En una temporada donde Alfonso Scarano insiste en la búsqueda de un “sonido propio”, el Programa 5 abre una cuestión quizá más delicada: ¿puede una orquesta encontrar no sólo un sonido, sino una voz capaz de sostener —en una misma velada— dos maneras casi opuestas de enfrentarse al destino? Si el programa anterior parecía inclinarse hacia cierta aspiración a la armonía —entre tradición y modernidad, entre mundo exterior e interior—, aquí da la impresión de que esa armonía se resquebraja.
La pregunta no es únicamente estilística. Frente a frente, dos obras separadas por medio siglo que giran, en el fondo, alrededor de lo mismo: el dolor, la pérdida, la necesidad de encontrar algún sentido a lo inexplicable. Por un lado, la Sinfonía No. 5 en Mi menor, Op. 64 (1888) de Pyotr Ilyich Tchaikovsky; por otro, el Concierto para Violín “En memoria de un ángel” (1935) de Alban Berg, que cumple noventa años. El quinto concierto de la Temporada 2026 se realizará el 20 y 22 de marzo en el Palacio de la Música. Aquí algunas consideraciones en torno al programa…

Berg: cuando el dolor encuentra forma
El Concierto para Violín “En memoria de un ángel” nace de una herida muy concreta. Berg lo escribe en 1935 tras la muerte de Manon Gropius, a quien quería como a una hermana menor, hija de Alma Mahler, con solo dieciocho años. La obra surge en pocos meses y, casi sin quererlo, termina siendo también su propia despedida: el compositor muere poco después, sin llegar a oírla.
Sobre el papel, pertenece al mundo dodecafónico heredado de Arnold Schoenberg. Pero donde otros —como Anton Webern— llevaron ese lenguaje hacia una abstracción extrema, Berg parece necesitar otra cosa: que esa técnica respire, que diga algo reconocible. No la abandona; más bien la dobla ligeramente, como si buscase en ella un espacio para lo humano.
El momento decisivo llega en el segundo movimiento. Tras un Allegro tenso y agitado, la música se abre y, precisamente en el paso al Adagio, se produce el milagro: tras el torbellino de furia y desesperación —ese grito desgarrador que parece no tener fin—, la música se aquieta y, como un bálsamo del cielo, entra el coral de Johann Sebastian Bach, “Es ist genug”. Es la voz de la aceptación tranquila de la muerte; no borra el dolor, pero llega el momento en que el alma dice “basta ya” y encuentra algo de paz. Coincide con el cambio de movimiento. Quizá porque la música no es sólo una técnica o un estilo, sino un lenguaje privilegiado para sondear las profundidades del alma humana, en este caso frente al sufrimiento y la ausencia.
Valerio Scarano lo resumió así en la rueda de prensa: el Allegro chirriante sería la agonía misma de Manon, y el Adagio el descanso y alivio tras la muerte. Esa lectura, una de las más difundidas y conmovedoras, convive con otras —como un proceso del duelo en quienes la lloran: de la desesperación a la aceptación serena—, y ambas enriquecen la experiencia. Berg convierte ese instante en una redención luminosa: el sufrimiento más hondo se transfigura en consuelo y esperanza. Es uno de los momentos más nobles y conmovedores de toda la música del siglo XX.

Tchaikovsky: la lucha interior
Con la Quinta Sinfonía, escrita en 1888 en un momento personal inestable, la obra gira en torno a un motivo que vuelve una y otra vez: el llamado “tema del destino”. No es solo una idea musical que se desarrolla: aparece, se transforma, insiste, regresa. Más que avanzar, da la sensación de que persigue a la propia música.
