Este relato fue ganador del Premio Nacional Beatriz Espejo 2025, otorgado por el Gobierno del Estado de Yucatán y el Ayuntamiento de Mérida en enero de 2026 en esta ciudad.
Iñaki ni siquiera levantó los brazos para cubrirse: su mente quedó en blanco y la boca de su arma apuntaba, inútil, a sus botas de senderismo. Pero antes de que el proyectil le diera de lleno en el pecho, Leonel saltó desde atrás de una columna, cargó por la derecha, se colocó a espaldas de Marlene y disparó. Ella, con dificultad, alcanzó a ponerse a resguardo sin una sola mancha, maldita sea, sin siquiera despeinarse, porque el voleibol le había dejado las piernas intrépidas de una liebre. Corrió a pasos agigantados y las balas de Leonel fueron a dar contra una lámina oxidada que al instante se tiñó de anaranjado. Entonces sí, los brazos de Iñaki reaccionaron. Alzó la pistola para perseguir a Marlene, pero un par de tiros lanzados desde la plataforma en el extremo oeste le impidieron avanzar. Eran Regina y Gaby, que cubrían la retirada de su capitana. Leonel se encogió como un armadillo, esquivando las municiones que silbaban cerca de su cabeza; en cuclillas, como un enano, llegó hasta la trinchera de cajas donde Iñaki se agazapaba.
—Güey, casi te dan —la voz de Leonel era rasposa; tenía dos semanas que había empezado a cambiar y ya no era la voz de un niño, pero tampoco la de un hombre.
—¿Dónde está el pendejo de Alan? —dijo Iñaki, y no pudo evitar sentirse orgulloso de su timbre oscuro, más varonil que el de nadie en la escuela, a pesar de que faltaban tres días para que cumpliera catorce años.
—Lo mandé a cubrir la izquierda. Está allí atrás de esa columna.
Iñaki miró hacia donde apuntaba el dedo de Leonel y alcanzó a distinguir el uniforme flacucho, aplastado contra el poste, tumbado de rodillas como si quisiera cagar. Tenía las piernas de pollo, sin músculo ni contorno, y unos lentes que se le resbalaban por la nariz grasienta porque el casco los empujaba. Pinche cobarde, pensó Iñaki, ni siquiera lo intenta. Pero al instante recordó eso que había visto aquella remota tarde en el vestidor y sus mejillas se inflamaron. Meditó: es imposible que la tenga tan gruesa.
¿Por qué lo habían invitado, en primer lugar? ¿No habría sido más lógico jalar con Tinoco, con Lara, con cualquier otro del equipo de fut? Hasta el apestoso de Saavedra habría hecho menos pendejadas que Alan, y al menos se atrevería a disparar contra las chicas. No, lo habían invitado por culpa, sin duda: habría sido una mentada de madre decirle en la jeta que no estaba considerado, cuando el plan se armó ahí mismo, frente a él, y cuando todos, aunque se resistieran a mencionarlo, tenían en la cabeza el asunto del video.
La tarde en que armaron el plan del gotcha todo estaba jodido de antemano. Era el último viernes del mes, habían salido temprano del Bazán por la junta del consejo técnico y se cruzaron al parque sin corbatas, la camisa del uniforme sin fajar. En una banca retirada, la que daba la espalda a la fuente, se fumaron la cajetilla que Leonel le había volado a su padrastro. Estaban a gusto, diciendo puras tonterías, cuando Marlene apareció caminando con Gaby. Las dos llevaban los suéteres atados a la cintura y las calcetas caídas hasta los tobillos. Iñaki pensó: si Miss Lucy las ve, escupe espuma, la vieja desgraciada. Leonel se enderezó como si lo hubieran pellizcado en la entrepierna: le gustaba Gaby, pero se hacía el indiferente. Se limitó a cruzar los brazos y a tragarse el humo como si fuera una muestra de hombría. Marlene pasó de largo y le dio un beso a Iñaki. ¡Ay, la güera preciosa! Se veía tan buena con la blusa anudada en ombliguera y olía tan bonito que al muchacho se le empezaron a hinchar los pantalones. Disimuló, cruzando las piernas: ¡qué incómodo era eso! Ya tendrían tiempo, cuando estuvieran solos en casa de sus papás, de terminar lo que habían empezado el otro día, cuando tumbados en el sillón Marlene le metió la lengua hasta la garganta y él consiguió ponerle las manos debajo de la blusa y desabrocharle el brasier. Se detuvieron porque ella dijo que no quería, aunque claro que sí, bonita, claro que sí querías. Pero fue mejor así, porque Iñaki ya se había mojado mucho y, por un instante, sintió miedo al pensar que a lo mejor se había orinado de la emoción.
