
“El alma humana es más oscura que la noche, y más transparente que el aire. ¡Todo depende del ángulo desde el que se mire! Red: palabra inocente, trampa fatal Las redes… ¡ah, las redes! ¿Qué es una red sino una trampa? El pescador lanza la suya sobre el lago en calma, no para liberar, sino para sujetar, para arrancar al pez de su mundo silencioso y arrastrarlo, aún boqueando, a la superficie cegadora del sol. ¿Acaso nuestras redes son menos crueles? Nos lanzamos a ellas con la ilusión de libertad, y no notamos que en cada clic estamos entregando algo de nuestra alma, de nuestra respiración más íntima.
¿No es ridículo y trágico, que en un tiempo donde millones pueden conectarse en un segundo, la soledad no haya hecho más que profundizarse, como una fosa sin fondo? Yo he caminado entre las multitudes que no tenía cuerpos, solo avatares. Me han hablado miles de voces sin rostro, y no he sentido una sola caricia verdadera. ¡Oh, multitud espectral! ¡Oh, carnaval de máscaras donde nadie se conoce, no quieren conocer realmente, no quieren que los conozcan, y todos simulan conocerse.
El Raskólnikov moderno vive en Nigeria y desde allá hace crowdfunding entre señoras en París y Sidney. Y hay que admitir, es menos sanguinario que matar a las viejas prestamistas en la vida real. Y no se pregunta si Dios ha muerto, sino por qué la gente rica en el Primer Mundo paga menos por Internet que los pobres en el Tercero. El infierno ya no son los otros: el infierno es el silencio entre dos mensajes leídos pero no respondidos.
Antaño el amor era una herida: se abría en carne viva, se sufría, se esperaba. Hoy es una notificación. Una reacción. Un algoritmo que decide si eres digno de ser visto. ¿Y qué es el alma de un hombre sino la necesidad de ser visto de verdad? Amor es la imagen y la entrega. Entrega internacional y de preferencia gratuita. Amor verdadero es morir un poco —y por eso nos aterra. He visto muertes anunciadas en redes sociales: con emojis, con “me gusta”, con lágrimas digitales. ¡Oh, qué obscenidad! Hasta la muerte se ha vuelto espectáculo. Un último “post”, una última selfie con el abismo.
¿Y luego qué? ¿La eternidad en un perfil inactivo? Pero no olvidemos: toda red es un nudo, y todo nudo puede ahorcar o salvar. O ser cortado como Alejandro Magno cortó su nudo gordiano. Nos toca elegir: ¿las redes como cadenas, o como puentes? Porque ya estamos en ellas de todos modos. La red como cruz. Somos hambre de eternidad. Y esa eternidad, quizá, se esconda no en la multitud, sino en un solo vínculo real. Uno solo basta para que todo el dolor tenga sentido.
La red es el símbolo perfecto del siglo: une sin unir, conecta sin tocar, observa sin mirar. Pero aún en este tejido de cables y espectros, el alma humana permanece. Agónica, sí. Sola, sí. Pero no muerta. Y mientras haya un hombre que grite en el desierto digital: “¡Estoy aquí, y sufro, y amo, y busco!”, no todo está perdido. Pero tras escuchar el grito, os verifiquéis si la voz es la voz humana…”
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