“¿A qué buscar excusas? No hay familia, ni patria, ni copa, ni morada, ni compañero”. Al Mutanabbi
Una lluvia de puñetazos cubrió su rostro. La sangre lo bañaba, escurría por su rostro, pero se mantenía de pie aullando: ¡“No me doy por vencido, men!, ¡no me doy por vencido, golpéame!”, rugía, con los dientes enrojecidos.
Los golpes no cesaban, caían sobre su rostro tumefacto. Un inusualmente fornido filipino recibía una paliza aquella noche en el Downtown de Kodiak, a manos de un gigantón rubicundo, de barbas de vikingo y manos como mazos cuyo rostro no mostraba ni un ápice de misericordia o de benevolencia: era como un hacha abriéndose paso entre la piel, la sangre, los músculos y los huesos despedazados. Sin falsos sentimientos de culpa o de compasión, totalmente inútiles en el frío glacial de Alaska.
Se trataba de una escena cotidiana, de una más, de las diarias peleas a puñetazos o a cuchilladas escenificadas por pescadores borrachos, entre gritos y la indiferencia del mundo, de los dioses y de quien haya parido el universo.
El fornido vikingo de rubios cabellos y manos de piedra agrietadas por la sal y la mar helada del mar de Bering casi mataba al filipino a golpes; solo su rostro enrojecido delataba el alcohol y su extraviada mente asesina.
Los dientes rojos del insolente filipino comenzaban a aflojarse con el caer de los puños como marros que aquel bruto descargaba sobre su rostro. La insolencia del filipino -soñar con ser aspirante a miembro de la tripulación del barco más cotizado en dólares en las Aleutianas- tenía que ser lavada con sangre. Sólo con sangre se puede trepar un aprendiz a un bote de pesca con un capitán de barco experimentado y que garantiza ganancia en dólares; sin bautizo de sangre no hay aceptación a bordo, y sin sangre palpitando en las venas no se sobrevive, bueno, ni siquiera se vive…

Los golpes no parecían apaciguar el odio, ni el viril desafío del filipino aminoraba la furia, ni la paliza. Por el contrario. Las puñadas, los puñetazos, le deformaban el rostro, amoratado también por el frío del polo que soplaba inclemente en la noche interminable del hemisferio norte.
Vistos a cierta distancia eran dos caricaturas del báratro humano llamado por Balzac la Divina Comedia. Humana comedia. Triste, brutal, comedia. Su aspecto cruento, sangriento era amplificado por la luz color orín del corredor que conectaba The Meca –el bar preferido por los marineros con un puñado de dinero- con un par de hoteles, departamentos y otros bares envueltos en la penumbra en los que se embriagaban trabajadores de las empacadoras de pescado y pescadores sin suerte. Eso sí, nunca faltaba en esos lugares una voz sensual y una mujer de curvas más sinuosas que las olas del Estrecho de Shelikof. Especie de sirena encallada en un promontorio de mala muerte, entre espectros al servicio de esa interminable cadena de producción que era Kodiak y Alaska…al servicio de Mister Dólar. In God we trust… men.
“Esta es la mejor manera de quitarse el frío alojado en el alma”, murmuró un viejo pescador tuerto que me ofrecía su botella de whiskey irlandés, colado en realidad en algún alambique de pedregosa y oscura en las que resoplaban ballenas y orcas a la caza de focas.
-Pero ese– dijo mirando hacia al rubicundo pescador que apaleaba al filipino -ya tiene el alma congelada, más petrificada que el granito negro de esta maldita isla-.
The Meca, el bar preferido por los pescadores que regresaban vivos y con dinero de la mar, rugía envuelto por el humo y el chasquido de las bolas de billar.
Ambos mirábamos la pelea frente al Meca y bebíamos whiskey para calentarnos las gargantas. Un par de tragos para darme valor, pensaba, mientras el viejo tuerto se tambaleaba contra un muro.

Hombres entraban y salían del Meca. Contorsionándose. Camino de la próxima botella. Cada vez que se abrían las puertas del bar, se escuchaban las risotadas de los borrachos, entremezcladas con los gritos de las camareras tetonas que les servían cerveza mexicana con limón… -another Corona, bitch-…
Envueltos en las brumas del bar escuchamos los términos de la travesía con el capitán Steve, un irlandés, ex militante del IRA, chaparro y más duro y curtido que la quilla oxidada de su barco: –Una semana de prueba, y para él—dijo señalándome con severidad –sueldo sin porcentaje de lo capturado–.
La oferta no sonaba mal, jamás había pensado que podría convertirme en miembro de una tripulación tan pronto y las expectativas de ganar dinero, crecieron en mi imaginación, hasta hacerme creer que ya navegaba viento en popa en el reino del dólar. El maravilloso mundo del billete verde, bilimbiques del tío Sam, ya rebosaban en mis bolsillos… al son del dinero baila el perro.
Aunque claro, todavía no nos hacíamos a la mar y nadie, en el Estrecho de Bering, puede estar seguro de retornar a puerto vivo o con carga en las bodegas del barco. Al contrario, la mar siempre es un albur, sobre todo en algunos mares como el de las Aleutianas, y la vida por definición, es un volado. Más para un ilegal, y mexicano, en los mares de Alaska.
Pero estar a bordo de un pesquero en Kodiak, a los pocos meses de haber arribado procedente de México, a través de los campos de fresas y hortalizas de California y de manzanas de Oregón, era una fortuna inesperada. O al menos, eso creía… y eso esperaba, feliz de estar lejos de la Patria, tan gris y sangrienta, un lugar donde ya no se puede vivir.
Continuará…