Sí, todo estaba jodido desde antes, y lo estuvo más cuando llegaron Alan, con la mirada baja, y Regina, que no despegaba los ojos del celular. Ella era llenita, aunque vivía contando calorías, y era la única en el Bazán que le dirigía la palabra a Alan. También era la sombra inseparable de Marlene y la razón de que las tres sacaran diez en física y en mates, sin que nadie notara que entregaban la misma tarea. El ambiente se puso incómodo al instante. Alan no saludó ni a Marlene ni a Iñaki; solo se ajustó los lentes y se sentó en la banqueta, como queriéndose borrar.
—Ya valió madres todo, chicos —Regina levantó la vista del aparato—. Rusia lanzó misiles sobre Finlandia.
Todos voltearon a verla.
—¿Qué cosa, güey? —preguntó Gaby arrugando las cejas.
—Que ya empezó la tercera guerra mundial. Ahora sí armaron los vergazos de a deveras.
—Vergazos nucleares —corrigió Marlene.
Iñaki soltó una carcajada exagerada.
—Yo sí me iba a la guerra, de una. A romper madres y a ligar con extranjeras—dijo, inflando el pecho como si tuviera edad y pectorales para ir al frente—. Siempre he querido disparar y usar un casco.
Leonel saltó de su lugar.
—¡Güey, qué chida idea! ¡Podemos ir a jugar gotcha! Conozco uno buenísimo, con escenario de búnker nuclear de verdad. Está poca madre. Hasta parece que estás en Fallout.
Marlene alzó una ceja, interesada; Gaby aplaudió como si tuviera ocho años; Regina preguntó cuánto costaba y si el paquete incluía el alquiler de los trajes completos. Mientras Leonel les explicaba los pormenores, Iñaki se fijó en Alan: callado, encorvado, los ojos fijos en el suelo. Sintió por él un resquemor agudo, tan fuerte que le dieron ganas de joderle el intento de pasar desapercibido. No iba a dejar que se esfumara así. No iba a dejarlo olvidar. Se giró hacia él, con una sonrisa fingida y voz casual:
—Tú también, Alan. Por mi cumpleaños, yo invito. ¿Sí o qué?
Alan alzó la mirada y el grupo enmudeció porque sabían lo que estaba ocurriendo. La tensión tenía que ver con el poema, esa carta ridícula que se había vuelto viral en los pasillos del Bazán: Alan, en un arranque de amor adolescente, le había escrito a Marlene unos versos llenos de metáforas cursis sobre su pelo de oro líquido, su perfume de girasol y alguna insinuación sobre el tacto de su piel como la seda. Se la mandó de forma anónima, pero no hacía falta ser un genio para deducir quién la había escrito. Lo peor fue que, a partir de entonces, Alan empezó a seguir a Gaby a todos lados con la única intención de estar cerca de Marlene. Y para Iñaki eso era el colmo. ¿A poco iba a dejar que lo retaran así, que intentaran bajarle a su novia con poemas y miraditas pendejas? Los hombres defendían lo que era suyo. Así le había enseñado su papá antes de largarse.
Por eso, dos semanas atrás, lo esperó en los vestidores después de Educación Física, cuando todos se habían ido. Fingió que se le había caído algo, fingió que buscaba debajo de su casillero. Y cuando Alan se desvistió, sacó el celular y comenzó a grabarlo. Bastaron unos segundos: Alan, flaco como espagueti, pálido como una vela, completamente desnudo. Inofensivo, humillado como el perrito lambiscón que era. Pinche pendejo, pensó Iñaki, a ver si se te ocurre volver a escribirle poemas a mi novia.
Pero lo que Iñaki no había podido sacarse de la cabeza no era la venganza ni el miedo al castigo. Era otra cosa. No era posible que la tuviera tan grande. No lo decía por envidia —se repetía—, sino por justicia: era inconcebible que la naturaleza cometiera semejante desajuste. ¿Cómo era posible que un tipo como Alan, hecho de pellejo, blandengue, llevara eso colgando entre las piernas? Era un error grotesco, fuera de lugar en el orden cósmico de la vida. Lo único bueno era que nadie supo jamás que Iñaki había grabado y difundido el video, y que en el Bazán tampoco se esforzaron mucho por encontrar al responsable. No había forma de que Alan lo supiera. Y si se enteraba, ¿qué podría hacer? Ni siquiera tenía el valor de mirarlo a los ojos para decirle que no quería ir con ellos al gotcha.
