“No hay fotos de aquella noche”, un cuento de Gabriel Rodríguez Liceaga

En su más reciente libro de relatos, el narrador Gabriel Rodríguez Liceaga nos presenta una inmejorable sátira a la sociedad de nuestro tiempo. Una colección de historias raras, desconcertantes y hasta insolentes que exploran lo extraordinario de lo cotidiano, publicada por Trillas. ¡No dejes de leerlo...!

Federico regresó de jugar futbol con sus amigos de la juventud en ese preciso instante en el que los focos de luz eléctrica pasan lista de asistencia. Aun así, oscuro era el camino que lo llevaba hasta su edificio y él era incapaz de meditar en las generaciones y generaciones de humanos que jamás presenciaron algo así. En cambio, sentía el sudor endurecerse en su cuerpo, también el dolor en los muslos propio de la inactividad traicionada. Ya no está en edad de correr tras un balón. Además fue una pésima idea presentarse en las canchas al lado de la explanada de la delegación con jaqueca de crudo. Ansiaba un regaderazo que alivianará el aleteo que, en un rincón ambiguo de su cráneo, le sobrevenía necio. Su desempeño en el juego dejó mucho que desear. Los pases le salieron sin proporción y los dos chutouts a su cargo prácticamente los falló por culpa de sendos bostezos invisibles. Se dedicó a marcarse sólo. Como un cobarde, se colocaba detrás de los contrincantes evitando así responsabilizarse por el destino a corto plazo del balón.

“Panzones necios”, pensó apenas concluyó un apabullante siete a uno en contra de otra escuadra de cuarentones ligeramente mejor conservados. Ojalá fuera como cuando eras niño y declarabas el balón como tuyo cesando la diversión para el resto de chamacos. Aunque ahora que lo piensa, nunca tuvo en su poder un balón que llevarse lejos, era más un niño de trenecitos atrapados en su ciclo de vías de plástico. Como cada tardenoche, se deshizo de las tres chapas que lo separaban de su esposa y entró gritando su habitual chiste sin gracia:

-Mi amor, ¿estás desnuda? Porque vengo acompañado.

No venía acompañado. En cambio, había un hombre sentado en su sillón.

Eso no le sorprendió tanto como el hecho de que el sofá estaba colocado en otro lado del departamento. Pasaba lo mismo con varios de los muebles que aún no acababa de pagar pero ya tenían manchas y desperfectos. Las cosas estaban recargadas a un muro distinto de como las dejó hace un par de horas. Fue como entrar a una habitación que sólo existe en un sueño. Ah, pero sin duda ese era su departamento, porque la presencia del truco que hace con la chapa para abrir la puerta aún latía en la punta de su dedo pulgar. Inmediatamente pensó en su hijo Julián y se colocó la llave entre dos nudillos a manera de improvisada arma blanca. Por suerte apareció su mujer. Por lo demás, completamente vestida con la habitual informalidad de las ocho de la noche. Pants fluorescentes con estampados de tigre galáctico y una chamarra atiborrada de magnolias compitiendo por un cachito de tela. Ella traía en la mano un vaso con agua medio lleno y medio vacío, que se derramaba.

-Federico –lo saludó su mujer, efusivamente-. ¡Te estamos esperando!

El escritor Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980) también es autor de la novela “La sombra de los planetas” (Random House).

Por la mente de él pasaron muchas explicaciones. Todas se disiparon cuando vio a su mujer agitar la mano salpicando el agua de entre sus dedos. Aquel acto cotidiano le hizo pensar que el visitante no representaba al buró de crédito ni a la policía ni a los vecinos de abajo, famosos por su negocio de renta y venta de perros entrenados para matar a otros perros. Aterrizó de nuevo a la situación: estaba en su casa, con resaca, sudado, enfrente de un desconocido y con los muebles movidos de sitio. Cuadrados de polvo en el suelo le daban a su sala un aspecto de obra teatral allende no interpretada.

-Te presento al señor… ¿me recuerda su nombre, por favor?

