El libro fue publicado por la Editorial MilMadres (Zaragoza, España, 2025).
El poemario “Mitologías”, de Rafael Robles de Benito está plagado, más que de imágenes nacidas de la imaginación, del corazón mismo de la emoción, sin menoscabo de lo estrictamente literario. Son imágenes sentidas, nada ampulosas, que han brotado de la voz de un hablante lírico, o varios, sin limitaciones y sin pudor alguno de mostrarse tal cuales son todos ellos.
Las imágenes eróticas de algunos poemas recorren las circunstancias íntimas, más que con la voz que exhibe las alegorías amorosas, con el alma del amor profundamente sentido más allá de los sentidos, más allá de lo que otros varios poetas han expresado con grandilocuencia:

“La noche, / la de anoche, / se sigue paseando por mi piel, / entre mis dedos, / diente por diente, / tras mi cabello, / despacio, / como un ocaso malva.”
Estas imágenes las ha creado el autor con delicadeza inusitada, con las palabras más sutiles y encantadoras. Son sumamente embriagadoras, nacidas del más hondo enloquecimiento amoroso.
Para muchos será inevitable que los poemas eróticos del autor les remitan los Sonetos Votivos de Tomás Segovia. Este último creó sus sonetos al recorrer a la mujer con la vista, el olfato, el tacto, el oído y el gusto; pero el creador de este poemario lo ha hecho más allá de los sentidos; se ha atrevido a hacerlo con el alma y el corazón, que es más que lo físico, lo que ha impulsado una especie de metafísica del erotismo:
“…si hurgase entre tus muslos y resbalase oscuro / detrás de tus orejas… / llenaría tu cuerpo de caminos de plata, / de filigranas indias, / de mapas de galaxias; / mi amor te adornaría de humedades perennes / y luego dormiría, / cansado, / entre tus manos.”
A la par de los poemas eróticos, amorosos, el poemario incluye otros textos confeccionados con imágenes emotivas, provocados por las profundas sensaciones que ocasiona el ambiente que rodea al autor: sus hablantes líricos sucumben ante la admiración por los escenarios que los absorben, la contemplación cautivadora por los animales y también la atrayente hipnosis por los días y sus horas: “Por las rayas / del cuaderno del mar, / el viento empuja inspirado, / presuroso, / breves líneas de garzas que se siguen / sílaba a sílaba…”

Nadie tendrá dudas ante tamaña emoción expresada por el autor cuando enfrenta su medio circundante, esencialmente el natural, y todos sus habitantes. Sus emociones expresadas a través de imágenes gentiles y auténticas frente a la portentosa naturaleza le han permitido dejarse llevar hasta por la tierra que pisa y el agua en que se sumerge, los seres vivos que mira y admira y el ambiente todo que lo envuelve en un instante de eterno encantamiento:
“La paz del día por delante, / la paz inquieta de las olas, / la paz, en fin, contemplativa, / la paz del olvido / y del ombligo, / de los trinos, / arrullos y aleteos, / de los verdes sin fin / y de las nubes.”
Si bien la metáfora es un recurso literario que nace de la comparación entre dos asuntos, por muy disímbolos que éstos sean, el autor la utiliza para expresar, además de referencias propias de la naturaleza y sus elementos, las vibrantes emociones causadas por la admiración diversa y profunda. Enaltece todo aquello que rodea al ser humano, y que muchas veces éste no se percata del todo. Así que el autor conduce al lector a una dimensión de valoración más sentida que apreciada:
“Sólo miro hacia arriba / y todo se queda quieto / y entiendo que la paz, / la paz completa y plena, está sólo detrás…”

Están también aquellos poemas que plantean la concepción de las ideas de un modo único, exclusivo, con atisbos de visiones filosóficas, aunque igualmente lúdicas. A nadie se le habría ocurrido ver las ideas del ser humano en una comparación sui géneris, donde el autor propone una clasificación de pensamientos basados en las ciencias biológicas, de las cuales el mismo es un respetable representante. Y con base en ello, sugiere ideas-caballo o ideas-oruga o, incluso, ideas-pelícano, alegorías propias de la lógica, sin duda:
“Orugas / que devoran lentas, / insaciables, / el borde del follaje / de los libros más gordos / y duermen después en crisálidas / prietas y calladas / para brotar al fin / en vuelos hermosos de palabras.”
Estas imágenes parece que derivan de una filosofía del pensamiento, aunque en una dimensión ecléctica, lo que le permitió idear las ideas de otro modo, pensar los pensamientos de otra manera, alejándose en cada imagen de la Lógica tradicional y acercándose a formas más inasibles, pero no menos certeras. En cada tipología de las ideas promueve la emoción, sin embargo, por el pensamiento. Y esta simbiosis del pensamiento con la emoción les otorga a sus poemas una ideologidad única, como si fuera una metaideología o emoideología:
“Y hay ideas, en fin, / que nadie ha visto, / ocultas en las selvas que persisten, naciendo larvas, / mudando, / haciendo pupas y creciendo / poco a poco, / brotando en fugaces vuelos fértiles / y esperando la red, / el alfiler, / el frasco de cianuro, / el saber de nosotros / y el museo.”
Finalmente, están en este libro los poemas que conllevan a los recuerdos y a los anhelos, desde imágenes que retratan de modo único a familiares que han pasado a mejor vida, como dirían algunos, hasta aquellos otros que son recién llegados a ésta, incluidas las nanas y las amistades íntimas. Las imágenes de los versos van tejiendo el árbol genealógico y lo van apoyando con contrafuertes emotivos muy sólidos en la visión que el autor tiene sobre la vida y la muerte:
“Hoy ya no descansa más. / No le hace falta. / Muerta, / salta desde la cebolla que se fríe, / revolotea entre el polvo al tender las camas, / zumba entre las alas de los chupamirtos, / regaña a las gallinas, / susurra sentencias misteriosas / que quitan el sueño a los misioneros, / y vive a mi lado siempre, tirando de las comisuras de mis labios / para hacerme sonreír.”

Y precisamente sobre este asunto último, el autor expresa en uno de sus poemas su deseo profundo por vivir sus exequias de modo estrictamente personal, con su visión particular de la muerte y la vida, en ese orden. Las imágenes de los versos en este poema culminante removerán seguramente las emociones de varios por la muerte, de modo que cualquiera podría desear este modo de morir para renacer de un modo natural, en una dimensión que rebasa toda religiosidad:
“En un funeral perfecto, / arrojen mis despojos en la selva, / que sean pasto del zopilote rey / y de otros carroñeros, / que alimenten hongos y bacterias, / que los penetren escarabajos y gusanos / y que crezcan después ceibas enormes, / caobas como sangre, / cedros de aromas formidables, / y lianas / y hormigas / y jaguares.”
No cabe duda que los poemas del autor, configurados por las imágenes creadas, resultan vibrantes en emoción, en ideología y en visión muy personales, únicos, los cuales dejarán un buen estremecimiento en los lectores. Y al disfrutar de los poemas de Rafael Robles, las personas podrán sentir de otro modo todo lo tratado: la intimidad, la extimidad, la ideologidad y la familiaridad de la vida misma.
*El presente texto fue leído durante la presentación del libro el 25 de septiembre de 2025 en Índigo Taller, Mérida, Yucatán, México.


