El Sargento Pimienta celebra en Cuba

Una crónica del concierto en La Habana por los 50 años del disco

El pasado 1 de Junio, el Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band de The Beatles celebró cincuenta años de haber salido a luz. Ese día en muchos lugares del mundo se realizaron celebraciones. La fortuna me permitió vivir la que se realizó en La Habana Cuba. Este es un  breve relato sobre que vi y viví.

Camino por una de las calles de El Vedado en La Habana Cuba. Se trata de un barrio lleno de grandes y hermosas casas que datan del Siglo XIX y de principios y mediados del Siglo Pasado y que en cada una de sus fachadas guardan una buena parte del patrimonio de la ciudad. En los frentes de las casas la vida transcurre en la normalidad habanera. La gente conversa, realiza sus actividades cotidianas e incluso en una esquina se juega al béisbol. Es una tarde más de junio, cuya cotidianeidad se va rompiendo poco a poco conforme camino por la calle 17 del histórico barrio. Lo cotidiano se rompe porque a lo lejos se escucha el clamor de la una multitud que acompaña a lo que se va haciendo más evidente conforme uno se acerca a la fuente del sonido: es el ritmo de una banda de rock.

Familias enteras caminan hacía el punto donde todos nos vamos a reunir: el parque John Lennon en La Habana. Se trata del lugar en el que en los años noventa se realizó el primer concierto en el que se escuchó en vivo la música de The Beatles y el en el que el mismo Fidel Castro inaugurara una estatua del fallecido músico inglés, un acto paradójico pues la música de los Fab Four estuvo prohibida por el régimen castrista durante muchos años.

Quizá por eso quienes hoy se dirigen hacía el Parque Lennon lo hacen como la emoción reflejada en el cuerpo y la mirada. Porque Los Beatles siempre estuvieron presentes en Cuba. Llegaron, según me cuentan mis amigos cubanos, primero a través de radios de onda corta y luego a través de discos y casetes que eran introducidos ilegalmente a todo el territorio castrista. Por ello, tal vez como en ningún otro lugar del mundo la música de The Beatles era un sinónimo de resistencia, una auténtica respuesta contracultural a la cultura oficial promovida por las altas esferas políticas. Por ello, tal vez aquí como en ningún otro lugar del mundo, su música es sinónimo de libertad.

Los alrededores del Parque Lennon están abarrotados de gente. Las personas están ahí para ser felices al ritmo de la música que hoy todos celebramos con singular alegría. Pocas veces he visto un concierto con tanta diversidad de personas en el público. Todas las tribus urbanas de La Habana se encuentran representadas en el acto. También todas las generaciones. Los adultos mayores traen en la mirada el dejo de la nostalgia, pero también en sus ojos puede verse cierto asombro ante la transformación que su país ha vivido.  Ellos forman parte de la llamada “Generación del Susurro”, es decir que cuando fueron más jóvenes no podían compartir su música o sus ideas en voz alta por miedo a alguna represalia. Por lo tanto, escucharon todas estas canciones con el volumen de los reproductores sumamente bajo conteniendo todas las emociones y sensaciones que seguramente les provocaban.

No dejo de preguntarme cuantos de ellos quizá jamás pensaron que un evento como el de esta noche fuera posible. Cantan, bailan y se regocijan con la música de una manera especial, como si la vida se apareciera de pronto, les tomara de la mano y les llevara a lo que pudo ser su juventud. Su emoción es edificante  y confortante. Frente a mi, un grupo de cuatro personas con varias primaveras encima tienen un happening particular, único, conmovedor al máximo: se abrazan y cantan cual quinceañeros en pleno disfrute de la existencia. Desde las ventanas de los edificios que rodean al parque una pareja de ancianos se asoma con cierta timidez. Parecen mirar con un dejo de asombro a un futuro que les ha alcanzado a través de música que fue escrita hace medio siglo. Un hombre también mayor, se contonea sobre las ruinas de lo que alguna vez quizá fue una hermosa casa. Es feliz mientras convive con la gente que le rodea y es en si mismo  en un espectáculo digno de observar.

Los más jóvenes ya no susurran sino que se han convertido en un grito cada vez más fuerte. Disfrutan el evento de otra forma, conocen perfectamente la música y anticipan cada una de las canciones que interpretan las bandas participantes en el evento. Graban el concierto con sus teléfonos móviles pero lo hacen solo por unos momentos pues aquí por las limitaciones del internet no tienen la posibilidad de transmitir en vivo lo que están viviendo a todas sus redes sociales. Tal vez por esa razón la catarsis que se da entre la música y ellos resulta extremadamente genuina y libertaria, como si adquieran la conciencia de que este evento es una muestra de las posibilidades de cambio que Cuba tiene y que muchas de ellas están depositadas en su capacidad de empuje y de adaptación a los primeros vientos del huracán transformador cuyos efectos comienzan  a sentirse por todas las calles de la vieja Habana.

¿Y la música? Esto es un tributo en el sentido más genuino del término. Es decir, no como lo entendemos en México en donde la avalancha de bandas tributarias a los grandes clásicos se dedican simplemente a tratar de copiar lo que puede escucharse en los discos. Aquí no. Los artistas cubanos que se paran en el escenario montado en las calles aledañas al Parque Lennon despiden tres cosas: un gran amor por la música, un enorme respeto por ella y un espléndido talento para reinventarla. Traen a las notas musicales en los genes y por ende en sus arterias parece dibujarse un pentagrama por el cual transcurre la música con inusitada creatividad. Hacen un minucioso recorrido por varios éxitos de The Beatles antes de detenerse en la música del Sgt. Pepper´s. Disfruto al máximo nuevas versiones de Don’t Let Me Down, Oh Darling y una While My Guitar Gently Weeps que eleva varios grados el calor que despide La Multitud ahí reunida. Al término de la interpretación no somos pocos los que tenemos que secarnos las lágrimas que han decidido presentarse a hacernos compañía en la emotiva velada.

El Sargento Pimienta hace entonces su aparición. Es acompañado por cuerdas, metales, guitarras y percusiones con la que forma un rockero carnaval. Es el momento del éxtasis. Ese momento en el cual Paul, George, John y Ringo se manifiestan con todo su esplendor en una calle de La Habana. Es cuando las barreras, las fronteras y todos los sistemas políticos y económicos del planeta se desvanecen ante una banda que garantiza algo más que una risa. Es cuando entiendo la atemporalidad de The Beatles y su música, y es también cuando ésta parece adquirir un sentido aún más universal.

El concierto termina con una auténtica explosión musical que probablemente se haya escuchado con la misma fuerza de la del cañón que desde hace cientos todas las noches en punto de las 9, les avisa a los habaneros que el día está por terminar. Solo que este aviso es el de un nuevo comienzo, un principio que se da a partir de la celebración de un disco lanzado hace más de medio siglo pero cuya trascendencia es tal que sigue abanderando a las mejores causas que pueda traer el futuro. La Habana ha bailado al son de The Beatles y los afortunados que ahí estuvimos podemos entender finalmente que todo lo que se necesita es música y amor.

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