“Apegos terrenales”, un relato de Federico Vite

Este terrorífico relato forma parte del libro "Tibias cercanías nocturnas", de Federico Vite, fue publicado en 2025. El volumen fue ganador del Premio Nacional de Literatura Fantástica Universidad de Sonora 2024. Aquí te dejamos una probadita, ¿lo vas a leer o le tienes miedo a la lectura...?

Durante la madrugada golpean con fuerza la puerta de madera. Lilia se despierta exaltada. Se envuelve el brazo iz- quierdo con un trapo rojo. Baja los pies de la cama. Va directo hacia el altar de la santa Muerte. Se hinca. Reza por inercia durante algunos minutos. Mantiene los ojos cerrados. Bajo el faldón oscuro de la túnica de la santa se encuentra la foto de su único hijo: Manuel. Lleva años perdido. Se levanta despa- cio; da media vuelta y avanza hasta la puerta. Quita el seguro. Tiene miedo de que algo, ese tipo de cosas que suelen verse en la madrugada, se haga presente. Echa un vistazo hacia el pasillo largo que conecta el departamento con la alberca del condominio. Ahí suelen oírse susurros a distintas horas de la noche.

Es normal, fue lo que dijeron a Lilia los caseros hace años, cuando se mudó a este sitio, ubicado en el barrio de Las Playas, entre los hoteles viejos cerca de Caleta y de Caletilla. Avanza con cuidado. Un paso tras otro da forma a una zancada pequeña. Lleva una lámpara de mano. Siente punzadas en el codo. Ha hecho varios trabajos, pero ninguno le ha dado tanta lata como este. Llega al patio. Se acerca a la jardinera y usa una pala pequeña para desenterrar algunos de los amarres que ha hecho: son muñecos de trapo enrollados en fotos y apretados con hilos de cáñamo. Usa una pala pequeña, de jardinería, y extrae uno de sus trabajos. Siente la punzada en el codo. Aprieta el puño. Mueve la cabeza de un lado a otro para confirmar que nadie la vigila. Regresa por el pasillo. Gira la perilla de la puerta e ingresa a la cocina. Pone sobre la mesa el envoltorio. Desenrolla las fotos para observar cómo se encuentran los muñecos de trapo. Vuelve a escuchar el golpe en la puerta.

—Ya hice todo lo que pude. De verdad. ¡Déjame en paz!

—responde en voz baja.

Destapa el tarro con miel y embadurna con cuidado al muñeco. Reagrupa las piezas del amarre y las enrolla; después las ata con hilo de cáñamo. Regresa al pasillo oscuro. Avanza muy despacio. Es fresca la madrugada. Sujeta la pala y cava. Entierra el trabajo en la jardinera.

—Niña, que sea tu voluntad —ruega—. ¡Que sea tu voluntad! Hundo en este sitio a una pareja y lo que tú unes no lo separa el hombre.

Aplana la tierra con la cuchara de la pala. Después se inclina y usa las palmas de las manos para borrar las huellas de la operación que acaba de realizar. Se levanta. Emite un par de quejidos y suspira. Vuelve al departamento. Cierra la puerta. Deja la pala recargada en la base de la cama. Lava sus manos bajo el chorro de agua del lavabo. Piensa en su nuera, Dalia. No la deja en paz. Ella es la esposa de Manuel. No ha parado de buscarlo desde hace años. Desapareció en la carretera. Envió un mensaje a Dalia y otro a Lilia. Iba retrasado, pero sin contratiempos. La carretera está sola, escribió. Estaba saliendo de Chilpancingo. Nunca más dio señales de vida.

Encontraron el auto con las portezuelas abiertas a unos metros de la caseta de Paso Texca. Adentro se encontraba el celular, el portafolio y la cartera de Manuel. Reportaron los hechos. Iniciaron la búsqueda por su cuenta, como suele ocurrir en estos casos. Indagaron en morgues, hospitales, en la prisión y en las policías municipales, estatales y federales. No recibieron llamadas telefónicas de ningún secuestrador que exigiera el rescate. Pegaron carteles, hicieron reportes, presentaron la denuncia. Dalia no ha dejado de buscar. Ha ido a los medios de comunicación, a las comisiones de derechos humanos, a organizaciones no gubernamentales. Ha hecho miles de visitas a la procuraduría. Tanto Lilia como Dalia han buscado a Manuel en fosas clandestinas.