—¿Sí o qué, Alan? —repitió, con un dejo de amenaza.
—Sí voy —dijo el flaco.
Quedaron para el siguiente fin de semana. Llegaron al campo al mediodía, con el sol pegando duro y un aire enrarecido, como si todos hubieran aceptado ir sin tener muy claras las razones. El lugar quedaba en un terreno baldío a las afueras de la ciudad, en la carretera hacia Toluca, cercado con láminas oxidadas y ese alambre de púas que usan en las cárceles y las escuelas. A simple vista no parecía gran cosa, pero Leonel había dicho la verdad: el búnker existía. Una estructura de concreto desgastado emergía de la tierra y en la compuerta, enorme y estropeada, se alcanzaban a leer unas letras rojas desvanecidas: Zona de cuarentena. Todo tenía un aire de película clase B. Descendieron por unas escaleras larguísimas, húmedas, con olor a herrumbre y a tierra mojada. El eco de sus pasos rebotaba en las paredes grises mientras avanzaban en fila. Abajo los recibió un veinteañero flaco, con cara de crudo y una gorra negra mal colocada. No respondió al saludo de las chicas y apenas alzó la vista de su celular para decir:
—Las reglas están en la pared. No disparen al rostro. Si les dan en el pecho, están fuera. Si les duele, no chillen.
De unas cajas sacó los chalecos, los cascos y las pistolas de aire comprimido. Los fue lanzando uno por uno, sin cuidado. Cuando Alan agarró la suya, casi se le cae al piso y el tipo lo miró con asco, como si le diera vergüenza que alguien así se presentara en su turno. El campo estaba dentro del mismo búnker: gigantesco, con techos altísimos, pasillos cruzados por puentes, barricadas hechas con tambores metálicos, estructuras de madera casi podridas, torres de vigilancia, puertas pesadas que se abrían con esfuerzo. La luz era artificial y tenue, con un zumbido eléctrico constante que se tragaba el silencio. En las paredes había grafitis apocalípticos y señales de advertencia radioactiva. Se dividieron en equipos por colores: Marlene, Gaby y Regina con brazaletes verdes. Iñaki, Leonel y Alan con los naranjas. Alan parecía un espárrago con camuflaje; el casco le quedaba grande y las antiparras le colgaban por la nariz. Leonel ya estaba encendido. Se subió a una torre improvisada y empezó a ordenar las posiciones como si comandara un pelotón completo. Marlene estiraba las piernas como si se preparara para un partido de voleibol, con esa sonrisa torcida que a Iñaki le prendía las alarmas. Sintió cosquillas cuando la chica se agachó para tocar las puntas de sus pies. Luego miró a Alan y sintió rabia: era una legumbre que escribía poemas y, por si fuera poco, la tenía gruesa.
El silbatazo del veinteañero retumbó en las paredes del búnker como un disparo real. Por un segundo, nadie se movió. Luego, como si alguien hubiera liberado un resorte, todos salieron corriendo en direcciones opuestas, tropezando con las cajas y los bidones de metal. Leonel tomó la delantera con entusiasmo de sargento loco. Arrastró a Iñaki hasta una barricada de madera y le gritó que cubriera el flanco derecho. Alan se quedó atrás, titubeando, hasta que Leonel le señaló un pasillo oscuro.
—¡Tú allá, cuatrojos! ¡Cúbrenos por la izquierda!
Alan asintió sin decir palabra y desapareció tras una columna ennegrecida. Al otro lado del campo, Gaby trepó una escalera oxidada y se apostó en una especie de mirador. Regina, que había jugado al gotcha muchas horas en su teléfono, asomaba la punta de su pistola en todas las esquinas antes de exponer el cuerpo completo. Marlene corría sin quedarse quieta. El chaleco le ceñía el torso, la careta le delineaba la nariz fina y con las botas de campo se veía más alta. Iñaki la siguió con la mirada y puso la rodilla en tierra para apuntar, pero no logró enfocarla ni un momento en el visor. Sintió las manos en efervescencia, pero también alguna parte de su entrepierna.
—¡Muévanse, cabrones! —gritó Leonel—. ¡Nos van a flanquear!
Y entonces, el primer disparo. Un proyectil explotó contra una pared cerca de Iñaki, dejando una mancha verde y un chasquido de humedad. Se agachó por instinto, con el corazón latiéndole en el cuello. No sabía de dónde venía.
