El Artista debe siempre y en toda circunstancia desconfiar de las bajadas de línea de los poderes de turno, en cualquiera de sus formas. También cuando la oficialidad defiende posturas próximas a lo que él piensa: me arriesgaría a proponer que el artista debe velar sobre su independencia, sobre todo cuando hay (presunta) proximidad ideológica entre él y los que mandan. Siempre hubo historias oficiales, consignas a los artistas, impuestas, explícitas o sugeridas; entre otros aspectos en lo concerniente a la apología de personajes históricos, héroes de la patria, mártires de la causa en turno, regeneraciones variopintas, nuevos amaneceres en gestación, etc…
Hoy, con todo lo que sabemos acerca de la propaganda en sus distintas modulaciones y sobre la extrema insistencia de los poderes constituidos, del signo que sean, pero sobre todo de aquellos que han integrado la noción de batalla cultural, para instrumentalizar a los intelectuales y a los artistas, éstos, más que nunca, deben resistir, cada uno a su manera. No hace falta ser un héroe redentor ni sacrificarse, no se les pide tanto. Hay otras formas de no seguir “la même route qu’eux” (la misma ruta que ellos), como cantaba Brassens.

El “protocolo Shostakovich” no está nada mal, por ejemplo. Esa expresión la uso para evocar la actitud de aquel gran compositor ruso que nunca confesó públicamente su disidencia, su desacuerdo con el estalinismo soviético; tampoco se fue del país. Decidió seguir, quizás, la vía menos gloriosa, quién sabe si para protegerse él, o a su familia, pues era común por parte del totalitarismo comunista organizar represalias crueles contra el entorno de quienes osaban oponerse a la tiranía del régimen.
¿Qué hizo entonces? Casi nada, algo de arte, en respuesta a la política y al adoctrinamiento. Cuando le pidieron que compusiera unas obras para celebrar, primero la guerra contra el nazismo, y finalmente la victoria soviética, no se negó; nunca se negaba. Compuso la Novena Sinfonía, recientemente interpretada, por cierto, por la Orquesta Sinfónica de Yucatán bajo la dirección de Enrique Diemecke.

En aquel opus incorporaba un maravilloso segundo movimiento, sutil y melancólico, sobre la guerra, intercalado entre un principio y un final que nos sugieren, irónicamente, una fiesta fingida, de farsa musical rayando en lo burlesco, donde reduce a los supuestos vencedores oficiales que querían ser homenajeados (la Nomenklatura) a una recua de payasos ridículos y vulgares. No siempre conseguía engañar a los poderosos, y tuvo muchos problemas, pero a su manera fue fiel a sí mismo y no se convirtió en lo peor que le podría haber pasado: ser un artista oficial.
La distancia para con los credos y catecismos en vigor en el lugar y la época que le toca vivir, incluso (¿especialmente?) cuando parecen innovadores e irreprochables, comparados con injusticias pasadas, debe ser la linterna que guíe al artista y al intelectual por el laberinto oscuro de los trabajos más o menos por encargo, subvencionados, aquellos que corresponden al Año de esto, la Conmemoración de eso, la Visibilización de aquello y un largo etcétera de ítems culturales promovidos desde las oficinas.
Distancia, sano escepticismo, un espíritu crítico que no sea unidireccional ni con distintas varas de medir, según de donde vengan los llamados, los programas y proyectos varios… Dice Alain Finkielkraut que hay que cuestionar todas las “verdades”, y quizás en primer lugar aquellas que vienen de “los tuyos”. Buscar la verdad no significa encontrarla, hay complejidad y contradicciones en todos los intersticios de la vida y en cualquier biografía. La apología de personajes, de ideas o de doctrinas, sean cuales fueren, es lo más opuesto al arte, y probablemente a la verdad.
Dicho esto, el deconstructivismo sistemático o, peor todavía, el wokismo aplicado ferozmente a la cultura y al arte son la última trampa del conformismo; éste siempre se recicla, y renace, inextinguible, como un ave fénix maligno. Las maderas de su inmolación, según el mito, son aromáticas. Artistas e intelectuales, resistan a los aromas de la seducción. ¡Resistan…!

