Ovacionan el concierto “argentino” de la OSY

En su crónica musical, Diego Elizarraraz aquilata las virtudes del concierto con sabor argentino brindado por la Orquesta Sinfónica de Yucatán el pasado fin de semana, teniendo como director huésped a Martín Fraile Milstein, a Marcelo Rebuffi en el violín y al compositor Mauricio Charbonnier. ¡Bravísimo...!

El inicio de la Noche Blanca de este año, el viernes 13 de junio de 2025, incluyó esta dinámica y argentina noche de la Orquesta Sinfónica de Yucatán que estuvo bajo el cuidado de una tríada compuesta por Martín Fraile Milstein como director huésped, Marcelo Rebuffi en el violín con un arreglo propio de Las 4 Estaciones Porteñas del gran Astor Piazzola, y el compositor invitado Mauricio Charbonnier con dos obras propias, una de ellas estreno mundial.

Preludio Lejanía, la primera obra, que a mi escucha – siempre aprendiz–, se percibe un tanto íntima, fue breve pero rotunda. El director huésped interpretó una cohesión orquestal sesudamente escrita por el compositor, que por vías de un continuo relevo de la melodía entre familias instrumentales producía una atmósfera, para este que escribe, nostálgica. La combinación de elementos neoimpresionistas y la inspiración surrealista hacen de esta composición una experiencia auditiva única y evocadora, rezaba el programa de mano. Coincido.

Para el estreno del Poema sinfónico Sobre los cristales del mundo – o, reflexión musical sobre el estado del mundo contemporáneo, así descrita en el programa de mano–, tuvo aires ominosos y –al margen de la duda que solo el compositor podría esclarecer sobre las entradas de los platillos, tan solo una arista de este prisma sonoro–, ligeramente heroicos, mismos que fueron interpretados por una orquesta habituada a estas configuraciones orquestales a su vez manipuladas por la batuta de un galardonado director. La primera parte del concierto concluía con las folclóricas danzas alusivas a la geografía pampeana argentina, el ballet Estancias de Alberto Ginastera, que la OSY y el director juiciosamente interpretaron. Percibo que esta vibrante pieza bien podría tildarse como una de las manifestaciones de un nacionalismo musical sudamericano.

Terminado el intermedio, desde donde un colega ser humano que escuchaba el concierto en el asiento contiguo al mío, y yo, intercambiábamos impresiones sobre las primeras tres obras, el director huésped regresa para guiar al conjunto, ahora con Tangazzo de Astor Piazzolla. Los dotes de esta intensa obra, su rico contrapunto y gestos al estilo jazz –quizás de ahí la doble zeta en el nombre de la obra–, una orquestación fundida en vertiginosos ritmos y acelerados procesos de movimiento hicieron que su conclusión inundara la sala con respectivos aplausos. Salía un instante el entendido director para regresar acompañado del violinista, compositor e investigador argentino-italiano para dar vida a los arreglos de este último sobre Las 4 estaciones porteñas para violín y orquesta también de Piazzolla.

Esta reinterpretación del ciclo vivaldiano a través del imaginario sonoro de alguien interesado en la interpretación, la composición y la investigación, hace de esta una relevante toma, o transformación. En cada movimiento podíamos apreciar a esta memorable orquesta hacer frente a las bases rítmicas, casi geométricas, que se correspondían con los ecos de las arqueologías temporales que éstas emanan. Percibo que la obra no solo enaltece el legado de Piazzolla y Vivaldi, sino que también sincroniza el acontecimiento de estos ciclos.

Ya lo comparte la OSY en el programa de mano: muchos críticos y colegas han marcado un paralelismo con respecto de las famosas Cuatro Estaciones del compositor italiano Antonio Vivaldi. Notando la maestría para arreglar esta célebre obra, escuché una peculiaridad que este que escribe disfrutó sobremanera, parecía que, en cada movimiento, el suceder sonoro daba pie a un trío entre piano, violín y alguna de las maderas, en sumo singular cuando era con el clarinete… ¡qué belleza! ¡qué dulzura!

La segunda parte del concierto culminaba con una obra conmovedora como pocas. Un homenaje al recuerdo de su padre donde el compositor, en forma de canción, erige un mausoleo que traduce el proceso de duelo en arquitectura musical y que la orquesta convierte en un lamento al cual el director supo dar coherencia. Después de unos merecidísimos aplausos, y como en contadas ocasiones sucede, la orquesta tenía preparado un encore: un arreglo orquestal de Libertango. El director le introdujo relatando una respuesta que dio cuando alguien en la charla previa al concierto preguntó por qué no habían programado dicha obra: me parece que es muy apresurado y ahora sabrán por qué… Un fabuloso regalo para concluir la velada.

Llegando a casa, busqué y escuché la versión para piano y violín de la primera obra, le sentí aún más íntima, aún más evocadora. En general, me sentí en un concierto dadivoso y extraordinario con peculiares delicadezas y destrezas orquestales, interpretativas y composicionales que salieron a relucir en cada una de estas profundas obras. ¡Bravo, OSY! ¡Bravo, Martín! ¡Bravo, Marcelo!

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