—¡Desde la torre! —dijo Leonel, señalando—. ¡Es Gaby!
Comprendió que no responder al fuego sería suicida, así que brotó desde su cobertura y disparó sin puntería. Falló. Gaby se había agachado, pero en seguida roció de nuevo la trinchera de Iñaki, cuya bocaza se abría tras un bordillo de madera. Las balas de pintura salpicaron las paredes con manchas luminosas que parecían heridas de otro planeta. Y en medio del caos, Iñaki empezó a sentirse estimulado. No solo por la adrenalina, sino por el permiso para disparar, para moverse como un soldado, para cargar un arma y vaciar las municiones sobre aquellos cuerpos enemigos. No importaba que fuera solo un juego, esto era igual que la pinche guerra en Finlandia. Se arrastró por el suelo. ¿Dónde se había metido el mierdita de Alan? Ojalá se le pusiera en frente para darle un par de tiros en ese pito descomunal y enseñarle que nadie le mandaba cartitas ni poemas a su novia. Pero en vez de encontrarlo a él, se topó con ella. Marlene caminaba desprevenida y confiada por el pasillo central. Iñaki sonrió y levantó la pistola. No lo había visto, qué suerte, carajo. Le apuntó al pecho. ¿Traería puesto el mismo brasier que le quitó el otro día en el sillón de su casa? Puso el dedo en posición. Antes de apretar el gatillo, Leonel saltó a sus espaldas lo empujó hacia abajo. Un disparo pasó rozándolos.
Iñaki apenas había logrado enderezarse tras el empujón de Leonel cuando el suelo vibró. Primero fue leve, como un zumbido bajo los pies. Luego un golpe seco y profundo, como si una bestia enorme hubiera chocado con el búnker desde el exterior. El eco rebotó por los pasillos y se convirtió en un rugido grave, casi líquido. Todos se detuvieron.
—¿Está temblando? —dijo alguien, tal vez Gaby.
La siguiente convulsión fue más fuerte. Iñaki perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Los barriles vibraron, una pila de cajas de plástico se vino abajo con estrépito. Las luces se apagaron de golpe y el espacio se sumió en una oscuridad total. Hubo un grito; luego otro y un tercero que se apagó, devorado por la quietud. Entonces se encendieron unas lámparas distintas: tubos fosforescentes rojos que corrían por el techo y las paredes del búnker como venas brillantes. El resplandor era débil, pero suficiente para ver: sombras largas y temblorosas, manchas de pintura suspendidas como sangre coagulada.
Iñaki se miró las manos. Estaban cubiertas de pintura y tierra. Intentó ponerse de pie, pero sintió una punzada por debajo de la rodilla: se había torcido el tobillo al tropezar en la oscuridad. Leonel apareció a su lado, con los ojos bien abiertos.
—¿Qué vergas pasó? —preguntó. Iñaki no dijo nada. Estaba pensando en Finlandia. Detrás de ellos, entre el resplandor bermejo, se elevó la voz de Marlene:
—Hay que buscar al güey de la entrada.
Tropezaron con los escombros y se resbalaron sobre la pintura y el polvo hasta llegar a la escaleras. Las luces del pasillo proyectaban una atmósfera enfermiza que daba al búnker el aire de una nave abandonada.
—¿Todos bien? —gritó Marlene, su voz firme.
—Regina está conmigo —respondió Gaby—. Se dio un golpe, pero está bien.
—Aquí estamos —añadió Leonel, ayudando a Iñaki a ponerse de pie. Él apenas podía apoyar la pata torcida; a cada paso sentía una punzada en el tendón. ¿Se habría roto el hueso, puta madre? Alan llegó el último, sudando, con la máscara mal colocada sobre la cabeza y los lentes chuecos.
—Busquemos al idiota del staff —repitió Marlene, tomando el liderazgo.
Se desplazaron por el corredor principal, cruzando una serie de compuertas abiertas y túneles laterales que ahora parecían más estrechos que antes, más húmedos y frescos. Al final dieron con la cabina de control, un cuarto con monitores empolvados y un escritorio de metal. Y allí, en una silla giratoria frente a las pantallas, estaba el veinteañero que les había dado las pistolas. No se movía. Tenía la boca entreabierta y los ojos fijos en un punto invisible, como si mirara a través del concreto. Uno de sus párpados temblaba sin control y un hilo de baba le corría por la comisura. Leonel se le acercó.
—Oye, güey —chasqueó los dedos frente a su rostro—. ¿Qué pasó, carnal?
Nada.
—¿Está drogado? —preguntó Regina.
