Contrastes y ambivalencias: Enrique Diemecke con la OSY

Muchos esperábamos con impaciencia al último finalista del gran concurso de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, de donde saldrá el próximo director artístico. Nada menos que Enrique Arturo Diemecke, presentando un repertorio con variaciones internas y a veces dispar, según comenta John Vaquero.

Fotos: John Vaquero/OSY

Muchos esperábamos con impaciencia al último finalista, por orden de aparición, del gran concurso de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, de donde saldrá el próximo director artístico de la OSY. Nada menos que Enrique Arturo Diemecke, ganador de todos los premios habidos y por haber, quien condujera durante muchos años la Flint Symphony Orchestra, la Filarmónica de Buenos Aires o el Teatro Colón, joya de la corona musical de todo el continente. El programa del concierto presentado los 17 y 19 de octubre incluía un repertorio exclusivamente del siglo XX, mexicano y ruso, con variaciones internas y a veces dispar.

“Paráfrasis” Orquestal de Aura (México, 1989) es una condensación de la única ópera compuesta por Mario Lavista, a su vez inspirada en la novela corta de Carlos Fuentes, enmarcada por los críticos e historiadores de la literatura en el ‘boom latinoamericano’ (horrible expresión que deberíamos abandonar), y también considerada como representativa del realismo mágico.

En un lenguaje menos especializado, podríamos hablar de atmósfera gótica y thriller entre lo fantasmagórico y lo psicológico, pero sobre todo de una historia de amor que supera los límites de la vida y trasciende el espacio y el tiempo. ¿Cómo transmitir semejantes profundidades del alma humana con música y sólo con música, a diferencia de la ópera, obra inicial de Lavista, cuya teatralidad contribuye a revelar en gran parte situaciones y sentimientos?

Diemecke, en sus distintas intervenciones en los días previos, y también dirigiéndose al público en los dos conciertos, describía el opus como “muy difícil de tocar” e invitaba a abrir la mente y los oídos, dejándose llevar por la sucesión de sensaciones y evocaciones, expresadas y transmitidas por “las sonoridades”, con mil matices entre la penumbra.

Sombría pareció, ciertamente, la primera parte de Paráfrasis, en un Palacio silencioso y concentrado, con sonidos indudablemente modernos, pero mezclados con ecos armónicos más convencionales. Cierta tensión hitchkcokiana participaba de un clímax de tensión y suspenso, en una espera atractiva e inquieta. “En Aura traté de convertir lo agobiante en una burbuja sonora”, declaraba Lavista acerca de su composición; aunque creo que se refería a la ópera, esas palabras se aplican a fortiori en la Paráfrasis.

Estamos evidentemente en un huis-clos, pero no precisamente sartriano y existencial, sino de índole fantástica, onírica y sobrenatural. Las puertas y las cortinas cerradas de la casa de la calle de Donceles se reflejan en la orquestación con una estructura también cerrada, circular y reiterativa, de tal forma que se podría volver a escuchar en bucle, incesantemente… Sin embargo, pasan cosas, no dejan de pasar, y no sólo ruidos de casa antigua; conforme despierta el amor y, en paralelo, se va revelando el terrible secreto de Laura

Oboes, flautas, fagots y sobre todo los clarinetes encarnan las variaciones del alma, en un diálogo áspero y continuo con metales y percusiones, portadores de lo inevitable y de lo invencible, mientras las cuerdas operan la simbiosis, permitiendo la conjunción de los contrarios; se van sucediendo momentos que evocan el amor, el recuerdo y la preponderancia del ayer, el futuro como regreso al pasado en una circularidad del tiempo mexicanísima, y de hecho emparentada tanto con tradiciones prehispánicas como con creaciones más contemporáneas.

Ante esta complejidad en la articulación entre instrumentos y entre variaciones, la orquesta sorteó los obstáculos con solvencia, bajo la conducción magistral de Enrique Diemecke, gran conocedor de la obra y muy familiarizado con ella. El público reaccionó bastante bien, aplaudió, no aclamó. Llegaba el momento estelar del solista invitado David Rivera con el Concierto No 2 para violín y orquesta (Madrid, 1935).

Empezó directamente el violín con una frase corta, meditativa, que retomaría más adelante con violonchelos y contrabajos. La orquesta le acompañaba en un primer desafío de virtuosismo, y luego se abría paso el bello segundo tema, con su melodía sutilmente modulada. Todo este primer movimiento, Allegro moderato, oscila entre las dos vertientes, con cierto protagonismo del fagot y secuencias breves pero sentidas de oboe y flauta. La coda y sus acordes prolongados concluye de forma algo sorprendente, con los pizzicatos del solista, lo que introduce una impresión espasmódica, anunciadora de contrastes y de rupturas que alcanzarían su cenit en el tercer movimiento.

Pero no nos adelantemos, ni dejemos de mencionar el maravilloso Andante assai; aunque empieza con los mismos pizzicatos (pero de todas las cuerdas esta vez), tenemos aquí a un Prokofiev muy decimonónico, melódico, con un violín que ‘canta’ en armonía con la orquesta. El diálogo con la flauta llegaba entonces como un interludio privilegiado, dejando una sensación de paz etérea, suspendida en el aire.

