Las bodas alquímicas de Julieta Corona

Este relato forma parte del libro "Érase una vez en México", de Armando Saldaña Salinas, el cual fue publicado por la editorial La Tinta del Silencio. Está formado por doce cuentos entretejidos, que bien pueden leerse como un conjunto de relatos que como una novela corta, según le plazca al lector...

El siguiente relato -o fragmento- forma parte de la novela “Érase una vez en México”, de Armando Saldaña Salinas, la cual fue publicada por la editorial La Tinta del Silencio. Está formada por doce cuentos entretejidos, que bien puede leerse como un conjunto de relatos que como una novela corta, según le plazca al lector…

1799

El siguiente fragmento pertenece a Reflexiones de un viajero sin nación (Méjico, Imprenta de la Unión, de V. Alemán y E.J. Gómez, 1821. 168 p. [p- 103-118], 20 cm.), en efecto, el capítulo VII de tal volumen. Es de mencionar que el libro fue publicado anónimamente. Solo años después, en 1833, es que su autoría es adjudicada al mexicano Bernardo Salamanca, gracias al trabajo investigativo de Umberto Bocanegra. A lo largo de una vida azarosa, Salamanca fue un aventurero, librepensador, escritor, diplomático, filósofo, libertino, y agente secreto de varias naciones.

            Las Reflexiones están escritas como una Confesión, pero si se leen como ficción podrían considerarse como un romance, si bien también comparte similitudes con las novelas picarescas y góticas que tan en boga se encontraban entonces.

            Se sabe mucho y poco de la vida de Bernardo Salamanca. Varias historias circulan en torno a su figura, la mayoría no certificadas y muy probablemente apócrifas. Algunas están narradas con mayor lujo de detalle en distintos capítulos de las Reflexiones, mientras que otras brillan por su ausencia. A Salamanca, igual que a sus contemporáneos Casanova y el Conde de Cagliostro, le gustaba cultivar un aura de misterio y contradicciones a su alrededor.           

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Salamanca acompañó a Francisco de Miranda, “el primer venezolano universal” en varios viajes y aventuras (y, en efecto, varias de las historias asociadas al de Caracas en realidad pertenecen a Salamanca) y es con él que participa en la Revolución de Estados Unidos, de carácter republicano tan cerca a los ideales de Salamanca, en particular en la sangrienta batalla de Pensacola en 1781. Acompañado por el notorio aquelarre de las “Deerfield Witches”, que pronto se verían obligadas a huir de la nueva nación, Salamanca conoce a George Washington en Filadelfia cuando este venía de recibir el control militar de Nueva York tras el fin de la guerra.

            En 1783 viaja a Francia y en La Rochelle traba amistad con Pierre Choderlos de Laclos, quien acababa de publicar su infame Les Liaisons dangereuses apenas el año anterior y que gozaba ya de cierta reputación. En 1784 visita la prisión de Vincennes donde conoce a un reo solo nombrado como “Monsieur le 6”, que le enseña las notas de un manuscrito al que dedica todo su tiempo.

            En San Petersburgo, la noche de Walpurgis de 1784, al lado de otros representantes de las trece logias, atendió una demostración de los famosos autómatas del recién finado Jacques de Vaucanson, en alguna época el haut ton de los salones de París y Londres, entre ellos el pato de relojería que defecaba, y el prodigioso Joueur de Flûte, el Flautista. Todos los invitados (y los autómatas) iban vestidos de rojo y negro, rodeados por cortinas de satín rojo con listones de orquídeas negras, e iluminados por velas de ambos colores en los candelabros. Los hombres en sus chaquetas ajustadas de terciopelo negro (o, en el caso de Salamanca, en terciopelo rojo) y las damas en sus vestidos escarlata. Es en esta exposición donde Salamanca adquiere varias piezas, a precios exorbitantes pagados de buena gana por sus patrocinadores del Club Noviembre en la capital de la Nueva España, incluyendo a la legendaria Justine, la cortesana mecánica. Tras las violentas purgas de la Revolución Francesa, estos autómatas que compra son los únicos que sobreviven de la obra de Jacques de Vaucanson. Hasta el día de hoy permanecen en la colección privada del Club Noviembre en su mansión del Pedregal.