Y el desconocido pronunció un apellido de diptongo ambiguo a la par que se puso de pie para estrechar la mano de nuestro mediocampista sin gloria. Fue como si no existiera en el mundo otra cosa que aquel apretón de manos. El hombre era evidentemente lúgubre. Las ojeras debajo de sus ojos eran como los círculos que dibuja un niño en una página cuando el bolígrafo se quedó sin tinta. Federico era mucho más alto y corpulento que él pero aun así el hombre parecía una sombra que aprovecha el sendero para alargarse descomunalmente.

-El señor tiene una oferta que hacernos, mi amor.

-¿Dónde está Julián? –preguntó Federico, un poco alarmado.

-Jugando. Te decía que el señor tiene una oferta que hacernos.

-No son horas para jugar en la calle.

-Le pedí que saliera porque precisamente la oferta que nos viene a hacer amablemente el señor, lo involucra. Ya ves que está en la edad en que los chamacos ni son tiernos ni son ya tan salvajes.

-Con su permiso –dijo Federico al aire y se quitó los tacos sin ningún tipo de elegancia-, ya no soporto los pies.

El olor de sus patas, aunado al olor a calcetín con cierto disfraz de talco se apoderó de la habitación. En ambos pies asomaban uno o dos dedos por un agujero. Dichas presencias color carne y rematadas por una uña enterrada competían por volverse el centro del mundo en ese departamento de ciudad. Sin embargo, el apretón de manos y la sensación de la llave presionada en el pulgar de Federico seguían presentes. Necesitaba una cerveza con Clamato y un plato de salchichas nadando en salsitas. El desconocido se tomó el vaso con agua de un sorbo. Hace más años de los que recuerda, Federico metió un gol tan formidable que regresó corriendo a su casa, abrió la computadora y trató de describirlo. No pudo. Todas las palabras que conocía se le olvidaron de golpe. No es que no tenga dinero para comprar calcetas nuevas, simplemente le parece un gasto ocioso hacerse de ropa deportiva que acabará usando una vez cada cinco meses. Cuando era joven sabía si estaba enamorado o no porque se sorprendía imaginando que anotaba goles. Incluso siendo chamaco se escondía detrás de los rivales, nació bajo alguna estrella que implicaba cobardía en una cancha. Él era más de trenecitos, ya se dijo.

-¿Le gusta el fut? ¿A quién le va? –le preguntó Federico al extraño mientras se tronaba los dedos no sin evidentes nervios. El desfachatado acto de descalzarse había operado en su contra.

-El señor tiene prisa –interrumpió la esposa.

-¿Nuestro hijo está en edad de qué, dijiste? Menos misterio, mujer…

Cuando Federico conoció a su mujer le parecía que era críptica y victoriana, características que hasta esa noche habían ido difuminándose y deviniendo en una ama de casa frustrada y demandante. El desconocido tenía cara de llamarse Augusto. Nariz aguileña, pelo toscamente crespo. Su sonrisa parecía salida de un siglo distinto a este. Era como si apenas hace unas horas lo hubieran exorcizado. Hasta este instante fue que el padre de familia reparó en sus zapatos pulcros y evidentemente dispendiosos. Las agujetas no hacían dupla. Nada en el hombre se conciliaba amablemente entre sí. Al bolígrafo que le rayó el rostro le pusieron la tapa de una pluma de otro color. El bigote debía de verse bien en una cara frustrada de ser tan lampiña. El saco a cuadros que traía puesto debía verse muy bien en un maniquí de esos que ni siquiera tienen cabeza. Era como si aquel sofá azul siempre hubiera estado dispuesto con pesimismo al centro de la sala. Dominaba al cuadro esa fea sensación que deja mover un caballo de ajedrez como no se mueve un caballo de ajedrez.

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-El señor nos va a dar una cantidad de dinero obscena si aceptamos que le haga un video a nuestro Julián.

-¡Qué chingados!

-No es lo que estás pensando.

-¿Y qué estoy pensando? ¿Te volviste loca?

-Escúchalo. No es nada de lo que te estás imaginando.

-¿Y qué estoy pensando según tú?

