Con la presentación de Enrique Diemecke como director huésped y del violinista David Rivera como solista invitado, tuvo lugar en el auditorio del Palacio de la Música, el séptimo concierto de la Temporada Septiembre – Diciembre 2025 de la OSY. Conformado por obras compuestas apenas a mediados y hacia el final del siglo XX, el programa interpretado el viernes 17 de octubre incluyó la “Paráfrasis Orquestal de Aura” del compositor mexicano Mario Lavista; El “concierto para Violín No.2” de Serguéi Prokófiev y la “Sinfonía No. 9 de Dimitri Shostakóvich, mismo contenido programado para el domingo 19.
Con una soltura inusual, producto de la experiencia que a lo largo de los años ha consolidado, el maestro Diemecke hizo su ingreso en la sala acompañado de los efusivos aplausos del público. Tras el cálido saludo al concertino subió al podio de frente al auditorio y luego de agradecer la ovación, se dio a la tarea de describir a grandes rasgos, con ciertos matices de humor, las dos piezas programadas para la primera parte del concierto.
En cuanto a la composición de Lavista, recomendó simplemente entregarse a la atmósfera de la obra, observación más que pertinente, pues aunque está basada en la novela de Carlos fuentes, la “paráfrasis orquestal” no intenta evocar puntualmente las escenas del relato, sino reproducir el contexto en el que se desarrolla: pasajes oscuros, ambientes tenebrosos, ecos fantasmales, que con precisión logra la orquesta conducida por las elocuentes manos del director, que con la misma suavidad que convoca a los instrumentos, pasa las páginas de la partitura inscritas en forma electrónica en una “Tablet”.
Fiel a la narrativa de la novela, gracias a la destreza de la orquesta y a la profunda capacidad del director, la tensión de la música nunca sede, se sostiene de principio a fin hasta diluirse en los últimos, casi inaudibles sonidos de los timbales. Si la música solo fuera asunto de dominio técnico, cada final sería un punto y aparte, pero si entendemos que la técnica es el soporte de la interpretación, esa forma particular en que cada, músico lee una obra dentro de los límites y los horizontes trazados por la partitura, entonces comprendemos porqué el corazón se agita, porque el cuerpo se tensa, el alma escapa y la emoción se desborda. Así el aplauso no es una concesión sino un reflejo catártico que devuelve el equilibrio en el diálogo que la música genera entre el cuerpo y el espíritu.
De ahí la atinada elección de continuar el concierto con una obra más deleitable donde el viento sople de frente y ligero como en el concierto para violín número dos de Prokófiev que comienza sin preámbulos con una profunda y suave melodía que luego comparte con la orquesta para volver con acordes enérgicos y seguir su tránsito a lo largo del primer movimiento entre pausas del solista, lucimiento de la orquesta y ese apacible tono tan del compositor ruso que sin renunciar a profundos pasajes de tensión, nos rescata y nos eleva por cielos más plácidos.
El joven solista que se entregó con soltura a las frases largas y apacibles no se arredró ante las desafiantes escalas ni los rápidos trémolos, en tanto el director atento a cada nota marcando entradas y salidas, crescendos y decrescendos, le dedicaba constantes miradas como quien cuida a su pupilo. En silencio la orquesta atestiguó el insólito dúo entre el timbal y el violín solista, irrumpiendo después las cuerdas y de nuevo ciertos pequeños motivos nos recordaron que estábamos ante el autor de la “Sinfonía Clásica”.

Entre dúos y diálogos arribamos al tercer movimiento, de pronto, hacia su término el brillante sonido de las castañuelas nos evocó al Madrid de 1935, año en que se estrenó este concierto. Los difíciles acordes finales fueron superados por el solista que con agrado recibió los aplausos del público y el efusivo abrazo del director.
Luego del intermedio Diemecke volvió al proscenio, con el mismo ánimo desenfadado con que inició la jornada musical, se volvió al público para hablar sobre la Sinfonía No. 9 de Shostakovich, de pronto lo distrajo un ruido en las primeras filas de las sala y con gran agilidad bromeó refiriéndose a quien lo hubiera provocado, “es que ya quiere el 17” (haciendo alusión al iPhone); luego alguien estornudó e interrumpiendo la explicación lanzó al aire un “salud”, rompiendo la solemnidad del concierto la noche de gala del viernes en la que los músicos vistieron de corbata de moño y el público, sin llegar a la formalidad extrema, se atavía con cuidadas prendas.
Entre risas sinceras y quizá otras de cortesía, el programa continuó con una ejecución memorable de la obra final que a lo largo de sus cuatro movimientos y sus variados pasajes dio oportunidad a los músicos de adentrarse en una interpretación única de la composición,lo cual permitió al director demostrar su bagaje musical y sus dotes histriónicas, desplegando al unísono talento y actuación, como si fueran cartas puestas sobre la mesa del certamen que ya está en la recta final y del cual emergerá el próximo director artístico de la OSY.

