El hombre escuchaba atento. También tomaba notas de todo lo dicho por Harry Morgan. Era el que invitaba los tragos. Cervezas Hatuey para cada uno, incluido el mexicano. Richard Gordon, se llamaba, y era escritor. Ahí estaba, como si nada, cuando la noche anterior se había peleado horriblemente con su mujer.
—No, no soy una zorra. He tratado de ser una buena mujer, pero eres tan egoísta y tan presuntuoso como un gallo de corral. No te odio, simplemente me disgustas y hemos acabado —dijo ella.
—Baja la voz. No te pongas tan melodramática…
Cada uno de los clientes del Sloppy Joe´s atestiguaba el pleito. Freddy sonreía. Harry Morgan también.
—Estoy harta de ti y del amor y de lo que tú entiendes por amor. Nada te pertenece. Nada es tuyo. Todo lo que sabes lo has aprendido de libros. Todo lo que eres capaz de amar lo has aprendido de libros. ¡Escritor! Si por lo menos fueras bueno, lo soportaría. No lo eres. Además, te he visto amargado por esto. Por tu fracaso, que te empeñas en prolongar pero que llegará, sin duda. Te llegará. Eres una gran decepción, para mí y para ti mismo…
Él se había acostado con Helene Bradley, la mujer rica del pueblo, y ella, en venganza, había tenido un affaire sin importancia con John MacWalsey, un apagado profesor de matemáticas que bebía fuerte y usaba una bicicleta. El affaire había crecido, desde encontrarse de manera clandestina en un cuartucho cercano al hotel La Concha, hasta hablar de manera seria y a futuro de su relación. El profesor de matemáticas se había enamorado de ella.

—Se quiere casar conmigo…
—¿Ya no me quieres?
—Alguna vez te quise, sí, pero ya no…
Richard Gordon le pegó una bofetada. No fue un golpe demasiado fuerte, apenas una muestra de lo que los celos y el desprecio pueden hacer en un hombre, suficiente para que ella se echara a llorar.
—¡Pito chico! —le gritó, sobándose la mejilla.
Richard Gordon pareció querer darle otro golpe, pero se contuvo. Era el final, lo supo de inmediato. Por un momento pensó en pedirle perdón y abrazarla, llorar juntos. No lo hizo. Se mantuvo indolente y orgulloso, como un boxeador que acabara de derribar a su contrario. Aquella bofetada valía por su corazón adolorido y la humillación a su hombría. Ella también supo que ahí ya no había nada que hacer. Pagó su propio trago, tomó su bolsa de mano y se marchó, entre sollozos y maldiciones. Gordon no hizo nada por detenerla. La dejó ir como quien tira una bolsa de basura. Pidió un ron con cocacola y se quedó en la barra, pensativo.
Eso fue anoche. Ahora tomaba notas. Lo hacía desde sus tiempos en el Idaho Star. Quería escribir una novela sobre Cayo Hueso, la pobreza y la riqueza que encontraba en aquel sitio. Los que tienen y los que no tienen. Harry Morgan sería un buen protagonista. Lo intuía con el olfato del periodista que busca por todos los medios convertirse en escritor. He ahí una buena historia, se decía. Morgan era perfecto. Ya tenía delineada una trama que incluía su participación forzada en el robo de un banco. El Savings and Trust National Bank, en la orilla poniente, cercano al muelle Tumbo. No se la había contado a nadie, ni a su propia mujer. Menos ahora, que la muy zorra lo abandonaba por un profesorcillo. Allá ella y sus hormonas. No pasaría mucho tiempo antes de que otra mujer se le colgara del brazo. Lo sabía por experiencia, las mujeres morían por los escritores. Descubrían a uno y se le abalanzaban como moscas a la fruta. No estaba preocupado, en realidad. Viéndolo bien, se había deshecho de una mujer que ya no le importaba.
Su mujer se había quedado varada como un barco desahuciado, sin comprender nada de sus logros o de sus intenciones. Aún resonaban sus palabras: “Si fueras un buen escritor, es posible que te aguantara todo. Pero te he visto amargado, envidioso, cambiando de opiniones políticas por seguir la moda, adorando a la gente por delante y hablando mal por detrás. ¡Qué asco!”. Había sido el preludio de la discusión en el bar. Ella fue cruel. “No eres bueno en la cama”, le había dicho. “Tú tampoco eres una estrella”, fue la respuesta. Luego, aquello de “pito chico”, como lo llamó frente a todos. A Richard Gordon le importó más el descalabro que aquella frase podría haber hecho en su reputación de macho entre los hombres del pueblo, que los dimes y diretes que había traído consigo el proceder de su esposa con el profesor MacWalsey. Que se acostara con quien fuera, ya no era de su incumbencia.
