Vitorean a Scarano en su último recital con la OSY

El paso por Mérida del director italiano Alfonso Scarano no dejó a nadie indiferente y puso el listón muy alto en la Orquesta Sinfónica de Yucatán. La aclamación fue larga e insistente, con vítores por doquier, ratificando el éxito anterior y validando la conducción del maestro, según cuenta John Vaquero.

El segundo concierto de Alfonso Scarano con la OSY, los 26 y 28 de septiembre, cerraba su participación al concurso destinado a decidir cuál de los cuatro grandes maestros finalistas dirigirá la Orquesta Sinfónica de Yucatán en los próximos años. El  programa propuesto por el director italiano responde, según sus declaraciones a la prensa y en la charla previa al concierto, a su exigencia de poner de manifiesto la calidad de la orquesta, tocando temas muy distintos, y a diferencia de la primera presentación, sin solista invitado pero con solistas de la OSY -violín, violonchelo, oboe, trompeta, arpa- que pudieron lucirse con un repertorio cuyo punto álgido era la Suite del Lago de los Cisnes, precedida por obras todas ellas muy conocidas, hasta más allá del público tradicional.

La primera parte del concierto, a pesar de su diversidad musical, tenía una coherencia temática indudable, al tratarse de piezas patrióticas y en algunos casos de oda a la libertad contra la opresión. Empezó con la Obertura de Nabucco de la ópera de Verdi, (Scala de Milán, 1842) que a través de la desgracia del pueblo hebreo desterrado por Nabucodonosor evoca alegóricamente la aspiración a la emancipación de Italia, en tiempos turbulentos del siglo XIX. Lo que quizás llame más la atención, para quienes tienen en memoria la ópera propiamente dicha, es el oboe y la flauta/clarinete del ‘Va, Pensiero’, magistralmente tocados por Alexander Ovcharov, Joaquín Melo y Paolo Dorio, por sólo citar a los principales.

El tempo de la obertura es distinto al de la ópera, y la melodía, al estar “encerrada” entre dos partes rápidas y enérgicas, es todavía más emocionante. Hoy definiríamos esta composición como un montaje musical, o algo parecido, pues Verdi seleccionó, antes de saber todavía cómo reaccionaría el público, los momentos fuertemente dramáticos, en particular ‘Il maledetto non ha fratelli’, Allegro interpretado hasta tres veces, y el ‘Va, Pensiero’ (una sola vez), así como los temas de los sacerdotes de Baal y del cara a cara entre Abigaille y Nabucco en el tercer acto.

Después de tan majestuosa entrada en materia, disfrutamos de la Obertura Egmont (Viena, 1810), música incidental con la que Beethoven adorna la tragedia homónima de su admirado Goethe, donde se evoca la resistencia y el martirio de un héroe flamenco del siglo XVI contra el imperio español. Es heroica en su narrativa, pues ensalza a un mártir de la libertad, cuya gloria moral coincide, en la ‘Victoria’ final, con su decapitación por el opresor. Como en el caso de la Obertura anterior, se condensa la tensión dramática de la obra en unos minutos, con una construcción lento-allegro.

Arranca con un Sostenuto ma non troppo que evoca la lucha, la resistencia contra la tiranía, antes de un interludio sentimental con el amor de Clara, personaje ficticio que simboliza la aspiración a la libertad -¿una Marianne avant la lettre?- y culmina con un crescendo al que podemos asociar la imagen de Egmont subiendo al cadalso del sacrificio. Aprecié en esta interpretación de la OSY una orquesta al unísono, absolutamente comprometida con una elaboración artística precisa y solidaria, bajo la dirección sobria de Scarano, sin aspavientos pero absolutamente segura de sí misma.

El tercer opus de la noche fue la Danza Eslava No 2 (Praga, 1887), que forma parte de las obras donde Dvorāk recrea cierto legado musical de Europa oriental. Es un maravilloso Allegretto grazioso, inspirado en la dumka ucraniana, aunque algunos críticos como Aurélie Loyer también notan la influencia de la mazurca. Lo cierto es que ni los especialistas perciben a veces la filiación exacta de las danzas de Dvorak, debido al nivel de reelaboración de sus composiciones, bastantes alejadas del patrimonio popular heredado.

El lirismo suave y soñador, incluso melancólico, de esta composición venía como un bálsamo después de tanto sufrimiento y épica presentes en las dos obras anteriores. El violín del Primer Concertino tuvo aquí su primer momento de lucimiento, acompañado por el piano antes de que se le unieran otros instrumentos de la orquesta. La segunda melodía es más rápida y enérgica.

