La OSY se despide del 2017 con una ovación del público

Zuleika Díaz al piano y el Taller de Ópera de Yucatán, invitados especiales de la Gala de fin de Año

Una atmósfera de celebración presagiaba la Gala de Fin de Año en el Peón Contreras. La Sinfónica de Yucatán había seleccionado un repertorio que reunía las bases más finas de candor y belleza con nombres como Georg F. Haendel, Alexander Borodin y el príncipe de toda la creación musical, Ludwig van Beethoven, alternando con el compositor contemporáneo, John Williams, experto en el contexto de la cinematografía. Robustecida de recursos musicales – con más instrumentos que de costumbre, entre los que destacaría hasta un trompeta fantasma – la orquesta también se nutrió del piano de cola y de la presencia del Taller de Ópera de Yucatán.

La audiencia, entusiasta, ocupaba todos los rincones del teatro, cerrando la fórmula perfecta para una velada importante desde sus prefacios. La penumbra ocurrió para centrarse en el escenario, engrandeciendo el impacto visual, con todos, músicos y voces, solemnes en su atavío y geométricamente dispuestos a inaugurar la fiesta con la gloriosa inocencia de Ludwig van Beethoven. Abundante en ovaciones fue la bienvenida al maestro Juan Carlos Lomónaco, quien sonriente se atrincheró tras la cola del piano. Obsequió un breviario, como es habitual, exaltando las cualidades principales de cada obra indicada en los programas de mano. Nuevos aplausos fueron refrendo de un público alegre y deseoso de vivir una gozosa experiencia musical.

La Obertura Leonora No. 3, compuesta por el oriundo de Bonn más notable de la Historia hacia 1806, mostró desde su primer acorde los hilos de su delicado tejido, estipulado con el fastuoso donaire de su personalidad musical. Siendo el tercero de cuatro intentos de composición, esta es la versión de obertura mejor lograda para su unigénita ópera “Fidelio”. Hace evolucionar sus motivos en demostración dramática y cardinal, como tal debe ser cualquier detalle relacionado a este género, con el que lamentablemente no obtuvo los mismos éxitos de su demás producción. Por ello, el teatro cantado no floreció profusamente en su inventario. Algo semejante le ocurrió con el violín, no obstante ser creador de decenas de sonatas y de tres veces tres sinfonías. Curiosamente compuso un solo concierto para el rey de la orquesta, a diferencia de otros geniales a quienes la vida les alcanzó para más óperas y para más conciertos de violín.

A decir verdad, la interpretación de la Sinfónica de Yucatán fue pródiga en cada detalle de la obertura. Cada matiz, cada golpe de arco y de diafragma, contrapusieron el valor de sus presencias con intención precisa y resuelta, renaciendo un verdadero Beethoven en toda la extensión. La inusual trompeta fantasma cantaba sus corcheas oculta en bambalinas y al punto acaeció el crescendo orquestal, que acabaría mostrando la bravura que la define, la que impulsó a reflexionar que debía componerse una cuarta versión con tal de adaptar algo de menor calado, para no sobrepasar las dimensiones totales de “Fidelio”. Caras sonrientes fueron consecuencias de la primera delicia de la velada, así como una ovación que premió con creces el compendio de toda esa inspiración.

La primera mitad del programa ya estaba reservada para Beethoven. Ahora sería el turno de su Fantasía para Piano, Orquesta y Coro, opus 80, compuesta dos años antes de que el cura Hidalgo iniciara nuestra Independencia. Concedió la participación de la destacada pianista Zuleika Díaz, poseedora de una brillante trayectoria internacional. Formada de Adagio, Finale y Allegretto (pero no demasiado, casi andante con movimiento – presto), la excelsa y extravagante partitura inició con una presentación pianística de frases grandilocuentes. Los contrastes súbitos de Beethoven, originalmente improvisados por él mismo, en el día de su estreno – que posteriormente plasmaría por escrito – por lo acabado de su factura dan la impresión de ser un tema apropiado del piano.

Al cabo de casi tres docenas de compases, la orquesta aparece por fin a través de los chelos, con un jocoso disfraz de seriedad; y es el piano de nuevo, luego las violas y el resto de la orquesta quienes desenvuelven, uno tras uno, el gigantesco diálogo hasta ser alcanzados por la magnificencia coral del Taller de Ópera de Yucatán, bajo las premisas de la maestra María Eugenia Guerrero. Beethoven se ostenta influencia de sí mismo, con esbozos que hacen lucir sus modulaciones armónicas al mejor estilo de su Novena Sinfonía. La recreación de ese inmenso talento, allí en escena, produjo un caudal de aplausos, en honesto agradecimiento por una exhibición de genialidad que apenas iba por la mitad del camino.

Para la segunda parte, la orfebrería barroca de G. F Haendel fue la llave de apertura. Su Himno para la Coronación No. 1 Zadok, el Sacerdote y el muy popular Aleluya de su oratorio “El Mesías” HMV 56 fueron presentadas con acabada interpretación, teniendo como protagonistas principales a las voces y el acompañamiento agraciado de la orquesta, en el sentido moderno de su constitución. Solo entonces fue momento de un mayúsculo contraste al interpretarse, de John Williams, su tema Dry Your Tears Africa, aderezado con percusiones y contrapuntos característicos del New Age, consagrada a su estirpe programática, en auge siguiendo los asegunes de la década de los noventa, en el siglo próximo pasado. No obstante el alto nivel de las obras que le precedieron, la calidad de interpretación fue suprema y motivó una cálida ovación.

Para el episodio final, el nacionalismo ruso – en su vertiente asiática – de las Danzas Polovtsianas, ramillete creado por Alexander Borodin, dieron continuidad a la fuerza expresiva de las voces en mezcla franca con la Sinfónica, en una versión próxima al efecto que produjo la obra de Williams, en parte – quizá – por evocación a lo que Ray Coniff hizo con una de estas danzas hacia 1960 y que intituló “Stranger In Paradise”. Originalmente, siendo parte de la inacabada ópera “El Príncipe Igor”, tales danzas son suma de una diversidad de partes, arrojando resultados opuestos por el vértice: dramatismo y profundidad contra vivacidad y exultación, mediante el excelente combinado de voces e instrumentos, marcados por una percusión dotada de vida propia.

Si en vez de ovaciones hubieran sido flores con las que se premió tan maravilloso despliegue, el teatro habría quedado tapizado de ellas por completo. El entusiasmo generado alcanzó para tres y hasta cuatro reapariciones del director a escena, acompañado de la maestra María Eugenia Guerrero, quienes compartieron los honores con sus amables huestes. Al ritmo del aplauso, un bis fue acertado – nuevamente Dry Your Tears Africa – para definir el cierre de una temporada que ha sido indescriptible en sus logros y sus alcances y que se parece mucho a un collar de perlas. ¡Bravo!

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