CAPÍTULO I: MAZATLÁN ERA UNA FIESTA
El Gitano sintió demasiado cerca la lumbre. Casi se arrepiente de encender el cerillo. Antes de inhalar hondo el tabaco, escupió fastidiado hacia las rocas de la playa. Dos motores rugían a su lado, estacionados junto al malecón. Sudaba más que nunca a pesar del fresco del mar. Su corazón latía mucho más arrítmico y veloz de lo acostumbrado. Estaba incómodo, ansioso. Nadie lo notó porque todos sentían lo mismo, pues en unas horas iban a asesinar al gobernador Loaiza.
Rentaron un par de Fords negros del 41. Contrataron también a dos amigos que sabían cómo usar los pedales y las llantas para sacarlos de inmediato del puerto. Estaban en el malecón de Olas Altas, en Mazatlán, entre un incipiente griterío, música de banda y guirnaldas que anunciaban el carnaval de 1944. Iban a ser las ocho de la noche y el manto de plata, débil e ignorado, comenzaba a pintarse desde la arena hasta el infinito del océano Pacífico. Lo ignoraron. Igual a la luna de fondo, que parecía un plátano gigante suspendido en el cielo. Bebían despacio. Hablaban fuerte. No traían a la vista sus pistolas. Algunos se quitaron el sombrero porque el aire se los tumbaba. Parecían aburridos, incluso.
Debían proseguir.
Antes de subir a los autos ya encendidos, guardaron en el maletero dos cajas de madera vieja con el anuncio Cervecería del Pacífico. Fingían estar ahí por el carnaval y las mujeres. Ganas les sobraban, pero no podían. Estamos en el trabajo más importante de nuestras vidas, les había dicho. Sin notar su inusual pulso cardiaco, veía con mucha atención al Hotel Belmar: primero antes que todos en el puerto, de arquitectura neocolonial, inaugurado en 1922; lo observó mientras fumaba y desoía los comentarios de sus hombres. Sabía que su famoso Salón Andaluz, de azulejos pintados a mano y una pequeña fuente en medio, estaba lleno de música y cerveza y gente importante. En él se reunían gobernadores, intelectuales y la pequeña burguesía, quienes asombrados miraban las boas enredadas en las vigas, que llevaron para que se comieran a las ratas.
El Gitano veía de lejos el hotel y pensaba ¿por cuál arco vamos a entrar? Pero en el fondo sólo quería distraerse, pues era lo menos importante, podría entrar por cualquiera porque sólo había una puerta. Le gustó cómo el mar bañaba la fachada, con ola tras ola de brisa constante. Se sacudió la cabeza y supo que no debía preocuparse por nada, al contrario, hay que ocuparse: es hora de avanzar. Les pidió a los conductores que los llevaran a las afueras, cerca de la garita Granados.
No tardaron mucho para divisar a lo lejos el aeropuerto. Los carros se orillaron a la maleza con violencia y descuido. Bajaron todos y el Gitano puso tres relojes sobre la lámina oscura del auto. Varios árboles tapaban la poca luz que llegaba de la luna. El aire fresco del mar empapaba sus rostros y uno de ellos estornudó. Cada reloj tiene su función: uno para los que manejan los carros, uno para nosotros y otro para ustedes, señaló a dos adolescentes flacos y serios, a la una y media cortan ese cablerío, y señaló tres líneas que atravesaban árboles y se perdían a la vista en dirección al puerto. El telégrafo y el teléfono de Mazatlán estarían interrumpidos. Varios hoteles, casas de gobierno, vecinos adinerados y otros lugares no se podrían conectar con el aeropuerto ni con la garita Granados, mucho menos con otro municipio. Después se largan pal Habal. Hubiéramos traído caballos, murmuró uno, y el Gitano sonrió cansado, en cuanto lleguen se encierran o se van pa sus ranchos porque vamos a sacudir el avispero.
