Tres obras, tres gratas sorpresas en concierto de la OSY

Rossini, Debois y Meldelsohnn en 5to concierto de la Temporada XXVII de la OSY

En el teatro Peón Contreras, el sitio acostumbrado, este viernes 18 de febrero de 2017, fue la presentación de algunas sorpresas musicales para nuestra ciudad. La Orquesta Sinfónica de Yucatán, seleccionó el quinto repertorio de esta Temporada XXVII con la participación de dos grandes maestros invitados: en la batuta, Lanfranco Marcelletti, brasileño de origen pero internacional por su larga trayectoria profesional, quien ha dirigido un respetable número de orquestas en diversos países, como Bélgica, Reino Unido, Argentina, Rusia y desde luego México, en donde funge como titular en la Sinfónica de Xalapa.

También se contó con el saxofonista Abel Pérez, solista de la velada con un bagaje impresionante tanto por su formación académica de medio siglo, así como por su desempeño como concertista de tal modo que varios de los más relevantes compositores, como Arturo Márquez y Eugenio Toussaint han considerado al maestro Pérez como el intérprete idóneo para sus composiciones y por ello hasta se las han dedicado. La elección de las obras para esta ocasión, parecía tener ninguna conexión. Uno y otro de los compositores en el listado, no eran precisamente de las mismas corrientes musicales, pero todo estaba bien tramado. Como se vería – como se escucharía – después, estaba por apreciarse un bello horizonte.

Mira la grabación del concierto en vivo aquí:

Transmisión en vivo / Viernes 17 de febrero, primera parte.

Posted by Orquesta Sinfónica de Yucatán on Friday, February 17, 2017

El orden quedó definido para presentar la Obertura Semiramis de Gioachino Rossini, como preámbulo del enigmático Concierto para Saxofón del francés Pierre Dubois. Para el cierre de la noche, se escucharía a uno de los genios del Romántico, Félix Mendelssohn, a través de su Sinfonía núm. 3, Opus 56 conocida con el mote de “Escocesa”. No obstante lo escaleno de este triángulo de compositores, fue una de las más atinadas combinaciones que sencillamente se transformó en deleite. Cada una de las obras presentadas tenía su propia estrella y aunque la Obertura Semiramis fue diseñada para ser presagio de una obra de mayor calado – una ópera – por sí misma presentó la ligereza de su lirismo y su jovialidad en cada compás, intercalando variaciones rítmicas que elevaron el resultado de su elocuencia.

Los fraseos cuidadosos, impecables, animaban a seguir de cerca los detalles de su evolución. Valga mencionar que el maestro Marcelletti, antes de empezar, tuvo el buen gesto de aportar algunos datos de cada obra, lo que junto al programa de mano, aumentó el interés – y la expectación – acerca de lo que vendría. Con la Obertura, el primer tercio de la noche dejó una sensación de contento y complacencia, haciendo lucir partitura y orquesta mutuamente como una sola.

La recompensa fue una entrega de ovaciones cálidas, refrendando la espontaneidad de cuanto se había puesto en ella. Con un discreto ajuste de lugares, los músicos nuevamente se dispusieron para recibir al siguiente invitado de la ocasión, el saxofonista Abel Pérez, quien con una sonrisa dio las buenas noches, ante el nutrido saludo de aplausos. Desprovisto de metales y maderas, cobijado al puro regazo de las cuerdas, el Concierto para Saxofón de Dubois, empezó con la interpretación en solitario del maestro Pérez. Fue una suerte de plegaria en voz de un instrumento apasionadamente asociado al Jazz y en estos entornos aproximadamente tropicales, a las cumbias y a otras vertientes latinas.

Terminando el discursillo inicial, la cuerda grave se agregó como un eco a la disertación saxofónica y curiosamente, se invirtió el proceso. La obra fue creciendo con mayor presencia de la cuerda, prosperando en melodía más sincera que ambiciosa, enfatizada siempre por aquel instrumento magistralmente ejecutado por el maestro Pérez. No había semejanza con lo que se conoce de la libertad ilimitada del Jazz. Todo estaba regido por un intercambio sonoro, de hipnótico equilibrio, entre solista y orquesta, bajo aquella marcación precisa pero suave, del maestro Marcelletti.

Los minutos del primer movimiento transcurrieron como un diálogo asombroso, efímero como una exhalación, finalizando con un acorde sorpresivo, nada concluyente, como de costumbre suele esperarse. Es otra muestra de que el siglo XX tenía varias metas, como desprenderse lo académico que dejaron otras épocas. Este lenguaje orquestal, con la inclusión de un instrumento dorado en sentido real y figurado, sí aportó en verdad una nueva alegría que paseó por el escenario, por los pasillos y por cada rincón del teatro, dejando su sensación tremenda agradable, adjetivo pálido, por decirlo con justicia.

