El director huésped Enrique Barrios, aspirante a dirigir la Orquesta Sinfónica de Yucatán en una final muy estimulante, nos propuso el 10 y 12 de octubre un programa contrastado, con una introducción de obras mexicanas poco conocidas por el gran público, seguida por la solista Shari Mason interpretando a Tchaikovsky en una cumbre del virtuosismo romántico, y una segunda parte con otros dos opus del repertorio consagrado.
La primera sorpresa de la noche fue contar con la presencia y las palabras de la compositora Patricia Moya, en la charla previa al concierto; nos habló de su abuelo, Efraín Perez-Cámara, nacido en Mérida y autor de la primera pieza del concierto: Ensueño Maya “Crépúsculo en Uxmal”, representativa de su especial sensibilidad hacia la cultura maya. El fragmento de cinco minutos con el que la OSY abría el concierto -y que yo escuchaba por primera vez- es parte de un ballet que el compositor yucateco compuso en 1940 y del que Jesús C. Romero nos proporciona cierta información en la Enciclopedia Yucatanense, considerándolo de “impulsos nacionalistas por varios de sus pasajes pentafónicos”.
Habría que escuchar la obra en su conjunto para valorar esta apreciación; personalmente noté cierto grado de “exotización” en la evocación musical, que me recuerda en algunos aspectos la fascinación e idealización orientalista que tanto marcó a los artistas europeos unas décadas antes. El maestro Enrique Barrios mencionó en rueda de prensa y durante el concierto que la OSY nunca había interpretado este ‘Ensueño’ y que probablemente no había sido presentado en Mérida desde hace por lo menos medio siglo. El público del Palacio de la Música reaccionó favorablemente, con bastantes aplausos, aunque sin entusiasmo. 
A continuación, tuvimos el estreno en nuestra ciudad de Paseo abstracto, luminoso y sonoro, de Patricia Moya, quien subió al escenario al finalizar la interpretación y recibió una ovación por parte del Respetable. Sólo había sido presentada antes en Venezuela y en Oaxaca (2018). Se trata de una suerte de recorrido por una muestra de pintura de una artista franco-venezolana amiga de la compositora (el título de la obra es de hecho el de la exposición a la que se refiere); me sorprendió un poco la asociación del arpa y la marimba, símbolos respectivos de Venezuela y México, según la maestra Moya, quién dice haber querido reflejar en su música las “pinturas abstractas y luminosas” de la artista plástica.
Llegaba el punto álgido de la noche con Piotr Ilich Tchaikovsky y su emblemático Concierto No. 1 para violín y orquesta (Viena, 1881): “magnífico, lleno de vida, de colores y que atrapa”, según palabras de la solista invitada, Shari Mason. El Allegro moderato es melódico pero complejo, empieza con los violines de la orquesta pero muy pronto se apropia la solista los dos temas, haciendo gala de su destreza; la orquesta retoma el primero, moderato, antes de que la coda final concluya en beauté, con el violín potente y triunfal de Shari Mason.
Emocionados, muchos espectadores aplaudieron al expirar este primer movimiento, lo que personalmente lamento pues considero que altera la fluidez de la obra; prefiero que se respete la norma que, desde inicios del siglo XX, recomienda no aplaudir antes del final. Dicho lo anterior, tampoco soy un fanático de la indignación en ese aspecto, no es tan grave, y de hecho ocurre con bastante frecuencia en distintos lugares del mundo, particularmente con el grandioso final de este primer movimiento, con la sexta sinfonía del mismo compositor, o en algunas obras de Sibelius… ¡y según me contaron recientemente, hasta con la Novena de Beethoven, en una ciudad de Europa que prefiero no mencionar!
La Canzonetta: Andante y Allegro es una melodía maravillosa: a la nostalgia del violín le responde la flauta con el eco de clarinetes; los madera-viento y algunas transiciones de orquesta acompañan a la solista para que finalmente se llegue al tercer movimiento sin pausa (y por consiguiente sin aplausos, esta vez), pues se toca en atacca, con una deliciosa continuidad puesta al servicio del lucimiento de la violinista, perfectamente escoltada por las cuerdas de la OSY. Pero no nos precipitemos: todavía estamos en el inicio del tercer movimiento, Allegro vivacissimo, un poco zíngaro primero, tal vez, y en cualquier caso vivaz y saltarín, con cierta sensación de repetición. Un aroma popular envuelve el nuevo frenesí, enlazando con el Allegro moderato inicial pero más rápido, con todavía más garbo y brillantez. Shari Mason fue justamente aclamada, con muchos vítores y buena parte del público en pie.
