Los 3 y 5 de octubre descubrimos al tercer finalista del concurso destinado a decidir cuál de los cuatro grandes maestros seleccionados dirigirá la Orquesta Sinfónica de Yucatán en los próximos años. El maestro Enrique Barrios no es precisamente un desconocido, sino un brillante director con una gran trayectoria internacional. Por las coincidencias del calendario, se publicó en la prensa esta misma semana que Enrique Barrios ha sido nombrado director de la Orquesta Sinfónica de San Luis de Potosí, pero ese nombramiento no parece poner en tela de juicio su postulación en Mérida.
Al contrario, mi impresión, al observarle y escucharle, tanto en la rueda de prensa del martes anterior a los conciertos como en la charla previa en el Palacio de la Música, es la de un hombre feliz, casi exultante, al encontrarse en Yucatán, tierra de donde es originario por su línea paterna. De hecho, también se expresó en varias oportunidades durante el concierto, introduciendo y presentando algunas de las obras, manifestando así una voluntad de comunicar con el público, más allá de lo que se hace habitualmente.
El programa del concierto fue mexicanísimo en su primera parte, lo que no nos sorprende al conocer la importancia y el valor que el maestro Barrios atribuye a la música y a los compositores de México. Empezamos con el ya muy famoso Metro Chabacano de Javier Álvarez -fallecido en Mérida hace dos años, cuando ejercía las funciones de rector de la Universidad de Artes de Yucatán, UNAY-, “una obra aparentemente sencilla pero, en realidad, difícil de tocar”, en palabras del director huésped.
Escuchamos, naturalmente, la versión sinfónica de 2012, estrenada por quien fuera el director de la OSY durante muchos años, Juan Carlos Lomónaco, en el Palacio de Bellas Artes de México. Por supuesto, la composición orquestal se aleja en varios aspectos formales de la obra original, aquella ‘Canción de tierra y esperanza’ de 1987, así como de las versiones posteriores, como la que obtuvo un gran éxito en 1991 con el Cuarteto (de cuerdas) Latinoamericano y que acompañó durante seis meses la muy recordada instalación de arte cinético del artista Marcos Límenes en la estación de metro que daría a la obra su nombre definitivo.

Sin embargo, el opus en su forma e interpretación actual y definitiva conserva lo esencia de la creación primigenia: su dinámica de ritmo insistente, sin artilugios ni adornos excesivos, que combina con el moto perpetuo de aquellos maniquíes dando vueltas interminablemente por una escalera mecánica suspendida, ante la mirada entre sorprendida y embelesada de los millones de usuarios de la línea ocho del metro capitalino.
La repetición de las notas y su periodicidad vienen a mi juicio contradichas por pasajes y ritmos más huidizos, que alteran felizmente la aparente rutina del deambular cotidiano por la gran ciudad. Enrique Barrios tomó la palabra al final de la interpretación para evocar la memoria de Javier Álvarez, y saludó la presencia entre la asistencia de la Señora Viuda del compositor, Daniela di Desiderio.
La segunda pieza nacional del concierto, Sensemayá, también fue estrenada en el Palacio de Bellas Artes, pero en 1938; de Revueltas dice el maestro Barrios que se trata de “un verdadero genio, “el compositor más importante de América”. Esta obra significó el primer reconocimiento internacional para Silvestre Revueltas, quién se inspiró en el poema homónimo de Nicolás Guillén. Los estudiosos señalan la composición escrita en un compás de amalgama 2+2+3, que responde al ritmo “Mayombe, bombe, mayombé” del poeta cubano.
Es impresionante escuchar la historia de este poema en su versión sinfónica: cómo los instrumentos de la OSY descubren el movimiento de la culebra, o reproducen los hachazos y zapatazos en el intento de matarla, y cómo crece la tensión hasta el inevitable desenlace. Al principio, el clarinete en semitono, inquietante, parece evocar a la culebra enredándose en el palo, mientras las percusiones, suavemente, martillean Sen-Se-Ma-Ya, y el fagot refleja la discreta aproximación de los cazadores.