La primera parte del concierto concluiría con El Danzón No 2 de Arturo Márquez (1994). Todo se ha dicho y escrito sobre esta obra que representa hoy a México en el mundo entero. Siempre es un placer volver a escuchar un “himno” tan emblemático. La primera parte es melódica y nostálgica, íntima, casi pegadiza, empezando esencialmente con clarinete, variando tonos y tempos instrumentales, aunque luego irrumpen ritmos más impetuosos, por ejemplo el de metales y violonchelos, probablemente el más espectacular, alternando con motivos más apacibles, con clarinete de nuevo y los viento madera, piano o violín, antes de que el opus culmine en una coda en tutti alegre, divertida y casi exuberante.

Después del intermedio nos esperaba lo que Alfonso Scarano había llamado en la charla previa el ‘corazón’ del concierto, con la Suite de una de las obras mayores de Tchaikovsky, compositor “completo”, el mayor de los halagos en boca del  Huésped italiano, quien se define a su vez como ‘director completo’, tal y como lo demuestra su grandísima trayectoria en los últimos treinta años.

La Suite del Lago de los Cisnes es posterior a la muerte de Tchaikovsky, y fue establecida en 1900 por su editor Piotr Jurgenson. El maestro Alfonso Scarano decidió presentarnos una versión larga y personalizada por él mismo, añadiendo al repertorio habitual tres piezas del tercer acto: Danza española, Danza napolitana y Mazurca, incluidas antes de la escena final correspondiente al cuarto acto. Se trata de una especie de ‘best off’ orquestal (que me perdonen los puristas por una expresión tan poco académica), no exactamente lineal, del Lago de los Cisnes, que alterna páginas líricas con otras dramáticas, o también más ligeras.

Empieza con el lucimiento del arpa de Alejandra de Ita López y del obeo de Alexander Ovcharov, en un ambiente feérico. Sigue un poco más adelante, después del vals, La Danza de los cisnes, particularmente conocida más allá del público habitual, en la que se distinguen particularmente los madera viento; y el Pas de deux de Odette y del príncipe Siegfried, siempre tan esperado, correspondiente al segundo acto, con solo de arpa y solo de violín melancólico y emotivo, magníficamente interpretado por el Primer Concertino de la Orquesta, Cristopher Collins, seguido por el diálogo lánguido y estremecedor con el violonchelo de Veselin Dechev.

Este diálogo musical acompaña en el ballet el encuentro entre Odette (el cisne) y Siegfried a orillas del lago. En aquel momento culminante de la obra, la tristeza de Odette la expresa el violín con sonidos agudos y le responde el violonchelo, encarnación de la voz grave de Siegfried, quien la compadece y le declara su amor. Personalmente fue la parte de la Suite que me resultó más conmovedora, con un silencio sepulcral del público, inmóvil y hasta postrado, absolutamente entregado.

Los fragmentos introducidos por Scarano demoran el desenlace, pues lo que sería una rápida transición en la suite original, con una Danza húngara, se convierte aquí en la sucesión de cuatro danzas nacionales, permitiendo a la orquesta desplegar todo su potencial; por ejemplo con la Danza española, deliberadamente exótica y efectista. Después de un recorrido pintoresco por Hungría, la península ibérica, Italia y Polonia, la Suite concluye como el ballet, con la desesperanza de Odette expresada por los instrumentos de cuerda, antes del último encuentro de los amantes y su trágico destino en el lago. El arpa aporta finalmente paz y redención tras la tempestad.

Tras un inicio del concierto un poco alterado por la parte del público que iba entrando entre las diferentes piezas pues llegaba tarde por el caos urbano de un viernes de inundaciones y apagones, y hasta con algún grito de bebé en los primeros compases de la obertura Egmont de Beethoven (¡!), esta segunda parte se interpretó en un silencio absoluto, con una concentración extrema tanto de la orquesta como de la sala. La aclamación, muy merecida, fue larga e insistente, con vítores por doquier, confirmando así el gran éxito que ya pudimos presenciar en el concierto del fin de semana anterior y validando así la dirección del maestro Scarano.

El paso por Mérida del director italiano no dejó a nadie indiferente y pone el listón muy alto en este emocionante Final Four de la OSY. En las cuatro próximas semanas se presentarán los prestigiosos directores mexicanos Enrique Barrios y Enrique Diemecke, en una temporada que está cumpliendo todas sus promesas y deja muchas expectativas de lo que está por venir.

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