El viernes 30 de enero de 2026 a las 20:00 horas, tuvo lugar el concierto número 3 de la temporada Enero – Junio de la Orquesta Sinfónica de Yucatán bajo la conducción de Alfonso Scarano como director artístico titular y la participación como músicos invitados en la ejecución de las tubas wagnerianas Jaime Rios, Daniel Cabezas, Joanna Díaz y Julio Zamora; el violista David Silva; la violoncelista Enma Carbonell; los contrabajistas Oscar Terán, Ricardo Silveira y Raúl Fernández; el trompetista Eduardo Aquino, además del trombonista Erick Martínez.
Una orquesta reforzada sobre todo en los metales no solo por la inclusión de las tubas wagnerianas, sino también de otros instrumentos de esa familia. Por su duración y complejidad la interpretación de la séptima sinfonía de Bruckner es toda una hazaña y más aún si se dirige de memoria como lo hizo Scarano.
Celebramos la inclusión del trabajo de este compositor de quien ya tuvimos ocasión de escuchar su cuarta sinfonía meses atrás, en septiembre del año pasado bajo la misma batuta en el contexto del concurso por la titularidad de la dirección artística de la OSY y esperamos con gran expectación la continuación del ciclo con el que se le rinde homenaje a este compositor nacido hace doscientos años.
Pese a que no se trata de un autor tan invocado como la tríada que conforman las tres B de la música clásica, Bach, Beethoven y Brahms u otros como Haydn, Mozart, Schubert o Chopin, que están claramente en las preferencias del público, resultó muy gratificante el ver un lleno casi total en el auditorio del Palacio de la Música este viernes pasado.
Luego del “ritual” de la afinación en que suena la nota que convoca a todos los instrumentos de la orquesta y dispone al público para dar inicio al concierto, a los pasos firmes del director que se aproxima al podio y los aplausos que lo reciben, sigue el saludo de cortesía, y ya de frente a la orquesta se hace el silencio que tras pocos segundos da paso a un leve murmullo en que vibran las cuerdas que hacen fondo a la entrada del tema con una dulzura que es como una meditación que inspira añoranza, lentamente se van sumando los alientos y aquí el prodigio de la interpretación que exige no solo la destreza musical, sino también la comprensión espiritual de la obra y la conciencia de unidad que demanda la batuta.
Sin salir de la atmósfera del allegro moderato, cada instrumento, cada sección que se suma al conjunto enfrenta momentos de extrema tensión y breves pasajes ligeros donde es posible respirar a fondo para retomar esa nostalgia que es a la vez inspiración y reto. Quizá el mayor desafío interpretativo de esta sinfonía desde el punto de vista anímico se presente en el adagio que exige, según lo pide el compositor, en un transcurrir “muy solemne y muy lento.”
La exigencia de contener la profundidad de los sentimientos que contagia la partitura en este segundo movimiento, donde la premonición de un dolor y el desenlace de un luto invaden cada compás, demanda un gran temple ante la dificultad de conjugar el dramatismo un con una ejecución técnicamente limpia y eficaz. Apostar por la perfección técnica sin imbuirse en el espíritu de la composición daría como resultado una ejecución fría, sin sustancia, de ahí la necesidad del equilibrio y en momentos la contención para conseguir lo que consiguió Scarano y que cautivó a la asistencia.
En los dos movimientos subsiguientes se dio el rescate, ante la solemnidad el ritmo, la agitación, ante el duelo la redención. Al final la orquesta plena, el sonido en plenitud. Entre la ovación el director visiblemente satisfecho bajó del podio para dirigirse a saludar a cada miembro de la orquesta, uno por uno, un gesto conmovedor que el público siguió con el corazón en la mano. Un programa en cierto modo difícil, una gran pieza de 75 minutos de duración y sin intermedio, que sin embargo fue asimilada y disfrutada por la concurrencia que no mostró fatiga y aplaudió de pie con gran entusiasmo.