            Decide quedarse algunos años en la corte de Catalina la Grande, Ekaterina Alekséyevna, Emperatriz y Autócrata de Todas las Rusias, pero para Bernardo solo Sofía, su amada Sophie (a pesar que la soberana ya tenía casi sesenta y le llevaba más de treinta años) hasta que es invitado por sus amigos Jacobinos a unirse a la Revolución Francesa, y hecho ciudadano de Francia al instante. El 5 y 6 de octubre de 1789 interviene en las jornadas versallescas y redacta, con Brisot, la petición que provocó la Masacre del Campo de Marte. Es en París donde se vuelve a encontrar a su viejo compañero Francisco de Miranda que, sin embargo, al militar con los girondinos, se vuelve un feroz oponente a las ideas de los aliados de Salamanca. Bajo órdenes de la Asamblea Nacional Constituyente realiza varias misiones clandestinas bajo un sinfín de identidades falsas, entre ellas la de “Arnoux Saint-Maximin”. Es bajo este alias que rescata el manuscrito original de su viejo amigo Monsieur le 6 de los calabozos en la Bastilla cuando es tomada por el pueblo. Es gracias a esto que el texto completo de Los 120 días de Sodoma es salvado para la posteridad.

            Tras sus experiencias con el Terror, regresa a México desilusionado por los ideales revolucionarios. En una carta a Juan Cuervo fechada el 27 de agosto de 1797 escribe:                  

                  El día que Thomas Paine fue arrestado por órdenes directas de Robespierre

                 fue el día que decidí abandonar la ciudad de París y Francia en general. No

                 solo era la máxima traición a nuestros principios e ideas, sino que en asuntos

                 más prácticos me había quedado sin mi último aliado en la Convención Nacional,

                 un buen amigo desde los días de la Asamblea. Sin duda, el Comité de

                 Salvación Pública pronto giraría una orden de aprehensión en contra mía.

                 Fue solo hasta varios meses después, sin embargo, en Germinal 1, escasas

                 dos semanas antes de la ejecución de Danton, cuando por fin pude efectuar

                 mi huida. Me refugié en España, donde tampoco era bien visto debido a mis

                 actividades políticas, pero donde por lo menos todavía tenía amistades

                 dispuestas a ayudarme. Tras varias semanas escondido como una rata,

                 finalmente logré pasaje de vuelta al Nuevo Mundo a mediados de Messidor

                 de aquel año. Después de una travesía sin mayores percances, el puerto de

                 Veracruz me recibió y puse pie en México un buen día de Thermidor

                 (irónicamente, el mismo día que la cabeza de Robespierre rodaba en la Plaza

                 de la Concordia). Mientras te escribo estas líneas miro mi viejo sombrero

                 bicornio, que me acompañó a lo largo de toda mi larga odisea de la Francia

                 del Terror hasta mi regreso a México, abandonado en un rincón. La

                 escarapela tricolor sigue pegada en un costado. Me he hecho viejo, después de

                 tantos años dando tumbos. Difícilmente puedo creer que es mi sombrero.

                 Todas esas desventuras más bien parecen la vida de otra persona. Me

                 encuentro perdido ahora que estoy de vuelta en mi país de origen…

 

Era el mediodía del Jueves Santo cuando la Luna se arrastró lentamente frente al sol y se formó un anillo de fuego en los cielos de la muy noble y leal capital de la Nueva España y volvió al día en noche.

Julieta observó el eclipse por unos segundos antes de regresar la mirada hacia adelante y continuar nuestro camino. Dos pasos detrás de ella, el paquete envuelto en mi mano y la ganzúa de metal bajo mi hombro, me apuré por alcanzarla.

Caminando hacia el sur, nos alejamos de las alacenas y bodegas del Parián y salimos de la Plaza Mayor, donde los mercaderes habían cesado sus gritos pregonando su mercancía y volteaban hacia arriba boquiabiertos, en dirección a la plazuela del Volador, donde sombras de petate y tejamanil protegían los puestos y figones del sol que ya no estaba. Hasta aquí se escuchaban los gritos asustados de los verduleros y sus clientes en la Merced a una cuadra.

A nuestra derecha estaba el Portal de las Flores, donde los indios habían dispuesto las hortalizas y flores, recién traídas a la capital esa misma madrugada desde sus chinampas que habían viajado por la acequia que atravesaba la ciudad de oriente a poniente. Cruzamos una calle más hasta alcanzar el pequeño Mercado de Jesús y sus artesanías baratas. Vagos que se ganaban su miserable sustento extendiendo la mano estaban parados a mitad de la calle, la mano todavía extendida, y miraban con ojos desorbitados el halo de fuego en el cielo.

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