Estamos ante la belleza incomparable del segundo movimiento, Andante cantabile, donde un maravilloso solo de trompa abre una melodía noble y apacible, como una confesión susurrada que produce alivio y hasta bienestar, seguida de una expansión orquestal que alcanza un clímax apasionado en las cuerdas. En ese preciso momento de equilibrio —casi de felicidad— surge entonces el áspero destino con sus metales, casi como la duda irrumpiendo y sacudiendo una fe momentánea. Sin embargo, sacando fuerzas de la propia fragilidad, el movimiento se reconstruye para concluir en una serenidad relativa y vulnerable, a la espera de nuevas amenazas que por ahora se esfuman, como un cielo oscuro que se va alejando y dando descanso al alma.
Esta reconstrucción se logra con recursos musicales sutiles y magistrales: después del bloque disruptivo de los metales, la música vuelve con un oboe y clarinete que retoman la melodía principal de forma suave y lírica, acompañados por pizzicatos en las cuerdas que dan un toque de fragilidad y respiro, seguido de un diminuendo gradual que resuelve en una cadencia serena, con las maderas y cuerdas bajas creando un velo de paz temporal. El final propone otra salida: el motivo inicial regresa transformado en un gran gesto afirmativo. ¿Triunfo? Puede ser. Pero no definitivo. También podría oírse como una afirmación necesaria frente a algo que sigue ahí, sin desaparecer del todo. Una tregua.
La voz como puente
Volvemos entonces al punto de partida: ¿qué significa que una orquesta tenga una “voz” en un programa así? No parece tratarse sólo de tocar bien o de sonar de forma homogénea. Aquí la cuestión es otra: sostener la tensión sin precipitarse para superarla. En Tchaikovsky, la música se enfrenta, resiste, afirma. En Berg, se recoge, acata, pero transforma. Son gestos distintos, casi opuestos. Y sin embargo, la orquesta tiene que hacerlos convivir. Ahí está quizá el verdadero reto: no unificar, sino asumir esa diferencia sin que se rompa el hilo.
Coda
Acaso la pregunta inicial no tenga una respuesta completa. O tal vez la respuesta no consista en resolver la tensión, sino en sostenerla. Si la orquesta logra encontrar esa voz —no una voz que simplifique, sino una que mantenga abiertas las preguntas—, entonces el concierto (la palabra lo dice, en su propia etimología tardía: diálogo e integración) habrá alcanzado algo más que coherencia: habrá dado forma audible a una experiencia profundamente humana.
En un plano más íntimo, el concierto tendrá además un momento singular: Alfonso Scarano dirigirá por primera vez en Mérida a su hijo, el violinista Valerio Scarano. Más allá de lo anecdótico, el gesto adquiere una resonancia particular, quizá involuntaria: en un programa atravesado por la memoria, la pérdida y la transformación del dolor, la presencia de padre e hijo en escena introduce, sin proponérselo, una idea de continuidad: la música como herencia viva.
Programa 5 – Orquesta Sinfónica de Yucatán
Dirección: Alfonso Scarano / Solista invitado: Valerio Scarano (violín)
Piotr Ilyich Tchaikovsky – Sinfonía n.º 5 en mi menor, Op. 64
Composición: mayo–agosto de 1888
Estreno: 17 de noviembre de 1888, San Petersburgo
Director: Pyotr Ilyich Tchaikovsky
Duración aproximada: 45–50 minutos
Orquestación:
- Maderas: 3 flautas (la 3ª doblando piccolo), 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots
- Metales: 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba
- Percusión: timbales
- Cuerdas
Alban Berg – Concierto para violín “En memoria de un ángel”
Composición: abril–agosto de 1935
Estreno: 19 de abril de 1936, Barcelona
Solista: Louis Krasner
Director: Hermann Scherchen
Duración aproximada: 25–30 minutos
Orquestación:
- Solista: violín
- Maderas: 2 flautas (una doblando piccolo), 2 oboes (uno doblando corno inglés), 2 clarinetes, 2 fagots
- Metales: 4 trompas, 2 trompetas
- Percusión: timbales, bombo, caja, platillos, triángulo
- Otros: arpa
- Cuerdas

