José Areán brinda una gran noche con la OSY

Según la crónica de John Vaquero, el concierto del viernes fue LA GRAN NOCHE -así con mayúsculas-, del maestro José Areán, quien desafió a tres Gigantes del Repertorio y cumplió una gran labor, muy bien acompañado por el violín solista de Adrián Justus y por la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

Un ambiente especial reinaba el viernes 12 de septiembre en el Palacio de la Música, en los momentos previos al segundo concierto de la temporada sinfónica, enmarcado en el ‘Final Four’ que va a determinar quién será el próximo director artístico de la Orquesta Sinfónica de Yucatán. De hecho, pocas veces he visto llenarse así el espacio, en el subsuelo del Palacio, para la charla previa: el público yucateco es sobrio, contenido, casi recatado por momentos, pero también sabe, sutilmente, expresar sus sentimientos y su empatía… eso hizo acudiendo masivamente a atender las palabras del Maestro, a modo de expresión de gratitud y consideración, antes de la función con la que cierra su participación al ciclo de septiembre-octubre de 2025.

Quiénes somos particularmente sensibles al patrimonio “clásico”, consagrado, de la música académica, o cómo se le quiera llamar, también estábamos expectantes ante la grandeza del programa propuesto. La Obertura del Holandés Errante ilustra a la perfección ‘el carácter heroico de Richard Wagner, con fuerza en los metales’ (en palabras de José Areán). Sobre esta ópera, Wagner, consciente de la ruptura que significaba para con sus composiciones anteriores, declaró, con su habitual provocación retórica: “Aquí empieza mi carrera como poeta, y mi adiós al papel de mero cocinero de textos de ópera’”.

Esta introducción de 12 minutos, a modo de resumen o síntesis anunciadora de la leyenda, la compuso Wagner al final, después de terminar los tres actos del drama musical. Surgen los Leitmotivs que tanto inspiraron desde entonces, y hasta el día de hoy, a compositores y hasta en obras cinematográficas: ¿qué otra cosa hace John Williams en la saga de Star Wars, al asociar motivos musicales específicos con personajes como Darth Vader o la Princesa Leia?

Algo equivalente es exactamente lo que oímos en la obertura de Wagner, al introducir temas reiterativos, a lo largo de la ópera, vinculados al personaje protagonista, que según mi criterio es el mar, «con tempestad y tormenta en mares lejanos»; al Holandés espectral y atormentado; y a Senta, mujer acogedora y heroína romántica por excelencia. Un romanticismo enfocado a las cuestiones wagnerianas esenciales de maldición y redención, muy alejadas de lisos sentimentalismos. Es difícil imaginar y entender el fracaso que experimentó El Holandés Errante en su presentación en 1843, en Dresde. En cambio, el público meridano sí recibió la obertura con efusivos aplausos.

Del Concierto para violín de Felix Mendelssohn (Leipzig, 1845) nos dice el propio maestro Areán que ‘es absolutamente maravilloso, romántico pero con cierto clasicismo’. Se trata de uno de los de mayor prestigio en el repertorio universal, junto con los de Bruch, Tchaikovski, Bach, Mozart, Beethoven o Brahms. Tuvimos el inmenso privilegio de contar con la interpretación de Adrián Justus, de gran trayectoria internacional y consagrado como uno de los mejores violines del mundo, quien recibió una extraordinaria y merecida ovación.

No deja de sorprender el inicio, con la entrada rápida e inmediata del solista, sin preámbulos ni introducción orquestal, desde las primeras notas del movimiento Allegro molto appassionato. Le sigue una parte casi idéntica, pero donde se asocian la orquesta y el solista, en una ‘forma sonata’ que bien podría ser un homenaje o una reverencia a los grandes compositores clásicos.

Pero la parte álgida de la obra, para mí, es indudablemente el Andante, onírico y melancólico, segundo movimiento introducido sin pausa (otra originalidad de la composición), con la maravillosa y etérea transición del fagot. Se dice que a Mendelssohn no le gustaban los aplausos entre movimientos, algo que sin embargo y desgraciadamente para él era usual en su época; me resisto a creer que aquel fuera el único motivo de tan bello enlace, y también del que une este segundo movimiento con el exuberante tercero y último, el Allegro molto vivace, efectuado con un corto pasaje del violín solista y las cuerdas.

Volviendo al Andante, me parece que funciona aquí, y es el gran desafío para los intérpretes, como un diálogo incesante y vigoroso entre el solista y la orquesta, pues alternativamente se suceden o se acompañan en una serie de variaciones en torno a una melodía principal.
La orquesta no es mera asistente del virtuoso solista, sino que es parte esencial de la expresión musical, co-protagonista en una especie de matrimonio sereno y feliz. Estas innovaciones, más allá de consideraciones técnicas, contribuyen a darle al concierto una unidad, una continuidad y una armonía que lo elevan, según muchos músicos y críticos, al rango de « obra perfecta ».

El concierto iba a ser más largo que de costumbre, pues sólo ahora llegábamos al intermedio: faltaba la Sinfonía No.2 de Jean Sibelius (Helsinki, 1902) que « combina luz y oscuridad, hasta culminar en un gran optimismo » (sigo citando a José Areán). Son 45 minutos de hazaña musical, que Sibelius definía como « una confesión del alma ». Este poema sinfónico fue y sigue siendo entendido esencialmente como un himno a Finlandia, en un contexto de lucha por la independencia del país.

No hay motivo para dudar de ello, pero sigo convencido de que las grandes composiciones resisten al paso de las décadas y de los siglos por su valor atemporal y su belleza congénita, más que por las circunstancias de su elaboración. Sibelius no era un hombre de su época, y lo demuestra aquí con la creación de una sinfonía clásica, decimonónica, en cuanto a su estructura en cuatro movimientos. Sorprende y me produce admiración la sucesión fuertemente contrastada de ambientes opuestos, pero sin que se rompa la consistencia general de la obra.

El Allegretto inicial fija escénicamente el conflicto y la contienda; el Andante tiene ecos de extremo dramatismo, siendo quizás evocador de la desgracia y las tinieblas, en una doble interpretación posible (histórica y espiritual); el Scherzo infunde inquietud y hasta angustia, ascendiendo a frenesí y de esa manera haciéndose anunciador del fantasmagórico e irresistible cuarto movimiento, que concentra de forma casi excesiva, en cualquier caso febril, una especie de esperanza invencible, aquel famoso clímax que enfervorizó al público finlandés en el estreno y en las numerosas presentaciones que obtuvieron un éxito popular considerable.

Por otra parte, no hace falta haber sido un rebelde de Suomi contra el imperio ruso para terminar estremecido, más allá de épocas y latitudes, por la fuerza torrencial del exaltado cierre. Resulta extraño, en comparación con tanta potencia creadora, el silencio, el mutismo de las últimas décadas de este gran compositor, quien vivió alejado del mundanal ruido y, aparentemente, sin inspiración para nuevos emprendimientos.
Un enigma todavía sin resolver.

Este concierto fue LA GRAN NOCHE -así con mayúsculas-, del maestro José Areán, quien desafió a tres Gigantes del Repertorio y cumplió una gran labor, muy bien acompañado por los músicos, exhaustos pero felices, de nuestra querida Orquesta Sinfónica de Yucatán.

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