Les dejaron las pinzas para cortar los cables y volvieron a subir a los carros. Vámonos ahora sí, directo al centro, ordenó el Gitano, frío y determinante. El aire comenzó a entrar por las ventanas. Detrás de él un griterío de sus hombres, algunos ya alcoholizados, aunque no lo suficiente. Puso el codo sobre la ventanilla y dejó que lo bañara la brisa, mientras fumaba… y pensaba. Mi compadre Loaiza tuvo una vida de gozo, ahora una de las que hizo tiene que pagar. ¿Qué podía hacer él para evitarlo? Nada. Se tenía que limitar a seguir instrucciones. Le quedaban cuatro horas libres antes de llegar al Hotel Belmar, donde estaría su compadre, el gobernador, ebrio y bailarín, con la orquesta y la crema y nata de la ciudad, y no sabía si ponerse a beber o clavarse en sus pensamientos.
Un recuerdo lo llevó a otro hasta llegar a Poncho Tirado. Siempre admiró su inteligencia, su madurez, la intuición acertada en los negocios y la determinación política a ser gobernador. Si tan sólo hubiese esperado unos años más, ahora que Loaiza iba a terminar su administración, podía ser el siguiente. Sin embargo, sabían que a los candidatos los dictaba Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y esas gentes de la capital. Poncho no quiso esperar y le pasó lo que le pasó… siguió pensando, hasta que la pregunta de Heredia, el sujeto que conducía, lo sacó de sus cavilaciones. ¿A qué parte del centro vamos?
Él prefería estar en El Avante, una cantinucha solitaria frente al mar –o lo que quedaba de él: una masa de lodo y grava, por la construcción del nuevo puerto–. Pero no hacía falta preguntarles a sus hombres si preferían ir al Círculo Juárez, donde sí había mujeres, libres y desenvueltas, dispuestas y encima hermosas. Sin embargo, allí estarían también algunos mandos, jefes militares y capitanes del ejército, todos del Octavo Batallón de Infantería, que sabían lo que iba a pasar esa noche y se abstuvieron en acudir al Hotel Belmar.
El tráfico se detuvo en el mercado Pino Suárez. Mazatlán era una fiesta. Montones de personas recorrían las calles hacia la plazuela Machado, vestidas con máscaras y antifaces. En el aire volaba el confeti y diversas humaredas. Había música en varias esquinas y las carretas de tacos estaban llenas, igual donde vendían elotes asados y comida a la plaza, frente a la catedral.

El Gitano se preguntó si había fiesta en la casona del viejo Antonio Pérez, quien controlaba a la Asociación de Charros. Lo recordó porque entre la multitud esperaba ver a Rosario Tirado, sobrina de su amigo Poncho, para felicitarla por ser la nueva reina de la asociación.
Después se rio de sí mismo. Sabía que iba a ser imposible verla, también al Chaca Escobar, el alcalde de Mazatlán, y otros potentados mazatlecos que estaban en la cúpula. ¿Por qué? Lo sabía. Ellos lo sabían.
Necesitaba un trago. Se estacionaron a unas cuadras del mercado. No se les olvide, les dijo a manera de despedida a los choferes, quince minutos antes de que la manecilla del reloj llegue a las dos, les señaló su Elgin chapeado en oro sobre su muñeca, regalado justamente por el coronel Loaiza en su boda, ustedes deben estar afuera del Belmar. Les extendió otro reloj de bolsillo. Nosotros cortaremos la luz a esa hora, finalizó. En Culiacán también ya habrán hecho su trabajo en casa de Loaiza, pensó al recordar todo lo que traía consigo el atentado, incluido un allanamiento.
Caminaron por la calle Constitución hasta llegar al Círculo Juárez, que se alzaba en la esquina de la plazuela Machado. Era un edificio de dos pisos, con un montón de accesos en forma de arcos. En la segunda planta las ventanas eran cuadradas y también innumerables, sólo que todas daban a un balcón de fierro y madera que rodeaba la arquitectura en forma de L, con la fachada más corta sobre la calle Carnaval y la más larga sobre la Constitución.