El segundo movimiento fue la más alta providencia de la noche. Con su profundidad, cubría como un manto al resto de los instrumentos. Dentro del más exquisito afecto, aquel saxofón hilvanaba una frase tras otra, como tratando de hablar de sus más profundas reflexiones y en balance perfecto, la matizada contestación de las cuerdas, a veces ligeramente más sonoras, crearon un intercambio emocionante.  Dejaron a cada momento, la impresión de disfrutar el resultado de una evolución que le llevó siglos alcanzar este nivel.

La obra cerró con una sucesión de figuras que trabajosamente disimulaban su estirpe bachiana, lo que de ninguna manera sería motivo de reproche sino todo lo opuesto. Tratándose de una evocación, nada radiográfica del Quinto Evangelista, todo estaba en su orden perfecto y mejor aún, era una delicia esa música tan rítmica. La intervención del solista, a pesar de lo técnicamente demandante y todavía más por el aspecto interpretativo, fue un hito que esperemos se tenga memoria por mucho tiempo su visita al Peón. Obtuvo bravos y fuertes aplausos, nuevamente mostrándose ante un público que había disfrutado hasta la sutileza más breve de su interpretación.

Siguiendo los protocolos, tras el intermedio, el concertino Skhirtladze nuevamente salió a asegurarse de la afinación, que aportó el regreso de buena parte de los alientos. Con paso ágil, reapareció el maestro Marcelletti, con su semblante despreocupado, aparentando estar ajeno a lo que debía dirigir. Súbitamente todo cambió. Con ademanes y amplio lenguaje corporal, dio el punto de inicio a la sublime obra de Mendelssohn, la que momentos antes, cuando dirigió aquellas palabras al público, señaló que trece años fueron invertidos para la composición de dicha sinfonía. Contó que Mendelssohn, entonces un joven de 20 años, nutrió su inspiración cuando estuvo en una derruida capilla en Escocia, algo que suele ser normal en los artistas, cualquiera que fuere el arte que los identifica; esa visita fue el primer impulso para aquellos compases, premonitorios de una obra amplia en recursos y de incalculable belleza, curiosamente ajena al nacionalismo y que desde luego, tuvo sinnúmero revitalizaciones por más de una década.

Esta sinfonía,  La Núm. 3, consta de 4 etapas o movimientos, básicamente ininterrumpidos entre los tales, lo que aumenta la sensación de abundancia y densidad de su trazado. Con giros inesperados, va desde un Andante con movimiento/Allegro un poco agitado, luego un Vivace no demasiado, seguido de un Adagio, que es una expresión lenta – por cierto, agraciadísima – y cerrando, dos Allegros estrechamente vinculados, vivísimo el primero y muy majestuoso el segundo. Esta interpretación, fue la obra de un compositor que la había empezado siendo joven y que logró concluir ya maduro. Mendelssohn había crecido como hombre destacado de su tiempo, habiéndose hasta dado la oportunidad, además de su propio trayecto, la importante misión de rescatar y promover el repertorio de Bach, que sin duda impulsó su evolución propia con nuevos conceptos de vida que, efectivamente, pudo proyectar en la postrera etapa de su existencia.

Ante tan generosa obra, los aplausos surgieron espontáneos, con gente de pie, haciendo comentarios sobre la fina selección de la noche que así terminaba. El maestro Marcelletti, con la sencillez de su persona, agradeció la calidez y de buena gana aceptó las flores que le fueron obsequiadas. Con su natural caballerosidad, procedió a ofrecerlas a la maestra Iliana Stefanova, responsable de la sección de segundos violines. Gentil experiencia, con ganas de ser repetida. ¡Bravo!

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2 Comentarios

  • Como siempre, muy atinado el contenido del texto, puesto que pude revivir esos momentos de placer cuando escuché a los excelentes intérpretes. Muchas felicidades!

  • Estas palabras me han narrado una verdadera poesía musical, un grandioso repertorio y un gran espectáculo que estoy segura que pudo haber sido un evento maravilloso para mis ojos.

    No estuve ahí presente pero se describe con claridad como si yo hubiera ovacionando tal acontecimiento en primera fila a majestuosos maestros y artistas.

    Con honestidad, no es una música que yo escucho todos los días, no soy conocedora, ni aficionada; pero al escuchar el video en vivo me envolvió como si la amara por siempre.

    Me encanta la expresión y la tonalidad que se percibe en el escenario al momento de leer esta nota, ya que me hace sentir como si cada instrumento haya transmitido un sentimiento y una pasión a tal refinamiento musical, dando por entendido que me he perdido de un grandioso y fino repertorio.

    Gracias por haberlo escrito como si mis sentidos hubiesen presentado tan magestuosa ocasión.

    Bravo!!

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