Esas experiencias son una realidad aparte, llena de gente desesperada, triste y abatida. Personas que se mueven por inercia y enferman de cáncer. Ese es el mal que Dalia teme que le aqueje en algún momento. Lilia no cree que Manuel viva aún, pero lo busca hasta en sueños. ¿Dar por muerto a su hijo? Por eso trabaja a esta hora de la noche, para aceptar lo inaceptable. Ya no quiere hablar con Dalia del mismo tema. Es más, ya no quiere verla. El dolor en el codo le ataca; esta vez la punzada es más fuerte. Se recuesta en la cama. No tiene sueño. Se hunde en pensamientos cotidianos: buscar avispones para el pedido de una clienta y comprar una gallina negra. Necesita ir al mercado. Imagina el trayecto desde su casa hasta las yerberías; el recorrido mental le produce un vago sopor.

Aunque la imagen de Manuel le viene a la mente, la esquiva recreando cómo era su cuerpo en la juventud; le encanta recordarse así, con la cintura estrecha, las piernas gruesas, la cadera amplia y el pecho grande. Bullanguera ella, de risa fácil, de labia y don de gente. Poseía un cuerpo ideal para atraer hombres. Aprendió a coquetear desde la más tierna edad. Tuvo a Manuel cuando era muy joven y días después del nacimiento vio junto a la cuna del primogénito una gallina negra que lanzaba picotazos. Trató de lastimar al bebé. Lilia sacó al niño del cuarto; no pudo controlar a esa gallina que le pareció más grande de lo usual y más agresiva de lo que hubiera imaginado. El ave la persiguió unos metros. Ella fue hasta los lavaderos de La Fábrica, el barrio bravo en el que creció. Ahí, junto a las piletas, se encontró con una mujer delgada, negra y alta.

—Yo te llamé —dijo.

Lilia la siguió. Se fueron a un poblado llamado La Ceiba, un sitio ubicado a cuarenta kilómetros del puerto. Ahí presentaron a Lilia con Tino. Él era gordo, alto y negro. Usaba una bata blanca. Tenía en la mano una pulsera roja.

—Pónsela —ordenó a Lilia mientras le entregaba ese artículo suave, con un ojo de venado al centro—. Aquí hay mucha bruja.

La mujer, Tino y Lilia rieron.

—¿Para qué soy buena? —preguntó Lilia.

Tino entró a la casa, iluminada con veladoras. También había pabilos por todas partes: en el piso, en la mesa y en las cornisas de las ventanas.

—¿Crees que hay casualidades, Lilia?

—No —respondió ella y apretó al niño contra el pecho—.

No hay casualidades.

Ocuparon las sillas al centro de la sala. A lo lejos se oyeron algunos ronquidos.

La mujer alta y negra atravesó la estancia. Entró a la habitación contigua. Salió con una jarra y dos vasos de plástico en las manos. Dio uno a Lilia; ella tomó el otro.

—Hay una hamaca aquí dentro para tu hijo, ¿quieres recostarlo? —preguntó observándola. Sus ojos eran claros.

—Aquí está bien conmigo —respondió.

—Es que vas a tener que ir a un sitio oscuro, Lilia —agregó en voz baja y extendió las manos para recibir al bebé—. Tienes que ir allá atrás. Ahí está el patrón. ¿Me entiendes?

—No te asustes —agregó Tino—. Él está esperando

—señaló una especie de letrina, ubicada a unos metros de la casa, rodeada por plantas de plátano—. Toma tu tiempo. Lilia entregó al hijo. Se terminó el vaso de agua de un trago. Jaló aire. Caminó entre la vegetación exuberante hasta llegar a una especie de habitación rectangular. Empujó la puerta y dio un par de pasos en la oscuridad. Pudo apreciar el rostro de un enano, de pie, en un corral.

Sus ojos eran blancos.

Sobre la cabeza del enano había una nube de moscas. Era sofocante el calor ahí dentro y el olor de las heces fecales incomodaba a Lilia. Se cubrió la nariz y la boca con la mano.

—Te ves más joven —dijo el enano. La voz poseía la tesitura de un infante; habló como si fuera un amigo íntimo de Lilia—. Hueles bien —agregó—. Como siempre.

—¿Quién eres? —preguntó ella. El enano dio un paso al frente.

—¿Quién eres? —repitió.

Ella sintió un jalón en el hombro. Dio media vuelta. No vio a nadie más.

—¿Todo bien? —preguntó el enano.