En los balcones había jóvenes gritando eufóricos mientras levantaban las copas. Sobre los barandales colgaba un montón de guirnaldas del color de la bandera de México. Serpentinas dispersas hacían juego con listones brillosos, amarrados desde los balcones hasta las palmeras de la plaza, por encima de las bancas y las banquetas, donde había niños siendo niños y personas adultas siendo adultas. Dispersos y sin orden pasaban carros llenos de mujeres engalanadas con trajes vistosos y arreglos florales sobre la cabeza, vestidos anchos, collares, lentejuelas… y niños vestidos con el rostro de Hitler y Mussolini y otros actores mundiales.
El Gitano pensó en la falta que le hacía el Torero, Pedro Ibarra y el Marro, caídos en batallas contra el ejército y contra Los del Agro. Pero contaba aún con el Gallito, Felipe Gil y Manuel Echeagaray, quien se le acercó a la mesa, ya dentro del edificio, rodeados de humo y palabrerías. Yo lo hago, Rudi, le dijo, y él, que le daba igual si le decían Gitano, Rodolfo o Rudi, negó con la cabeza. Debo hacerlo yo. Manuel sabía que era más terco que una mula. Ponte la máscara o al menos antifaz, no vaya a ser que te reconozcan en el Belmar. Lo ignoró por completo durante unos segundos, mientras observaba la llegada de Lucila Medrano, reina del carnaval de ese año, rodeada por una docena de personas. Manuel le extendió una máscara y él, de la manera más amable, la tumbó al piso. No, Manuel, yo no tengo miedo de mostrar mi rostro. No estés chingando y vete por más tabacos.

El Gitano salió al balcón rodeándole un montón de preguntas sobre el futuro. Después de matar al gobernador, ¿qué iba a pasar? Vio los cables tensados frente a él y los sintió de oreja a oreja, amarrados en sus sienes. Sin embargo, estaban debajo de una farola. La exageración de adornos le provocaba asco. Pasaron un par de carros alegóricos, fuera de ruta. Era una canoa motorizada. El otro una estructura parecida a la de un edificio pequeño, con el símbolo de laboratorios Bayer.
Le pareció tan rara esa felicidad desbocada por un carnaval. Salieron al balcón, por la ventana de enseguida, un par de mujeres vestidas con una falda apenas por debajo de las rodillas, ambas con tacón alto y cigarros, recién prendidos, y peinados que probablemente tuvieron que pagar por ellos. Vieron al Gitano solitario, no sucio, tampoco limpio; portaba dos camisas, una blanca por debajo y encima una gris, más gruesa y fina, de botones, algunos desabrochados en el pecho. Una de ellas observó su pantalón caqui, un poco desarrugado, y sus zapatos limpios. La otra no supo si sus ojos eran verdes o azules. Su cabello demasiado negro. Su piel quemada, amarillenta, las cejas gruesas y sus muñecas gordas solían provocarle a las mujeres un suspiro de carnaval, noche en que el espíritu se les desbocaba hacia ese tipo de hombres, fuertes y gruesos de mirada triste que beben solitarios en los balcones. Su asombro llegó a la cúspide cuando vieron su reloj de oro brillando con la luz del edificio. No sabían, evidentemente, que se trataba de El Gitano, de quien habían escuchado hablar, como todos en Mazatlán.
Él notó que lo observaban y se acercó a saludar, olvidándose por completo del futuro inmediato que tanto le preocupaba. Pero cuando tuvo a las mujeres de frente, no supo qué decir. Se sintió vulnerable y tonto como un cachorro. Vio a Manuel llegar con cerveza y los tabacos y se reincorporó enojado. No tenía cabeza para hablar con ellas y justo cuando estaba dispuesto sólo a sentarse a esperar que el tiempo pasase, notó una presencia saliendo de los baños: la mujer que hacía unos años mató ahí mismo. Era de madrugada y todos estaban borrachos. Quería probar su puntería y la recargó a una pared, le puso una botella en la cabeza y le disparó en el rostro.
Se sacudió el recuerdo y casi cae de un mareo. A la chingada estar aquí, renegó, y todos fueron tras él con las cervezas en mano. Se dispusieron a cenar tacos y a beber al aire libre, como siempre lo habían hecho, hasta que se acercó la hora de apagar las luces del hotel y hacer el trabajo.