Pero no había hecho bien en llamarlo así. Tampoco en no haber entendido nada de sus preocupaciones como hombre y como escritor. Hubo un tiempo en que fue diferente. Una época en que los dos juraron amarse para siempre. Definieron su relación como “la locura de un amor que termina bien”. Sonreían y se abrazaban y eran felices. Ahora ella había tomado una valija grande y se había ido de casa. Él por su parte buscó a Helene Bradley. Quería refugiarse en sus brazos y en su risa de mujer que lo tiene todo, hasta un yate hermoso y un aliento alcohólico que le hubiera gustado tener cerca. Le telefoneó toda la noche y no la encontró. Se enteró al día siguiente que la habían visto tomando unos tragos con Henry Carpenter, un atractivo chico de Harvard, recién arribado a Cayo Hueso a bordo del New Exuma II. Era un chico raro, que hablaba sin cesar del suicidio de su padre. El tipo se había lanzado desde el piso cuarenta y dos de un edificio neoyorkino. “Estoy seguro que al precipitarse al vacío escuchó el mismo zumbido de plumas de una águila cuando cae en picada”, decía su hijo, ya con unas copas encima. Lo peor de todo no había sido su muerte sino las deudas que había dejado.

De la noche a la mañana, Henry Carpenter había pasado de ser asquerosamente rico a vivir con una pensión mediana. A Richard Gordon le había interesado precisamente por eso. Obsesionado por su novela, el chico le parecía un claro ejemplo del tener y no tener. Ya había conversado con él, y aunque bien a bien no sabía cómo podría meterlo en su escrito, estaba seguro que era otro de esos personajes interesantes, dignos de ser garrapateados en unas hojas o en todo un libro, como Harry Morgan. Richard Gordon era así. Iba en busca de personajes, más que de personas. Su primera novela era una evidente prueba. Enamoró a una enfermera que había sido voluntaria en la guerra para tener información de primera mano sobre los estragos que en el cuerpo causaban las bombas o las balas. Él mismo se disfrazó de camillero, para sacar testimonios directos de los heridos, cuando en realidad había sido enviado al frente de batalla como corresponsal de un pequeño periódico de la costa oeste. Era un hombre de recursos, eso sí. Nunca estuvo en ninguna batalla, pero escribía como si lo hubiera estado. Eso se contaba de él, por lo menos.
En Cayo Hueso circulaban versiones distintas acerca de su valía como escritor y como persona. Había quien le parecía un buen tipo y quien lo detestaba o le daba la vuelta. Era vanidoso y bravucón. Tenía fama de socialista o, como algunos decían, de abrigar ideas ajenas al modo de vida norteamericano. Algunos intuían que su amistad no era tal sino un simple pretexto para sacar información para la revolución que preparaba o para la novela que escribía. Harry Morgan descartó lo primero, una vez que lo escuchó hablar de lo mucho que disfrutaba el buen vino y la compañía de mujeres ricas. En cuanto a lo segundo, la posibilidad de ser un personaje de cualquier libro no le desagradaba. Lo único cierto es que Richard Gordon no era el tipo de gente con quien le gustara pasar una tarde conversando. Supo ver desde el principio sus intenciones literarias, no de amistad. Y, si bien primero lo evitó, terminó por aceptar su compañía. No lo hizo por buen samaritano. La conversación conllevaba un pago, consistente en cervezas y unos dólares.
Al propio Richard Gordon no le importó. Sabía que Morgan era la novela. Un tipo difícil, incluso altanero y grosero, pero le atraía por su carácter tan romántico, estereotípico y paradójico. Podría ser el héroe de cualquier aventura, duro, implacable, osado, temerario, intenso, bueno para herir lo mismo con las palabras que con una pistola, dispuesto a dejar cualquier escrúpulo de lado, envidiable por su personalidad de una pieza, un hombre que al propio Gordon le hubiera gustado ser de haber tenido las agallas, excelente para la pesca, viril de una manera natural, conocedor como pocos de los cayos y de la costa cubana, poseedor de dos o tres ideas sobre la condición humana, pero de alguna forma frustrado, malogrado. La suerte no estaba de su lado. Era tan pobre como una bolsa de papas vacía. De hecho lo admiraba, también lo despreciaba.

En esto último el sentimiento era mutuo. Sólo que Morgan lo desdeñaba de manera evidente. Gordon le parecía un ostentoso de primera, un chico de la ciudad metido a aventurero de nariz respingada, más que por convicción, por convenir así a la fabricación de una reputación de macho y, por extensión, a la fachada de hombre de letras de la que presumía. Había llegado unos dos años atrás, se había comprado una linda casa pintada de blanco, una lancha con motor fuera de borda, regaló ejemplares de su primera novela al por mayor, se dedicó a explorar los contornos y desde entonces se creía el mejor navegante, el mejor pescador. Hablaba de la corriente del Golfo como si se tratara de su recámara o de una poesía aprendida de memoria. Hablaba de Cuba como si entendiera mejor que nadie sus problemas. Hablaba también como si se tratara del mejor escritor del mundo y uno tuviera que hacerle alguna forma de reverencia.