Después del intermedio, el poema sinfónico de Richard Strauss sobre Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel (Colonia, 1895), para corno y orquesta, es una obra atípica en el repertorio del compositor muniqués; hoy podríamos calificar esta obra de ‘performance’, en la medida en que enarbola el despliegue virtuoso, no de un solista, sino de toda la orquesta, en particular de trompas y trompetas que se van sucediendo, separadamente y sin unísono. La forma elegida es el rondeau, tan utilizado por los llamados clásicos al final de sus sonatas, sinfonías y conciertos, y también por los románticos, aunque con más libertad. Siempre es un desafío, una exigencia para la orquesta, que aquí nos cuenta una historia ejemplarizante, la de un travieso incorregible, gracias a un estribillo a él dedicado y una sucesión de “estrofas”, por llamar de alguna manera los episodios detallando sus trastadas.
Fue un éxito total desde su estreno, pues el público entendía perfectamente el desarrollo de este cuento musical, ya que hasta se divulgó una guía que empezaba con “Érase una vez” y acompañaba las desventuras del impertinente, prestándole exclamaciones correspondientes al desenfreno de los instrumentos. El tono es irónico (violín solo o clarinete) y hasta burlesco (efecto de fanfarria orquestal) y extravagante, con una impresionante combinación de madera-viento, cuerdas y metales. Un fortissimo anuncia el trágico, o más bien truculento desenlace, y sonidos lúgubres preceden la evocación de una cabeza rodando por las escaleras… pero cuidado, todo es una broma: la coda es risueña y nos sugiere que la alegría supera a la muerte: Till es en definitiva un excéntrico insoportable, pero simpático.
El concierto concluyó con Igor Stravinsky y la Suite de “El Pájaro de fuego” (París, 1919), composición orquestal extraída de su ballet completo (París, 1910). También se trata de un ‘Érase una vez’, de un cuento ruso en el que el joven y apuesto príncipe persigue a un pájaro maravilloso, cubierto de oro y envuelto en llamas. No logra atraparlo pero consigue una de sus plumas y ya en tierras del maligno Kaschei, se enamora de una de sus cautivas. El Pájaro de fuego pondrá fin al encantamiento que las mantenía a merced del tirano, para que finalmente todos y todas alcancen la libertad y la felicidad, con las manzanas de oro del jardín real.
La Suite incluye cinco partes que sintetizan los acontecimientos: en la ‘Introducción’, las cuerdas y muy pronto los trombones y los oboes nos llevan al jardín encantado con la bella aparición del Pájaro de fuego, encarnado especialmente por un solo de obeo; la convulsión de los instrumentos ilustra a continuación el intento de captura, pero la aparición de las Princesas abre una fase muy compleja, con sobresaltos, hasta que la ‘Ronda’ introduce una suave melodía, interrumpida por el amanecer y la fuerte acústica que acompaña el sometimiento del caballero. 
El regreso del Pájaro de fuego crea una sucesión de figuraciones instrumentales que retoman frases anteriores, culminando en la ‘Danza infernal de todos los súbditos de Kaschei’. Una corta transición deja paso, entonces, a la ‘Berceuse’ (nana o canción de cuna): el fagot expresa aquí el lirismo de la nueva situación, con una melodía serena y reiterativa. En el ‘Final’, el despertar y la muerte casi inmediata del siniestro Kaschei refleja entre fortissimos convulsivos el fin del maleficio y el triunfo de la vida, primero con el corno y después con toda la orquesta, solemne y victorioso.
Muy justamente, en medio de los muchos aplausos, el maestro Enrique Barrios distinguió particularmente el papel importante desempeñado por los cornos, las flautas, los oboes, clarinetes, fagotes; los metales en general. Y por supuesto las cuerdas, prominentes en varias secciones, como por ejemplo los violonchelos en las melodías melancólicas principales. Con este concierto se cierra la participación de Enrique Barrios en esta temporada. Esperamos ahora al maestro Enrique Diemecke, director de orquesta, violinista y compositor mexicano…