—Alguien me agarró por la espalda —dijo. Oyó que una cadena se arrastraba, pero el enano se mantenía quieto—.

¿Tengo algo en la espalda?

—Es una señal, Lilia —dijo el enano.

—¿Qué quieres? —preguntó acercándose un poco más al corral.

La sombra en la estancia era total.

—A tu hijo —respondió—. No ahora, pero lo voy a necesitar cuando esto ya no me sirva —golpeó su pecho—. Tú sabes que no hay opción.

—¿Por qué?

—Lo sabes —cambió la entonación. Dio un ligero énfasis infantil a las palabras, como si quien las pronunciara fuera un extranjero, para ser preciso, un francés, como el exesposo de Lilia. Didier murió en un ejercicio espiritual. Inició una serie de actividades que lo condujeron a la muerte. Salió de su cuerpo, pero ya no pudo regresar. Lilia estuvo presente. Vio que Didier se recostó en la cama, asistido por un par de muchachitos canadienses. Puso en práctica su conocimiento de viajes astrales tras haber ingerido dosis generosas de ayahuasca. Los testigos oyeron una cadena rasgando las paredes de la habitación, pero no había motivo alguno para que eso ocurriera. Se escuchó el sonido inconfundible del metal chirriando sobre el piso. Didier habló en voz baja, con los ojos cerrados.

—Se va a llamar Manuel —dijo a Lilia—. Recuérdalo. Se va a llamar Manuel.

Ya no se levantó de la cama. Lilia intentó despertar a Didier, pero no tuvo fortuna. Llamó a la ambulancia. Por boca de los enfermeros se enteró de que era viuda. Falleció de un ataque cardíaco. Intentó a toda costa comunicarse con la familia de Didier, pero fue imposible. Manuel nació ocho meses después. Faltaría tiempo para que ocurriera lo de la gallina y para que se diera esa conversación que marcó sus vidas.

—¿Qué quieres? —preguntó Lilia frente al enano.

—A tu hijo.

—¿Por qué?

—Será mi materia —dijo—. No te preocupes por él, va estar bien, tú debes saber que va estar conmigo. Disparaître. Votre fils va disparaître —advirtió en voz alta—. Lilia, votre fils va disparaître.

Ella se acercó al corral y percibió que el enano tenía los dientes muy grandes. Daba la impresión de que los molares, frontales y caninos no le permitían cerrar la boca.

Que fais tu, Didier? —preguntó Lilia—. Didier?

Salió llorando. La mujer negra y alta le entregó a Manuel. Lilia le dio un par de sacudidas al bebé. Cuando escuchó el llanto del primogénito supo que todo estaba en orden. Regresó a casa. Tiempo después se mudó a un barrio cercano a playa La Angosta. Consiguió trabajo en una yerbería del mercado. Vio a crecer a su hijo. Lo alentó a estudiar. Manuel conoció a Dalia; se casaron. Fueron pareja durante cinco años; después desapareció. Lilia hizo todo lo que pudo para disfrutar a su hijo. Cuidarlo y apoyarlo era una muestra de amor. En varios momentos, Lilia pensó que esas palabras de Didier fueron parte de una estrategia para asustarla, palabras emitidas con exaltación por las cuerdas vocales de aquel enano: Votre fils va disparaître. Cuando Manuel cumplió veinte años, ella supuso que el enano se había equivocado y que sólo trató de controlarla. No quiso torturarse intuyendo lo que podía pasarle a Manuel. Creyó que su hijo estaba a salvo, pero esa madrugada, en la que Dalia le dio aviso de la desaparición, aceptó la realidad de inmediato. Tuvo pensamientos intensos de tortura, denigración y muerte. Pero aún siente que su hijo está vivo en este mundo. Sobre todo, por las noches. Cambia de posición en la cama. No logra conciliar el sueño. Intuye que Manuel es quien golpea la puerta durante las madrugadas.

El autor Federico Vite (Hidalgo, 1975) reside desde hace muchos años en Acapulco, Guerrero.

Necesita que Dalia acepte la realidad. No tiene duda de que ese es todo el problema. Escucha el trajín habitual de los vecinos; en el departamento de arriba vive un matrimonio joven que tiene relaciones sexuales antes del amanecer. Los escucha sin envidia. Se siente bien estando sola. Apetece una vejez así, sin niños, sin marido ni amigos. Trabaja en casa: ahí recibe a los clientes. Hace trabajos y suele usar algunos lotes baldíos cerca de los acantilados de La Quebrada para realizar los hechizos y algunos rituales. No le interesa el dinero, a ella le atrae el poder que provoca su oficio. Se especializó en trabajos sentimentales: unir parejas y separarlas.

