De la imposibilidad de leer o los trastornos de una madre lectora

Quisiera iniciar este escrito con la seguridad con la que Virginie Despentes inicia su ensayo Teoría King Kong (Random House, 2018), pero no puedo. Desde que me convertí en madre me he vuelto no solamente vulnerable ante cualquier situación, sino también me he convertido en la persona que más culpa carga en el mundo. Mucho se ha dicho de cómo una mujer debe llevar la maternidad, sobre todo cuando eres una mujer trabajadora, controladora de la cocina y la limpieza del hogar (en todos los sentidos); pero nadie ha sentenciado los deberes de una madre lectora. Ahora tomo este espacio para escribir sobre los trastornos de la lectura, para todas aquellas mamás histéricas por no poder leer, para todas las excluidas del gran mercado de la buena madre (parafraseando a la autora mencionada).

También tengo el deseo de divagar sobre los libros que pacientemente esperan en mi mesa de noche a que mis ojos se dignen a poseer sus líneas. Novelas merecedoras de un lector exigen ser leídas por mis ojos. Pero, una madre de familia, ¿cuándo puede realizar el acto de leer?

La autora Virginie Despentes.

Soy madre a la doble potencia. Ser maestra es uno de los trabajos más reconfortantes que existen. Es cierto que todos los días se aprende algo nuevo, pero cuando eres maestro, al igual que con la maternidad y con la lectura, cada día tu experiencia se vigoriza. Sin embargo, me siento amenazada por el tiempo, por las responsabilidades de la estúpida madurez, del magisterio, de la maternidad y del tiempo encantado con mi pareja.

Quisiera leer cada vez que me apetece. Mis deseos rinden tributo a un espacio: una lámpara, un diván, un librero infinito, unos lentes y unas cervezas. Cuando intento leer no puedo; cuando me esfuerzo, traigo a la mente la imagen de Tavik Frantisek Šimon: “Vilma leyendo un libro” y surge una furia que tengo que acallar en lo más profundo del ser. Y créanme que no estoy utilizando hipérboles. Cuando intento leer irrumpe una vorágine que me golpea con las planeaciones didácticas, los compromisos laborales, la ropa sucia, exámenes, fechas, el fútbol infantil, los trastes sucios, etc. Después de tal torbellino viene el cansancio, me sumerjo en el sueño, me obsesiono con el tiempo, me preocupo por levantarme temprano, por las horas en el auto (mi único tiempo para ser creativa), hacer un poco de ejercicio y seguir con el rol de madre.

Tavik Frantisek Šimon – Vilma leyendo un libro

Mi salud lectora está en riesgo. Estoy enferma, incapacitada para leer lo que quiero, como la gimnasta que sufre una fractura y no puede hacer lo que más le gusta –eso sí: siempre hay tiempo para leer lo necesario para mis clases de literatura y filosofía-. Estoy fracturada y nadie tiene la culpa.  Simplemente no hay tiempo para las páginas que quedan por leer.

Extraño las lecturas cuando estaba perdida en la inmadurez. Añoro las lecturas en el camión a las seis de la mañana mientras me dirigía a la universidad o en las horas nocturnas cuando iba al centro de la ciudad los fines de semana. Cada que una página me ventila el rostro pienso en la culpa que me impongo porque primero hay que ser madre y hay que ser cumplida en el trabajo. Admiro hasta la médula a aquellas mujeres que lo pueden todo. Siempre trato de imaginarme cómo dividen su tiempo para realizar mil actividades y todavía así les queda espacio en su agenda para recomendar un libro al día. En mi caso siempre habrá tiempo hasta para la culpa, pero no para los libros.

Estimado lector, cuando veas a una madre sin una sonrisa en los labios, es muy probable que aún no haya podido encontrar un tiempo y un espacio para hacer lo que más le gusta. Sin importar si se trata de leer u otra cosa, lo mejor que podrías hacer es regalarle ambos. Al menos yo sé que te lo agradecería.

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