Iñaki se acercó, apoyado en Leonel. El corazón le latía con fuerza. Miró los monitores: en una de las pantallas, la imagen parecía congelada. Era la cámara que daba al exterior del búnker y estaba completamente distorsionada.
—Esto no es normal —dijo Marlene. Su voz ya no sonaba tan firme.
—¿Y si subimos más? Tal vez haya una salida de emergencia u otra persona. A lo mejor otra oficina —aventuró Gaby.
Marlene no esperó aprobación. Se giró y comenzó a subir las escaleras metálicas al siguiente nivel del búnker. Iñaki quiso seguirla, pero el tobillo no le respondió.
—¡Espera! —gritó, frustrado. Se apoyó en la pared y la golpeó con el puño.
Regina y Gaby corrieron tras Marlene. Iñaki se giró hacia Leonel con la voz cargada de impotencia:
—¡Ve con ellas, güey! ¡No las dejes solas!
Leonel vaciló un segundo. Miró a Alan, luego a Iñaki, y sin decir palabra, se lanzó escaleras arriba. Quedaron los dos al pie de la escalera, envueltos en penumbra. El único sonido era el crujido de las botas que iban escaleras arriba como el eco de un tambor ritual. Alan se había detenido unos pasos más adelante con la mirada fija en un punto más allá del concreto, fuera de toda urgencia. Iñaki lo miró de reojo y pensó: parece que no siente miedo, el cabrón. ¿La valentía también era producto de su miembro descomunal?
—Oye… —murmuró Iñaki, sin pensarlo. Alan lo miró brevemente, sin expresión, asintiendo apenas con la cabeza; su rostro, como siempre, era una máscara vacía. Iñaki tenía en la garganta una frase, o la sombra de una frase, algo que llevaba días encerrado y ahora luchaba por abrirse paso. Un nudo le tensó el estómago. Por un momento fugaz, lo atravesó la tentación de confesar, soltarlo todo, pedir perdón. ¿Pero qué sentido tendría? Alan no tenía idea: nadie, ni siquiera Leonel, sabía que Iñaki había grabado el video en los vestidores y lo había compartido con todo el Bazán. Ni siquiera cuando lo vieron juntos y estuvo a punto de preguntarle ¿te parece normal que la tenga tan grande?, se le había ocurrido confesar su culpa. ¿Por qué ahora lo asaltaba esa sugestión? No seas pendejo, Iñaki, si tú no hiciste nada: Alan había quedado como el idiota de la historia, eso era todo, ¿no? Una broma, un pequeño ajuste para equilibrar de nuevo el lugar de cada uno en el universo. Algo sin importancia ni consecuencia. Dio un paso más, con la intuición de que no habría más espacio para sentir remordimiento.
—Nada. Olvídalo —dijo, rindiéndose, con un suspiro. El impulso se esfumó, junto con cualquier atisbo de culpa; se disipó, como el polvo en los pasillos húmedos del búnker.
Subieron en silencio y a paso lento. Arriba la escena no era muy distinta que en los subsuelos: las paredes grises se teñían de rojo bajo la luz de emergencia, como si el lugar sangrara desde sus cimientos. Una sacudida estremeció el territorio y un estruendo lejano atravesó la estructura como un grito sepultado. Duró apenas unos segundos, pero bastó para que Iñaki pensara que el mundo, tal como lo conocía, se había acabado.
Llegaron a la puerta del exterior. Marlene estaba al frente con los ojos como platos, mirando la entrada del búnker, ahora abierta. Gaby y Regina lloraban sin control y Leonel, igual que el encargado, permanecía inmóvil y perdido en una especie de hipnosis. Iñaki siguió la mirada de su mejor amigo y la imagen le llegó hasta el cerebro como una punzada incandescente. El paisaje estaba reducido a polvo, el cielo ennegrecido, el horizonte cubierto por una nube aglomerada de vapores y destellos recios. Pensó en Finlandia y en los rusos y en la sensación de éxtasis que había tenido minutos antes, cuando sostuvo en alto la pistola por primera vez. Se giró hacia Alan, buscando algo que lo sacara de aquel sinsentido. La mirada lo atravesó como una condena. Alan levantó un tubo metálico y lo hizo sin prisa, con una calma aterradora, como si esperara este momento desde siempre y le diera rienda suelta ahora, en ese panorama frente al fin del mundo. Iñaki ni siquiera levantó los brazos para cubrirse, pero antes de perder el conocimiento, comprendió que entonces Alan sí sabía quién grabó el video en el vestidor.