-El fútbol se vive pateando un balón, no mirando la tele –dijo el hombre -, no desespere a su mujer, caballero. Les conviene…

La voz del dandy sí correspondía con el desbarajuste de su apariencia. La esposa de Federico tomó asiento y tomó las manos de su esposo. Aún era hermosa. Debajo de ese estrafalario disfraz de rapera puertorriqueña: era hermosa. Él odiaba que en las paredes de su hogar no hubiera fotos de mejores tiempos. Las perdieron todas en un incendio negligente. Nada que lamentar porque por fortuna no estaban en casa. No quedaban registros de lo bien que lucía vestida de pastelito en la boda, lo bella que se veía dándole la espalda al Arco del Triunfo y lo impecable que se mostró en los nueve meses en que su vientre tuvo al niño dentro. No había fotos de ninguno de esos inmortales recuerdos.

-No quiero darle muchas vueltas al asunto- continuó hablando el desconocido-, les daré en efectivo la cantidad que su esposa ya conoce si me permiten filmar a su hijo mientras lo maquillan. Es así de sencillo: ustedes le dirán que están pintándolo como si fuera El Hombre Araña pero realmente lo maquillarán, bueno, como se maquilla a una jovencita que saldrá de fiesta. Un poco de rimmel acá, blush y brillos. Nada muy exagerado. Colores cálidos. Quizá un poco de delineador. Yo registraré el proceso con la cámara de mi teléfono inteligente. Es todo. El maquillaje autorizado lo traigo en esta maleta. Naturalmente se me firmarán los derechos de popularizar electrónicamente, y a la conveniencia de mis empleadores, el audiovisual recaudado. Hablo de que el video aparecerá en Tik Tok, Youtube y Twitter. Si alguno de los dos encuentra esto monstruoso dígalo ahora y seguiré con mi camino. Sobran quienes estén dispuestos a someter a su hijo a una, digamos, broma de estas características. Picardía por lo demás bastante común en el siglo que corre. No fueron elegidos por azar o destino alguno. El color de piel de su hijo se adecúa a…

Federico trató de controlarse, llevaba rato sin poner atención cabal a lo que ocurría. Pidió chance de confabularse con su mujer en la cocina.

-De cuánto dinero estamos hablando. O de qué me perdí, Sofía, ¿esto te hace sentido de alguna manera?

-Hay miles de videos así. Niños que se caen, niños que lloran porque perdió el América o el Toros Neza. Niños que se electrocutan. ¿No me mandaste tú videos de papás aventándole rebanadas de queso a sus bebés en la cara? Te daban mucha risa. Yo creo que es más lo que ganamos que lo que perdemos.

-El Toros Neza ya no existe, mujer. ¿Cuánto? ¿Ese hombre tocó a la puerta o cómo te abordó?

-Además la gente no tiene memoria. Mañana suben el video a internet y en dos días todo mundo lo olvida. ¿No te acuerdas del gordito que rapeaba en la cola de las tortillas?

-¿Y la respuesta a mi pregunta?

-Sí. Tocó a la puerta. ¿Viste qué bien huele? ¿Hace cuánto no compras un perfume?

-De perdida que él lo sepa. Que Julián esté de acuerdo. Si no, ¡no!

-Es un niño sin ideas propias. Aun cree que me beso con Santa Clos cada Navidad.

-No estoy de acuerdo. Además, el tipo parece salido de un sarcófago.

-Ándale, mi Diego Armando Maradona, nos conviene –dijo ella, acariciándole los pelos de la nuca a su marido, cabello enroscado en su propio sudor.

Él se sintió imbécil vistiendo una casaca deportiva. Ella puso ese rostro de diabla del que, de todas maneras, no habría registro fotográfico jamás. Federico recordó cuando su padre lo llevó a perder la virginidad a una casa de citas en contra de su voluntad. Recordó cuando le dijo a su padre que quería dedicarse al teatro y este se burló sonoramente, escupiéndole pedazos de milanesa en la cara. Recordó cuando se cambió de chamba porque le convenía a su matrimonio. Es más: pensó en la carcasa color rosa pastel que protegía a su teléfono de un accidente, y que él odiaba, pero que formaba parte de su día a día sólo porque estaban a dos por uno en el tianguis. Recordó la noche en que murió su padre: ni una palabra de afecto antes de colgar los tenis. Ni una.

“No hay fotos de aquella noche” fue publicado por la editorialTrillas (2025).

-No quiero. No suena a algo saludable qué hacerle a un hijo –dijo.

-Que se haga lo que el empleado del mes diga –le respondió ella.