Suena el timbre del teléfono. Teme que Dalia ya esté haciendo la primera llamada del día. Pero no es ella. Contesta y confirma la cita para uno de los clientes de la jornada.

—Una reciente, sí, tiene que ser una prenda o cabello, con eso basta —dice en voz baja, con los labios pegados a la parte inferior del teléfono celular—. Aquí lo espero entonces, a la hora que acordamos, por favor. ¡Sea puntual! —culmina la llamada y deja el móvil sobre la cama.

Teodoro era compañero de Manuel. Trabajaban juntos. Conoce a Dalia. Lilia quiere que Teodoro y Dalia se ayuden mutuamente. Quiere que sean pareja. Pero algo pasa con los trabajos. Las fotos se separan; el hilo de cáñamo se rompe. No se consuma el idilio.

—Ya hice todo lo que pude, hijo —dice—. De verdad, ya hice todo lo que pude.

Vuelve a sobarse el codo. Las punzadas no han disminuido desde hace años. Sabe que alguien también ha hecho trabajos para lastimarla. Ella se cuida, pero a veces baja la guardia. Se frota el codo. Cierra los ojos y jala aire. Exhala con vigor, como si escupiera. Suena el timbre del teléfono. Sabe que es Dalia. Siempre llama a esta hora; la pone al tanto de las actividades que tendrá ese día: conferencias, entrevistas, protestas y algunas asesorías a otras personas que han tenido familiares desaparecidos.

—¡Hola! —dice Lilia con el celular pegado a la oreja—. Buenos días. ¡Ah, caray! Esta sí es una sorpresa. Claro. Aquí te veo.

Termina la charla. Se sienta sobre la orilla del colchón. Se pone un short con estampado floral. Después enfunda su cuerpo en una blusa negra sin mangas. Toma el peine y se acomoda el cabello largo y chino. Escucha los golpes en la puerta. Deja entrar a Dalia. Se besan las mejillas. Se miran.

—Lo encontraron, suegra.

Lilia siente que sus piernas se aflojan.

—¿Todo bien, suegra?

—Sí —responde y avanza hasta el comedor. Jala una silla de madera y se deja caer en el asiento. Pega la espalda al respaldo—. ¿Dónde lo encontraron?

—Un chofer lo encontró vivo —hace una pausa—. Lo van a traer mañana.

Lilia se lleva las manos al rostro. Sonríe. La imagen de Manuel adquiere brillo en su memoria.

—¿Cómo lo encontraron?

—Tenían a Manuel en un lugar y se escapó. Eso es todo lo que me dijo el chofer. Manuel está con la policía. Parece que había más gente con él. Por eso está tardando.

—¿Ya hablaste con él?

Dalia baja la mirada. Aprieta los puños.

—No puede hablar, suegra —hace una pausa. Jala aire y explica—: Le pasó algo en la lengua. Así que no puede hablar.

—¿Entonces cómo sabemos que es él?

—Dio mis datos, suegra. Sólo lo oí respirar y me pasó al camionero. Él me dijo que no podía hablar. No sé qué tan mal esté, pero no puede hablar.

Lilia se aleja del comedor y enfila rumbo a la estufa. Toma una cajetilla de cigarros. Extrae uno y le pone fuego con un encendedor.

—Tenga fe, suegra —dice Dalia.

—¿Te dijeron a qué hora llega?

—No, suegra.

—¿Entonces?

—Pensaba esperarlo acá.

—Pero tú tienes tu casa y él estaba casado contigo, Dalia. Yo tengo trabajo. Te puedo acompañar, si quieres, pero no te puedes quedar aquí hoy. ¿Me entiendes? Yo tengo que trabajar; son citas que agendé desde hace días. De hecho, voy a salir ahora. ¿No tienes nada que hacer?

—Sí, suegra. Pero quiero esperarme. ¿Usted cómo ve?

—Dalia, yo no creo que sea mi hijo.

—O sea que usted piensa que me están engañando.

¿Es así, verdad?

Lilia se agarra el cabello en una coleta. Mantiene el cigarro entre los labios. No quiere sudar en el camión ni mucho menos en el mercado. Ahí la conoce mucha gente. Debe presentarse limpia, bien arreglada y jovial.

