarrolló un impedimento técnico en una llave de su instrumento. En cuanto fue posible, durante la ejecución sonora, aprovechó un silencio que le correspondía empezando uno de varios intentos para liberar el pequeño mecanismo. Con fuerza, tuvo que resoplar el punto averiado, atacando el spirituoso matiz que define al primer movimiento. Por fortuna, el oboe sí permitió lucir el talento de su dueña en la segunda y tercera partes, con las que alcanzó la ovación del público por un lapso prolongado, lo suficiente como para obsequiar un encore2 de Ennio Morricone, el célebre “Oboe de Gabriel” –sin acompañamiento– hizo resonar en el teatro la dulzura innegable de la pieza.

El breve intermedio dio paso a la totalidad de los músicos, con algunos refuerzos para la ocasión. Ahora se trataba de la “Suite No. 2, Opus 53” de P. I. Tchaikowsky, la que fue anunciada con una advertencia del maestro Lomónaco. Lo cierto es que sí había un grado de complejidad, bastante notable, pero vencido por el profesionalismo de la orquesta. La suite consta de seis partes: Juego de sonidos, Vals, Scherzo burlesque, Sueños de infancia y Danza barroca. Guardando las proporciones, es una música tan incidental como la obertura de Beethoven. Sin embargo, el Tchaikowsky melódico de siempre no pareció ser el artífice.

Era evidente el carácter experimental de su concepto. Mostraba una cara distinta en sus capacidades al componer. Exploraba hasta el límite las capacidades técnicas en los instrumentos y en los ejecutantes de todas las secciones. Era una especie de ejercicio armónico ambicioso, claramente en búsqueda de nuevas sonoridades. Su gran mérito consiste en ser un golpe al muro de lo tradicional y avanzar lo más directo hacia una nueva corriente artística. Las complejidades, como fue demostrado, no quebrantaron el magnífico esfuerzo de la OSY, una agrupación musical que puede recibir la presencia de solistas destacados y embarcarse en retos que son –quizá– una meta muy elevada para otros conjuntos orquestales. ¡Bravo!

1El concierto para violín y oboe en Cm – BWV 1060 (J. S. Bach) es una muestra elocuente del alto grado de belleza de ambos instrumentos.

2Tema que se interpreta al final de un concierto, para ampliar el deleite de una ejecución exitosa (¡Otra, otra!)

 

 

 

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