Conforme iba avanzando este segundo movimiento, los acordes se hacían más brillantes y menos convencionales, con destellos de colores, desplazándonos hacia (casi) un Allegretto pastoral. Todo se volvía más complejo, rebuscado, aunque tan refinado como la parte más lenta, y terminó con los cornos, demasiado pronto para algunos de nosotros, ensimismados en lo que yo calificaría de lirismo adornado con matices más modernos, pero íntimos y sin sobresaltos mayores.

Este equilibrio era vulnerable, y así lo iba a corroborar el Allegro ben marcato. Sin miramientos para lo que precedía, el tercer movimiento es un rondeau pronunciado, dinámico, quizás agresivo, y en cualquier caso deliberadamente disonante. Las insólitas castañuelas parecieron entonces surgir de alguna danza del fuego, españolísima e inquietante, recordándonos que la hermandad estética y sentimental entre los dos extremos de Europa no es una leyenda, sino un sentir profundo y antiguo, como si la meseta castellana y la estepa se fundieran en un solar común.

David Rivera y la OSY, unidos maravillosamente por Diemecke, nos arrastraron entonces hacia espacios agitados y hasta rudos, de donde cualquier lirismo quedaba desterrado. La ruptura se evidenciaba al final, provocando la admiración de buena parte del público, de pie y lanzando bravos al solista, al director huésped y a la orquesta.

Después del intermedio, llegaba la hora de otra composición rusa y soviética: la Sinfonía No 9 de Dmitri Shostakovich (San Petersburgo, 1945). Se trata de una de ‘las sinfonías de guerra’, un encargo político del régimen soviético, polémico y de corta duración, sólo 26 minutos, que personalmente interpreto como una burla disidente (interiorizada, no asumida públicamente) contra el triunfalismo estalinista, particularmente en el primero y en el quinto y último de los movimientos.

Lo sugería el propio compositor: “en definitiva, todo lo dice mi música, no se necesitan comentarios históricos ni histéricos.” El Allegro inicial se presentó como algo ingenuo, o infantil, y saltarín, con flautas y cuerdas que irían completadas más adelante por metales deliberadamente rudimentarios en su ejecución. El segundo movimiento, Moderato, iba a ser bien distinto, pues su registro no es crítico ni mordaz, sino de tintes melancólicos, y se iba desarrollando con más tiempo y tranquilidad, generando la imagen de una especie de oasis, de refugio o de receso en un mundo revuelto. Predominaba en la interpretación de la orquesta cierta emoción, con el lucimiento del clarinete primero y de las flautas después, para llegar a unos pizzicatos de cuerdas que bien podrían evocar el dolor y el sufrimiento causados por las guerras.

El tercer movimiento, Presto, introdujo entonces otro cambio audaz, ofreciéndonos una confrontación entre maderas y metales, que se interrumpió inesperadamente para permitir un cuarto movimiento Largo, algo grandilocuente, con un fagot preponderante y exagerado, como si la autoparodia inducida nos susurrase al oído que “esto no va en serio, no se vayan a creer que estoy glorificando con arte oficial a la nomenklatura”.

La orquesta logró, a mi juicio, expresar esta idea con intensidad dramática y algo inquietante, llevándonos rápidamente al quinto y último movimiento, el Allegretto-Allegro final: más agresivo, creando un ‘crescendo festivo’ pero fingido, no sé muy bien si contra las cadenas de la música convencional o del autoritarismo soviético, probablemente ambas a la vez. La continuidad sin pausa entre los tres últimos movimientos acentúa la impresión de irregularidades, contrastes y vaivenes incesantes.

Como una marcha esperpéntica que de triunfal tiene bien poco y raya en lo absurdo, bajo la dirección magistral del maestro Diemecke, las percusiones y el piccolo evocaban más un circo y a sus payasos que un ejército realizando un paseo triunfal después de la victoria.  Asistimos pues a un final que calificaría de sarcasmo musical, hasta burlesco por momentos, en un experimento original que ilustra la complejidad y la potencialidad implícita de la obra de Shostakovich.

La OSY nos ha propuesto un repertorio exigente, tanto para los músicos como para el público, invitándonos a salir de los parámetros más armónicos y homogéneos para acercarnos a composiciones internamente contrastadas. El resultado fue más que positivo, si nos atenemos a la reacción de la asistencia, que aplaudió largamente tanto después de la primera parte como al final del concierto, con muchas personas de pie y con aclamaciones, conscientes del gran privilegio de contar con Enrique Arturo Diemecke dirigiendo a nuestra orquesta.

El próximo fin de semana concluirá el ciclo de ocho conciertos, determinante para el futuro artístico de la OSY; en el segundo programa propuesto por el director huésped Diemecke nos esperan Eugenio Toussaint, Ottorino Respighi y Johannes Brahms.

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