Con trabajos de Eugenio Toussaint, Ottorino Respighi y Johannes Brahms, tocó al Maestro Enrique Diemecke como director huésped cerrar el primer ciclo de la Temporada Septiembre – Diciembre de la OSY. Con un lleno casi total en el auditorio del Palacio de la música este viernes inició el concierto con las palabras que el director dirigió al público para informar, entre bromas y relatos, el contenido de “Calaveras” de Toussaint, autor mexicano, contemporáneo.
Muy a su estilo describió puntualmente el material de la obra dejando en el auditorio un cúmulo de imágenes para guiar paso a paso su percepción durante el desarrollo de la partitura. Más allá de los distractores que con sus bromas y su histrionismo pudieran haber contaminado el seguimiento de la música, la magistral interpretación de Diemecke logró crear el ambiente sugerido por el compositor que tras las 12 campanadas que evocan la hora macabra de la media noche, junto con un trombón, dan paso a un festín musical que entre notas jazzísticas y sonidos sinfónicos reproduce el humor tan mexicano conque se burla a la muerte.
Difícil partitura con pasajes solistas entre los que destaca la ejecución de la marimba sin acompañamiento orquestal, y de pronto el güiro, el pícolo, el piano… La orquesta en su conjunto se escuchó con gran brillo gracias al conocimiento, a la calidad y a la concentración de cada uno de los instrumentistas al mando de unas manos sin batuta, un corazón desbordante y una experiencia a toda prueba. Con esta obra cumbre en la producción sinfónica de Eugenio Toussaint quedó de manifiesto ese talento en donde el silencio y no solo el sonido forma parte de su definición de la música. En su partitura el virtuoso pianista, destacado compositor y profundo artista parece habernos dicho “polvo eres y en música te convertirás”
Como aquellas postales que los viajeros enviaban por correo para compartir sus andanzas viajeras, las “Impresiones Brasileñas” de Ottorino Respighi nos remontan al país del carnaval en un sofocante día de calor, nos invita luego a un riesgoso recorrido entre serpientes ondulantes, fluidas y precisas y finalmente nos lleva al canto y a la danza que presencia y escucha sin reproducir en su composición las típicas notas y el color de la música del Brasil sino que reinterpreta desde su perspectiva musical influida entre otras corrientes, por la música italiana y el impresionismo al modo de Debussy.

En su descripción de esta obra, previa a la interpretación, además de dar testimonio de su conocimiento profundo de la partitura, Enrique Diemecke confió al público un pasaje de su vida personal con el que explicó su característico gesto de tirar con vigor el brazo derecho en un movimiento horizontal como quien abre una ventana al público según lo hacía cuando con sus hermanos y hermana formaban un cuarteto en los ya remotos días de su juventud, dejando que los curiosos transeúntes que se asomaban atraídos por la música, pudieran ver y escuchar su ejecución, relato que obsequió además del tono humorístico las bromas a las que es muy propicio.
Con la Sinfonía No. 4 de Brahms culminó el programa del concierto, en su descripción Diemecke comenzó diciendo que en esa obra había tres protagonistas: Clara Schuman, Robert Schuman y el propio compositor. Para ello tomó un par de frases de la sinfonía diciendo que una repetía el nombre de Clara Schuman y la otra evocaba con claridad el de Schuman, cosa que parece ser la propia concepción del director huésped ya que no está documentado que fuera esa la intención explícita del autor.
El recurso de asociar un texto al discurso musical con la intención de acercar la música a la comprensión del auditorio es muy pertinente cuando se trata de un poema sinfónico o de una obra donde hay un relato específico previo, como en las impresiones Brasileñas en este mismo programa, pero fuera de ese género que es la música descriptiva, subordinar el lenguaje musical al lenguaje de las palabras es empobrecerlo, es confinarlo, es cortar las alas a un gran despegue melódico pensando que el público no es capaz de remontar esos vuelos.
Por otra parte, al referirse a esta cuarta sinfonía el director aspirante a ganar la batuta permanente de la Orquesta, con un tono ligero en el que prevaleció el chascarrillo por encima de la sensibilidad, cuando describió el ambiente que prevalecía en el entorno más íntimo del compositor ligado por fuertes lazos de amistad a la familia Schuman, afirmó que Robert Schuman, quien padecía un trastorno psiquiátrico grave que lo llevó al confinamiento en un hospital y a la propia muerte, “estaba cucu”.
Bueno, cuestión de estilos que algunos aplaudirán y otros no tanto, pero, sobre todo, lo que respalda la trayectoria de Diemecke es ese gran talento musical con el que ha recorrido el mundo cosechando aplausos bien merecidos y reconocimientos ganados a pulso, ovaciones a las que se sumó la del público de esa noche. Final de conmovidos gestos de despedida, el público de pie y el director compartiendo sus flores entre los miembros de la OSY. Con el mismo programa previsto para el domingo 26, se han echado las cartas, pronto sabremos quien queda al frente de nuestra querida orquesta.