Según entiendo, a éstos los representa la sección de cuerdas y luego todos los metales, como gritándose unos a otros “¡que no se escape, que no se escape!”, mientras sigue el conjuro de violines… El corno irrumpe anunciado el fatal encuentro, alternando con clarinetes, y junto con cuerdas y metales, crea un Tohu bohú de hombres ensañados con el reptil, con toda la orquesta expresando al unísono: “Sensemayá, se murió… ¡Sensemayá!”.
Nos indica el maestro, para introducir el tercer opus mexicano del programa, Danzón No. 8 (México, 2004) que Arturo Márquez no era un especialista de este género musical, y que lo descubrió en el Salón de los Ángeles, lugar del que nos dijo que “el que no lo conoce no conoce México.” Añadió que el inmenso éxito del ahora celebérrimo Danzón 2 “había opacado” los otros, como por ejemplo el Danzón 8. En lo que parece ser su estreno en Mérida, el Danzón 8 es un “homenaje a Maurice” (Ravel y su Bolero), aunque bastante diferente de la obra del ‘relojero suizo’, pues está en 3/4, mientras el Bolero está en 4/4; tampoco se trata de una danza de inspiración española, sino más bien con influencias afrocaribeñas.
Es de subrayar la extrema variedad de instrumentos -piccolo, flautas, oboes, corno, fagotes, contrafagot, trompas, trompetas, trombones, tuba, timbales, percusiones, cuerdas-, lo que abre paso a una sofisticación rítmica, varios contrastes y variaciones, así como algunos solos que agradaron mucho al público.
Como lo recordó Enrique Barrios, después del intermedio, Johannes Brahms tardó más de veinte años en componer su Sinfonía No 1 (Karlsruhe, 1876), y una clave posible de su comprensión sería la turbación de sus sentimientos hacia Clara, esposa y luego viuda de su gran amigo Robert Schumann; también se mencionó la profunda filiación de Brahms con Beethoven (se escuchan reminiscencias de la Quinta y de la Oda a la Alegría), hasta tal punto que a la obra interpretada en el concierto se le llamó “la décima sinfonía” del genio de Bonn.

La lectura común que se hace de la primera sinfonía de Brahms es la del destino que cae sobre él como un rayo, con aquel enamoramiento tan inoportuno; el conflicto entre su amor por Clara y su amistad con Robert; luego llega la paz, la liberación de su alma, y hasta la bucólica alegría; y finalmente la superación definitiva de las pasiones y el recordatorio de Beethoven.
Sea como fuere, el opus en sí puede considerarse una obra de madurez, pues llega después de que Brahms ya compusiera varias obras importantes (un concierto, dos serenatas y sus famosas Variaciones sobre Haydn). Las referencias a Beethoven son efectivamente transparentes, lo que no impide ciertos rasgos originales, como la ausencia del Scherzo (importantísimo en Beethoven), sustituido por un movimiento medianamente lento.
Los 45 minutos de flautas, oboes, clarinetes, fagotes, trompas, trompetas, trombones, timbales y cuerdas empiezan con Un poco sostenuto. Allegro, y una introducción de aspecto “culminante”, entrando en materia de inmediato. El ritmo de timbales primero y las frases del oboe y del violonchelo al final del sostenuto vienen seguidos por un allegro con algún contraste, que produce una sensación de angustia o agitación; se alternan los vientos y las cuerdas y la coda retoma parcialmente la introducción.
El segundo movimiento, Andante sostenuto, es maravillosamente romántico, de lejos lo mejor de la sinfonía, según mi criterio, evidentemente subjetivo. Sobrio en su inicio, púdico y contenido, su melodía es primero de violines, luego oboe y a continuación clarinete. La repetición pone de relieve la virtuosidad del Primer Concertino, solista que conduce la melodía. El equilibrio, la serenidad se mantienen hasta el final del movimiento, sin aspavientos.

En el tercer movimiento es donde debería llegar el Scherzo, pero no, en su lugar tenemos Un poco allegretto e grazioso, el momento de la sinfonía preferido por muchos amantes de Brahms, al ser más animado y seductor que el anterior, como si los sentimientos volvieran a su cauce en un deleite casi pastoral del hombre en armonía con la naturaleza, con el mundo, después de las tempestades ocasionadas por los impulsos amorosos y la conciencia intranquila. Lo cierto es que aquí disfrutamos de la melodía de Brahms en estado puro, sosegada y elegante.
El cuarto y último movimiento, Adagio. Più andante. Allegro non troppo ma con brio. Più allegro, es el más largo, y según comentan los músicos que lo suelen interpretar, el más complejo. Empieza lentamente, y crece progresivamente entre cuerdas y vientos en el Più andante. Irrumpe la trompa, la repite la flauta, acompañada por las cuerdas, y luego el impresionante coral de metales, antes de que regrese la trompa.
Y todavía falta lo esencial, como un eco de la Oda a la Alegría, cuando acercándose el final se deshacen los nudos de los conflictos que embargaban al Artista. La melodía de violines, respondida varias veces, es bellísima y no quisiéramos que termine nunca. Quizás se pueda apreciar a continuación un momento de penumbra o leve decaimiento, felizmente barrido por una coda corta pero majestuosa, efervescente.
El Palacio de la Música (con muchos asientos vacíos el viernes y casi lleno el domingo) reaccionó con muchos aplausos y algunos vítores tanto después del repertorio mexicano como al final del concierto. Desde ahora esperamos con impaciencia el segundo programa del maestro Enrique Barrios, los 10 y 12 de octubre con el Ensueño Maya de Efraín Pérez, Patricia Moya, Tchaikovsky, Strauss y El pájaro de fuego de Stravinsky; estará acompañado por la solista Shari Mason, violinista principal de la Orquesta Sinfónica Nacional de México.