—Dalia —regresa al comedor—. Mija, yo creo que debes dejar esto en paz. Si fuera mi hijo, estaría aquí. No te haría esto ni me haría sentirme así como estoy ahorita. ¿Por qué no me han hablado? A ver, dime, ¿por qué?

—No lo sé —responde Dalia y se limpia el sudor de la frente con una toallita que lleva siempre a la mano—. No lo sé.

—Hagamos algo —dice Lilia—. Te vas a tu trabajo; yo hago mis cosas y esperemos. A pie firme, mi amor, a pie firme. Si regresa a casa, me llamas. Hagamos nuestras cosas.

¿Te parece bien?

—Sí, suegra.

—Pues manos a la obra —afirma mientras truena los dedos—. Ándale, mi amor. Me tengo que ir.

Salen del departamento. Dalia aborda un taxi. Parece más jovial con su uniforme de enfermera. Lilia sube a un camión. Hace las compras con calma. Vuelve a casa y atiende con calma su negocio. Prepara el envoltorio que enterrará por la noche; despide al cliente con una serie de recomendaciones básicas: no hablar del asunto y confiar en la magia. Está cansada. Revisa el teléfono celular. No tiene mensajes. Así que deja el móvil sobre el comedor. Se cambia de ropa y se pone una bata negra y corta, de tela vaporosa; también se quita el brasier. Toma las llaves y sale del departamento. Camina hacia la playa. Se queda sentada en la arena. Observa el mar. Eso la tranquiliza. Siempre ha sido así desde que era niña.

Ahí conoció a Didier. Este es el sitio ideal para ella. Es su casa. Escucha los gritos de los infantes que brincan sobre un inflable en forma de plátano. Elevan los brazos. Las lanchas que regresan de la isla de La Roqueta van repletas de turistas. El sol cae a plomo. Lilia demora en quitarse la bata y deja sobre las sandalias las llaves del departamento. Enfila rumbo al mar. Sin miedo, entra al agua. Bracea una y otra vez. Una y otra vez corta la distancia con los brazos. Llega hasta una boya. Desde ahí atisba la orilla de la playa: los tríos cantan boleros, las familias están reunidas en torno a mesas pequeñas; algunos comen, otros beben; los niños corren con palas y cubetas en las manos. No ve a ninguna persona con semblante triste.

—Deja de jugar con Dalia, hijo —dice en voz baja—. Por favor, deja en paz a esa chamaca. Tu cuerpo ahora es la materia de Didier. Déjala en paz.

Se aleja de la boya y se zambulle. Al salir a la superficie, nada de muertito. Cierra los ojos. Demora en esa posición. Regresa a la orilla dando unas cuantas brazadas. Se tira boca arriba en la arena fina. Vuelve a cerrar los ojos. Se siente cansada. Retorna a casa. Se baña. Enciende el ventilador de techo y desnuda se recuesta en la cama. Los golpes en la puerta la despiertan durante la madrugada. Son igual que siempre: fuertes, secos y afectivos. Se pone un short, una playera y toma la pala. Sujeta también el amarre que debe enterrar. Arrastra las sandalias por el pasillo oscuro. Mete la pala y excava. Son movimientos mecánicos, lentos y van acompañados de algunas oraciones. Palabras sueltas e invocaciones que terminan por acercar las sombras que deambulan en torno a ella. Puede verlas; las escucha y les ordena que trabajen. Si no le hacen caso, busca la manera de obligarlas a realizar ciertas tareas, porque están atrapadas aquí, en esta dimensión, padeciendo males humanos por ella. Es hábil en lo suyo. Hunde los amarres a una profundidad considerable. Termina de usar la pala. Aplana la superficie con las palmas de las manos. Hace algunas admoniciones. Culmina la faena escupiendo sobre la zona que acaba de pisar. Ve que en la otra sección del jardín, cubierta por una maleza superficial, se nota la bolsa de un envoltorio. Es el amasijo que tiene la fotografía de Dalia con Teodoro. Lilia remueve la tierra. Entierra el paquete con fuerza.

—Ya suelta, hijo —dice en voz baja—. ¡Suelta!

Escupe y se yergue despacio. Se apoya en la cerca de metal que rodea la jardinera. Un poco cansada, regresa al departamento. Pone la pala bajo el comedor. Se quita las sandalias, el short y la blusa. Se recuesta justo al centro de la cama. Cierra los ojos. Piensa que más tarde debe atender a un cliente con muchos problemas, alguien que necesita un trabajo fuerte, de mucha dedicación.

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