Scarano y Zenaty son ovacionados junto con la OSY

El 19 de septiembre se dio el tercer concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán en el Palacio de la Música, con la primera de dos presentaciones del maestro italiano Alfonso Scarano, acompañado por el solista checo Ivan Zenaty, violinista invitado, según la crónica de John Vaquero...

El viernes 19 de septiembre se dio el tercer concierto sinfónico de la temporada en el Palacio de la Música de Mérida, con la primera presentación del maestro Alfonso Scarano, acompañado por el solista checo Ivan Zenaty, violinista invitado y “amuleto de la buena suerte” del director huésped, según sus propias palabras. Pocas veces he asistido en fechas recientes a una aclamación del público como la del viernes por la noche, podemos decir sin temor a exagerar que fue un evento memorable.

Recordemos que estamos ante un ciclo de ocho conciertos con cuatro directores finalistas y aspirantes a dirigir la Orquesta Sinfónica de Yucatán. Tanto Scarano como Zenaty, quienes visitan Mérida por primera vez, son artistas consagrados de primerísimo rango internacional, y existe cierta complicidad entre ellos, pues han compartido escenario muy a menudo, siendo “como una sola alma, un solo corazón” en palabras del violinista. Resultaba interesante escuchar el Concierto para violín en sol menor, Op. 26 de Max Bruch (Coblenza, 1866), una semana después del concierto de Mendelssohn, creado unos veinte años antes.

Es innegable el parentesco y la inspiración, tanto en la estructura, con la alternancia de movimientos, como en la puesta en valor del solista y el estilo rapsódico de su diálogo con la orquesta.  Tampoco hay pausa entre los dos primeros movimientos, otro punto en común con Mendelssohn. Tenemos una innovación añadida, ya que ni siquiera hay una corta transición sino una continuidad absoluta entre el Vorspiel – Allegro moderato y el Adagio, lo que nos lleva a suponer que estamos ante una introducción, como su nombre así lo señala, a los dos verdaderos movimientos del concierto.

La impresión causada por la primera parte es dramática, empieza con instrumentos de viento madera y da paso rápidamente al violín del solista, lírico y hermoso. Y cuando parece que va a seguir, vuelve la orquesta e impone el diálogo, preparando la llegada del Adagio. El segundo movimiento lo introduce el violinista, pero pronto intervienen los vientos para animar al solista hacia una repetición del tema. Constituye para mí la parte más entrañable del opus, conmovedora y singularmente romántica.

En cuanto al Finale – Allegro energico – presto, me resultó casi exuberante, muy contrastado con el anterior, dándole sucesivamente el protagonismo a la orquesta y al solista, para que éste exponga idonéamente su habilidad hasta alcanzar cierta grandilocuencia. No es de extrañar, en tales circunstancias, que el lucimiento del extraordinario Ivan Zenaty provocase una ferviente reacción en la asistencia y una gran ovación. Zenaty nos obsequió, ante el entusiasmo general, con el preludio de una partita de Bach que nuevamente puso en evidencia su inmenso virtuosismo.

Después del intermedio nos esperaba La Sinfonía No. 4 en mi bemol mayor, ‘Romántica’ (A95), creada en Viena en 1881, modificada varias veces por el compositor austriaco Anton Bruckner, y una de las más populares e interpretadas entre su repertorio. La más corta también, a pesar de sus 65 o 70 minutos, como nos lo recordaba con una sonrisa el director Alfonso Scarano en la charla previa al concierto que dio en el subsuelo del Palacio.

Esforzándose meritoriamente por hablar en un español comprensible, adornado por bellos vocablos de su lengua natal, insistió en la vida y carácter religioso de Bruckner, retomando declaraciones que ya hizo a la prensa en días anteriores: “Todas las sinfonías del compositor son profundas y espirituales, porque él mismo lo era. Vivió siempre en la iglesia, no tuvo mujer ni hijos, y dedicó su vida a la música y a Dios”. Y efectivamente, a Anton Bruckner se le considera, cito ahora al jefe de orquesta y compositor Furtwängler, una especie de “místico gótico extraviado en el siglo XIX”.

La sinfonía tiene una estructura convencional de cuatro movimientos: el Allegro molto moderato empieza de forma original, con unos treinta segundos de solo de trompa, acompañado muy suavemente por un tremolo de cuerdas. Le sigue algo así como un amanecer que asciende hasta alcanzar a ser un himno a la naturaleza (altos, trompetas, cornos) para luego bajar a pianissimo, antes de repetir los temas con variaciones hasta el estallido final. Las anotaciones del compositor a este primer movimiento sugieren otra clave interpretativa, distinta a la de la naturaleza, más no incompatible: “ciudad medieval, caballeros saliendo al galope de sus fieras cabalgaduras”, en sintonía con la idealización romántica de la Edad Media en la que se inscribe Bruckner, como tantos otros músicos de su época.

El segundo movimiento es Andante quasi allegretto, anotado por Bruckner como “amor no correspondido”; suponemos que, dentro de los códigos medievales debidamente romantizados, provoca en el amante cierta ambivalencia, entre sufrimiento y finalmente serena melancolía, a la que yo calificaría, siguiendo con mi lectura bucólica, de otoñal. He leído en alguna crítica que se trataba casi de una marcha fúnebre: una impresión que no puedo compartir, por lo menos en la interpretación que nos ofrecen Alfonso Scarano y la OSY; estamos más bien, a mi juicio, ante un bello interludio de paz en la penumbra, puesto en valor, sobre todo, por violonchelo y clarinete, en el momento más íntimo y contenido de la sinfonía.

Esta quietud va a ser interrumpida por el Scherzo, señalado “Begewt”, un término difícil de traducir: movido, o tal vez conmovido. El compositor lo anota como “caza”, entiéndase caza de montería o caza mayor, evocadora, una vez más, de caballeros y castillos de antaño.  Eso supone jauría, ladridos, silbidos, y los cornos de caza, antecesores, por cierto, de la trompa moderna o del corno francés de nuestras orquestas sinfónicas.  Así entendemos mejor el protagonismo de dichos instrumentos en este tercer movimiento, acompañados por el estruendo de trombones, tuba y trompetas entre crescendo y fortissimo: la inspiración wagneriana, con su fuerza torrencial, aparece por momentos, manifiesta y triunfante. Sin embargo, esta fanfarria de metales resulta algo atemperada, felizmente, por oboe y clarinete.

El Finale allegro moderato, indicado “Bewegt, doch nicht du schnell” (movido, pero sin precipitación), empieza de forma algo enigmática, persistente aunque contenida, pero va creciendo hasta fortissimo con toda la orquesta formada al ataque. Los metales esta vez anuncian tempestades. Me sorprende un poco la variedad de temas sucediéndose en espiral y modulando intensidades alternadas que incorporan aires melódicos de retorno a la calma, y a la paz (alegre) de los corazones: se cierra así una sinfonía de gran tamaño, ambiciosa y emocional, que resiste maravillosamente bien al paso del tiempo.

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