Pero, con la misma celeridad con que pasó de ser el Barrilete Cósmico a un oficinista mediocre, en los tres pasos que separaban a la cocina de esa nueva ubicación de su sillón, todo se modificó irresponsablemente. Federico deseó que ahí al centro de su casa aparecieran dos defensas centrales bien bragados detrás de los cuales ocultar su cuerpo bofo y descuidado.

-Lo haremos, pero solo si nuestro hijo está de acuerdo.

-El niño no debe estar enterado de la broma –remató aquel emisario de sabrá dios qué sinrazones-. Sea sensato, amigo. Mis patrones empleadores pagan por experiencias reales.

-Pude hacerlo antes de que llegaras, Federico, pero quise esperarte. Sabes que necesitamos un empujón, mi cielo. Necesito una secadora nueva. Mira lo que esa chatarra les hace a todos tus calcetines.

Federico musitó “pues va”. Y el grito de la madre resonó en toda la vecindad. El niño subió hasta el segundo piso con hambre. La cena tendría que esperar. Le dijeron a Julián que el hombre trabajaba en la televisión y estaban buscando a un niño que saliera en un comercial de juguetes del héroe arácnido. El chiquito no puso mayor resistencia y se dejó hacer. Aunque la instrucción era que el maquillaje no fuera demasiado marcado, la madre se lució coloreándolo. Eran productos cosméticos de calidad. Susana no se atrevió a pedirlos de obsequio como parte de la paga. Una indicación obligatoria era que tenía que verse, todo el tiempo, el nombre del producto a cámara. Esto le provocó cierta torcedura de dedos que no pasó a mayores. Una vez que concluyó el retocado, el niño comenzó a actuar como el súper héroe. Arrojaba telaraña invisible torciendo ambas manos, fingía que se columpiaba entre edificios altísimos. Pero su cara estaba pintarrajeada muy distinto a lo que él creía. Era un cuadro pavorosamente conmovedor. El chamaco tarareaba la tonada del Hombre Araña con la cara llena de brillitos, las mejillas sonrosadas y el final de ambos ojos rematado con una voluta egipciaca. Federico soltó una carcajada casi involuntaria.

Entonces se dio cuenta de que los muebles habían sido acomodados con anterioridad para beneficiar la toma, iluminándola sin charoleos de luz. No podía odiar a su mujer. Hasta lunar coqueto encima del labio le puso a su hijo.

El dinero fue entregado en una sucia bolsa de plástico. Federico quiso contarlo mientras su esposa le lavaba la cara a su vástago procurándole más besos en la frente de los comunes. Los billetes en su mano perdían sentido. No podía sumar, el papel moneda estaba hecho rollos. El desconocido se puso en pie. En efecto, era bajo de estatura.

-Un placer.

Esto diciendo, desapareció para siempre de la colonia Álamos.

Federico amagó con arrepentirse. Encendió un cigarro para no soltarse a llorar. El trabajo de los padres es equivocarse, pensaba justificándose. Jugueteando con los dedos del pie ensanchó el agujero en el calcetín. Al niño le rugían las tripas. La mamá lo solazaba con la promesa de una pizza con extra salsa. En el piso de abajo ladraban escandalosamente los perros de ataque, probablemente despidiéndose del hombre de la compañía de contenidos digitales virales.

-¿Hay agua caliente? Me urge un baño –dijo Federico-, la regamos, ¿verdad?

-Ay, ya. Le das muchas vueltas a todo. Tu papá tenía razón… –le dijo ella.

En efecto, el video se popularizó a los dos días. Por doquier. Juliancito actuando como el asombroso Hombre Araña con la cara maquillada más bien para salir de antro. Le pusieron risas grabadas. Carcajadas grabadas que hipotéticamente soltaban los padres del niño timado. Hasta tuvo su mote afamado de internet. No se la acabó en la escuela, en las canchas de la unidad, en los teléfonos de miles de personas sin rostro. Salió hasta en la tele. Hubo memes, likes, versiones aunadas a otros pitorreos afamados de internet, hubo animadversión pública y privada hacia los progenitores que permitieron tal monstruosidad y hubo sorna y una cifra de dinero que se acabó a los dos meses en colocar, por todo el departamento, regaderitas contra incendios.

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