Era la una de la madrugada y la estela de luz sobre el mar había desaparecido, igual la luna de plátano. Tampoco corría aire. Tan sólo el ruido de las olas débiles y la insistente música sinaloense. En el Salón Andaluz había orquesta, banda y mariachi, turnándose para tocar. También estaban los ciudadanos más populares: políticos, empresarios, periodistas, intelectuales. Había mucho turista, sobre todo de Estados Unidos. El patio estaba cubierto por enormes telas brillosas que colgaban del techo hasta el piso, tapando las habitaciones.

No tardaron mucho en ubicar a Rodolfo Tostado Loaiza. El Gitano tenía ganas de despedirse, pero ni siquiera un saludo común podría hacer. Era demasiado pública la noche, por eso se quedó en la barra del bar dialogando con el cantinero y los sujetos de enseguida.
Sus hombres estaban dispersos, dando vueltas en el salón. Primero cortarían las luces y después iba a actuar, pero, mientras más pensaba, más le costaba hacerlo. Lo he hecho miles de veces, él es uno más… y movía los pies con desesperación. ¿Por qué me cuesta tanto si es un pedazo de carne más? ¿De verdad lo era? Loaiza apadrinó su boda y no había pasado ni un sólo día desde que le prestó diez mil pesos para mover un cargamento fuera de Sinaloa. Sí: un día atrás le prestó dinero para enviar una furgoneta llena de maíz. No era cualquier cosa, sobre todo en ese momento que la cosecha estaba escasa, febrero, y no llovía ni una sola gota. Además, era amable y atento con él. Siempre preguntaba por Tamaura, su esposa, y por sus hijos. También por su pueblo, Aguacaliente, si estaba en paz, si la gente tenía trabajo, y estaba moviéndose (según) para que llegase la luz eléctrica. Todo esto y de pronto, cuando todo el sur de Sinaloa se había (más o menos) aplacado de la guerra agraria, viene la instrucción de su muerte. El foco del bar se apagó, sintió un bajón en el estómago, creyó que era la señal, pero luego se encendió. No puedo hacerlo, dijo para sí, aceptando su derrota personal, y salió del bar con el vaso de whisky que recién le habían servido. Su cerebro daba vueltas en su cráneo como los cubos de hielo en su vaso.
Salió del hotel y se detuvo en los portales. Pensó en que debía usar máscara o antifaz, para estar más cómodo frente a las personas, pero era demasiado tarde. Prendió un cigarro. Estaba nervioso. No se había dado cuenta que estuvo media hora en la barra del bar. Se suponía que los cables de comunicación ya habían sido cortados. Pronto se iban a apagar las luces. ¡Rudi!, apareció Manuel de pronto, quien traía puesto un traje negro, de calavera, las líneas blancas le recorrían las piernas. Todos estamos ya ubicados. Vieron a los carros subir al malecón, desde la calle Sixto Osuna. Su corazón aceleró su velocidad, siempre arrítmico, sintió el pulso en el cuello. ¡No puedo hacerlo, Manuel! El pelón fue como un padre para mí. No voy a poder, hazlo tú, cabrón.
Entraron ambos al hotel. Felipe Gil y el resto también estaban disfrazados. Se quedaron en la barra y desde ahí vieron bailar al gobernador: regordete, feliz, fumando un puro cubano, corbata y cadenas costosas. En su mesa había señoras y muchachas. Enseguida otros sujetos engalanados y ahí mero estaban dos guardaespaldas. También se veía el jefe de la judicial del estado, quien podría ser un problema.
Vamos a esperar que las luces se apaguen, pues. Y mientras esperaban, se dieron cuenta que los guardaespaldas se separaron de la mesa. Habían ido a hablar con los de la orquesta. Como había visto que los automóviles estaban listos, El Gitano le dio un codazo a Manuel. Ve ya, cabrón. Voy atrás de ti por si acaso.
Dios bendiga al Pelón.