Joaquín Ríos lo conoció la noche en que su mujer le gritó “¡Pito chico!”. Fue en el Sloppy’s Joe, donde Harry Morgan lo había llevado como recompensa por dos semanas de pesada labor. Comida y bebida por trabajo, le ofreció, y el muchacho estuvo de acuerdo. Lo había contratado para limpiar el casco de su embarcación. Nunca había hecho eso antes, tampoco le pareció demasiado complicado. Tras algún tiempo en el agua, el casco estaba lleno de moluscos adheridos a la madera. El muchacho recibió un cepillo de herrero y un visor que había conocido mejores épocas. Se zambulló al mar y comenzó a cepillar. Un trabajo duro. Tenía que tragar aire y sumergirse una y otra vez para arrancar aquella costra de algas, conchas y caracoles que parecían, más que pegados, atornillados al fondo del barco. Se le fatigaron pronto ambos brazos. Las horas pasaron pesadas y aburridas y la faena parecía no terminar. Tuvo, asimismo, que dominar su miedo. Temía el ataque de algún tiburón. Recordaba Anopopei. Sus recuerdos, tan claros como aquellas aguas. Al tiempo que cepillaba, volteaba a todos lados, en busca de la angustiante presencia de algún escualo. A veces sentía un escalofrío, del miedo. Terminó como a eso de las cuatro de la tarde. Tenía la piel de las manos por completo humedecida, como una nuez mojada. Esperó la llegada de Morgan, que había ido a tratar un negocio con unos cubanos.
—Usted no sabe lo mal que están las cosas en Cuba —escuchó decir a uno de aquellos hombres. Llegaron justo en el momento que Morgan se disponía a saltar al agua para ayudarle al muchacho en la limpieza.
—Sí. Hay una tiranía verdaderamente criminal que llega hasta la última aldea del país.
—Antes nos gobernaban los clubs y ahora las metralletas.

Morgan se había marchado con ellos a conversar a otra parte. Joaquín Ríos esperó y esperó y terminó por dormirse a la sombra de un cobertizo que servía de depósito de herramientas. Despertó en medio de una noche linda por estrellada. Morgan no llegó. Caminó un rato por entre los muelles y después por las calles de Cayo Hueso. Terminó por refugiarse en su carro. A la mañana siguiente, por completo sudado, sin bañarse, acudió en busca de su nuevo patrón, el hombre sin una mano y parte del antebrazo. Lo encontró preparándose para partir.
—Sube, muchacho.
Llevaba a dos hombres de pesca.
Enfilaron con rumbo a mar abierto. Pasaron a corta distancia del faro de Sand Key, recto, delgado y pardo. Morgan manejaba el timón mientras los dos hombres tomaban cervezas de una hielera y conversaban sobre temas que oscilaban entre las subidas y bajadas de la bolsa neoyorkina y las virtudes amatorias de las putas que hallaron en el único burdel del pueblo. La dueña del prostíbulo era una matrona de nombre Alice Reed, gorda y pelirroja como una manzana, y estaba construido casi como una barraca, con toscos tablones de pino olorosos a keroseno. La habían pasado bien, a juzgar por sus risas. Prometían regresar por la noche, y escogían de antemano quién les gustaría para metérsela o para que les mamara la verga. Así hablaban, grandilocuentes en un machismo que pugnaba por evidenciarse en cualquiera de sus acciones. Presumían de beber más que cualquiera. Y de tener mucho dinero. Los dos pertenecían a la fraternidad Huesos y Calaveras, una de las más influyentes en Estados Unidos. Lo alardeaban, más que para iniciar un diálogo, para que los demás conocieran la estirpe de la que provenían. Vestían con ropas sport, elegantes y caras. Aún así, regatearon cuando se percataron de que Morgan era manco.
—No es buen augurio —dijo uno de ellos.
—No creo que sirvas de mucho así —dijo el otro.
En otra época Morgan les hubiera saltado encima. Se hubieran necesitado cuatro hombres para sujetarlo y evitar que les diera una buena tunda a patadas, puñetazos y cabezazos. Ya no. No, por lo menos, en tierra firme. Ni siquiera rechazó su petición de contratarlo con un descuento para ir a pescar. Lo pensó, por supuesto. Fue una muy cercana posibilidad que acarició al escuchar cómo se dirigían a él. ¡Vaya que le dolía escuchar esas palabras! Se contuvo. Las cosas iban tan mal desde que perdió el brazo que a un lado del muelle debía dejar de lado lujos como la dignidad y el orgullo, para llevar algo de comer a su esposa y sus tres hijas. Él lo sabía y lo aceptaba. Podría pasarse las horas bebiendo whiskies, o lamentándose de su suerte, o pidiendo limosna en las calles, o pidiendo un préstamo que jamás le darían al banco. “Todo podría irse a la porra”, pensaba. Prefería callar, dar la cara y hacer su trabajo de la mejor manera posible.
—Perdí un brazo, no las agallas —respondió.

