Página de un viaje musical a Bavaria

Una gala de ballet en Múnich

Grande fue mi sorpresa el 7 de octubre de 2016 pues el amigo de un amigo aceptó recibirme en Múnich. Ignoraba quién era pero conocía bien su rostro gracias a esa maravillosa facilidad de reconocer a un extraño que aparece en los retratos grupales en que se hallan nuestros seres queridos. En principio este rubio de casi dos metros me invitó a un campo de muerte y sufrimiento, para ser exactos, a Dachau, pero mi espalda se enfrió de sólo pensar que caminaría por esos pasillos de desolación y hollaría la senda del exterminio. Lloré a solas, sequé mis lágrimas y le dije la verdad. Hans -así lo llamaré- me comprendió y ofreció sacarme de juerga y, muy a mi pesar acepté.

Rápido -aunque con retraso-, el tren me dejó en Múnich sin mapa y sin saber a dónde ir recorrí cien calles, atravesé tres veces las murallas y encontré al gigante rubicundo cerca de aquella iglesia mancillada por el demonio. Caminamos todavía más y al pasar por una plaza reconocí un templo del arte. Era la ópera estatal de Múnich, misma que resplandecía como un ambarino cristal de Murano, y le pedí que fuéramos a ver entrar a los elegantes.

Amigo de extraños y con mi inglés básico pregunté a un guardia pelirrojo todo acerca del programa, del código de vestimenta, del costo y fui y vine de la taquilla. Pedí a una descendiente de asiáticos el programa de la temporada, volví con el guardia, miré con ojos de dolor a mi guía, pues descubrí que habría ballet con piezas de Georges Bizet y de Frédéric Chopin. Volví a la taquilla y me dijeron que los boletos estaban agotados. Fritz, digo Hans, comentó que era muy mal visto comprar de reventa en Alemania. Volví con el guardia y vi a un caballero sosteniendo a la altura de su mentón dos boletos: –How much?, pregunté… Sólo tenía uno pero me recomendó a una dama que con su mascada multicolor en torno al cuello parecía una gitana. Compré dos boletos a la altura olímpica donde estuvieron todos los grandes, es decir, la gayola.20161007_185515 Al entrar sentí el lujo en candiles y marcos y techos cubiertos de oro. Trepamos, más bien escalamos, por sobre mármoles tallados y, al hallarnos frente a frente al candil retráctil más fascinante de mi vida, comenzó el ballet. Con gracia la orquesta comenzó con la Sinfonía en Do Mayor de Bizet y sus bellas bailarinas me hicieron descubrir que la piel blanca en una mujer difiere y supera a las telas más finas porque su tonalidad es encarnada por la vida y el movimiento.

Ignorando las convenciones todas del ballet, en el techo de la ópera estatal, me sorprendió que el primero de los bailarines de ballet fuera un príncipe hindú. Su piel tornasolada como una madera preciosa adornaba aquel espacio reverenciado. Algo es digno de anotar, aquel que escucha las grabaciones clásicas, producidas por los mejores estudios del mundo, se pierde de uno de los más dulces detalles del ballet, el percibir, bien temperados, los pasos de esos pies ligeros, de esos ángeles en figura humana.

Abrí bien los ojos, acaso al triple de su tamaño, cuando comenzó el segundo acto de esta gala. La orquesta y su director partieron y en su lugar una pianista se sentó delante del rey de los instrumentos. Vinieron de sus dedos ágiles tres lánguidas variaciones de los nocturnos de Chopin y tres parejas hicieron de maravilla su ejecución: delicada, deliciosa, divina, me sentí feliz de haberme perdido en Múnich y de haber conocido a Fritz… digo, Franz. 20161007_185612Soberbio como pocos en el mundo, el principal teatro de Múnich tiene cuatro ángeles custodiando, como vigías del Arca de la Alianza, el escenario. El foso de la orquesta caía justo bajo nuestra mirada y desde las alturas podía ver tanto al público de la luneta como a la prima ballerina, los músicos y los buenos burgueses en sus palcos con sus bellos ropajes. Salí del teatro con una copa de vino tinto flotando en el estómago vacío. Agradecía a la vida por tanta belleza y, embriagado en mis lágrimas, quise compartir mi emoción con mi familia y amigos. Marqué y, en alemán, me dijo la operadora que el teléfono se hallaba fuera del área de servicio, así que, de inmediato y frenético, escribí este relato en mi celular. El aparato electrónico se descargó pocos segundos después de terminar esta crónica.

Post data: Falta agregar únicamente en este punto, que la coreografía de la Sinfonía en Do Mayor de Bizet la creó para la ópera de París, el año de 1947, el célebre George Balanchine (1904-1983) mientras que la coreografía de los arreglos al piano de Chopin la diseñó, en 1970, Jerome Robbins (1918-1998).

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