Fuente de un incesante imaginario, individual, colectivo; constante fuente de miedos, mitos, relatos de todo tipo, y por supuesto, un cúmulo de metáforas, la enfermedad es esa pesadilla subyacente que nos toca a todos sin excepción. La enfermedad pone en entredicho a los dioses humildes y frágiles de la felicidad, transforma, trastoca, nos fuerza a la decisión, nos coloca en la encrucijada. La enfermedad es una presencia que gira en círculos, que acecha y nos transforma y es la enfermedad la que también se convierte en un personaje literario de la mano de los narradores.
Cuando François-Renée Chateubriand supo que, y cito: “Nuestra vida entera transcurre dando vueltas alrededor de nuestra tumba; nuestras distintas enfermedades son soplos de viento que nos acercan más o menos al puerto”. Y es de estos soplos de viento de lo que hablaremos aquí.
Hace cien años, el siglo vigésimo entraba con su estela de muerte y destrucción con la filigrana verbal de un enfermo de asma: Marcel Proust. Un enfermo profesional que escribe recostado en su cama, desde ese “yo encarnado” (un yo fenomenológico), haciendo visible la verdad y la realidad del mundo, desde ese cuerpo que cada artista necesita para dejar pasar la luz caleidoscópica. Un enfermo a quien le cuesta conciliar el sueño, tose constantemente, le dan alergias los cerezos en flor, el polen y los ácaros, las constantes infecciones respiratorias, y el frío corporal; que tiene que viajar con un abrigo a todas partes, le falta la respiración de vez en cuando y posee una sensibilidad tan delicada a los estímulos externos que tiene que forrar con corcho las paredes de su habitación.

Proust tiene un oído finísimo no solo para los molestos ruidos exteriores, sino también para el entramado del mundo social, para las minucias de casi todos los temas. Si “Balzac pintó un mundo. Proust pintó al mundo” en ese monumento literario dedicado al ser subjetivo imbricado en el contexto histórico y social de la Belle Époque, cuyos reflejos dorados todavía nos llegan, llamado En busca del tiempo perdido, testimonio y novela sobre una época que retrató con la minuciosidad de un entomólogo, con una precisión quirúrgica que pudo haber heredado de su padre, el doctor Adrien Proust, epidemiólogo, patólogo.
Pero Marcel Proust no quiere practicar esa rama de la literatura llamada “medicina” sino esa rama de la medicina que algunos llaman “literatura”, concepto, ya bien mirado, bastante vago e impreciso y en perpetua discusión. A Proust le interesa otra cosa: la expresión artística de un polímata curioso de la condición humana y social, en la enfermedad, tanto física como mental, en las distintas patologías, como la histeria; en los trastornos maniacodepresivos; en las parafilias, en la sexualidad. La obra de Proust es omnisciente y total porque es humana y refleja su ser, su “estar en el mundo” desde su condición de hipersensibilidad de enfermo crónico.

Estas reflexiones nos llevan a pensar si tal vez es la enfermedad la que se manifiesta en la obra, o si esta misma obra es una sublimación de un síntoma, una queja soterrada que sale a luz en la forma, la expresión, la creación de valores artísticos. Nos preguntamos si la tuberculosis incidió en la sensibilidad de las obras de Franz Kafka o si la progresión de la sífilis condujo a Nietzsche a modificar sus patrones de escritura, o incluso sus ideas filosóficas. Cuando el filósofo pide perdón a un caballo por la crueldad de un mundo convulso que no pide tregua ni descanso, nos preguntamos siempre qué pudo haber cambiado en su “yo encarnado”, en su “estar en el mundo” fenomenológico derivado de una enfermedad y su proceso degenerativo que lo condujo a abrazar al animal y pedir perdón por los pecados de la humanidad. Nos dice Borges que “la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres […] Todo entre los mortales tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”, esto tiene mucha relación con aquello que determina que exista el escritor, el artista que se sabe mortal, con los días contados y esa terrible certidumbre (o incertidumbre) que les da la impronta a nuestros actos, a nuestra visión de mortales. Hacemos arte porque somos finitos y contingentes.

Cuando Thomas Mann escribió Dr. Faustus, todavía se consideraba a la enfermedad como facilitadora del genio: sus efectos orgánicos y psicológicos modifican la percepción, conducen al individuo a un estado de conciencia alterado. Tomemos el ejemplo de la sífilis, que era la enfermedad padecida por Adrian Leverkhün, el personaje central de la citada novela: la obra usa la enfermedad como una metáfora del genio creador, como algo que conduce a la creación, algo que incide. Y lo mismo pasaba en el siglo XIX y parte del siglo XX con la tuberculosis: se le asociaba a personalidades sensibles y emocionales. Se crea el mito de la “dama de las camelias”: la mujer blanca, lánguida, demasiado sensible y sentimental. Fueron esos malentendidos sobre la enfermedad por lo que se le asoció con el genio: John Keats, Lord Byron, Emiliy Brontë, Franz Kafka, todos ellos tuvieron tuberculosis.
Antón Chejov, también, pero Chejov había sido médico practicante, entonces era juez y parte de este proceso. Se asociaba a la tuberculosis con la emocionalidad extrema, el paroxismo creativo, el arrebato sentimental, la sensibilidad desproporcionada. Si la antigua Grecia explicaba el genio a partir de la divinidad y de la Musa, el siglo XIX, tan positivista, tan empirista, buscaba explicarlo a nivel fisiológico. Se trata de un mito, desde luego, porque el genio creativo se presenta con o sin la enfermedad, pero también es una verdad que la condición médica influye sobre la creación, sobre la percepción del mundo.

Thomas Mann retoma ese mito romántico que asocia el genio y la enfermedad para concebir a Adrián Leverkühn en Dr. Faustus: la condición fáustica puede ir más a allá de las entidades diabólicas o mefistofélicas, puede dejar de ser religiosa para volverse moderna, cartesiana, científica. Se puede pactar con la bacteria Treponema pallidum por veinte años de actividad creativa, de gloria artística. Leverkühn es un pianista prodigioso que aspira a una obra genial. Si bien, en la obra de Mann se menciona a Mefistófeles y el demonio, la condición faústica puede explicarse como algo más mundano.
Hay una lectura política en Dr. Faustus: la idea de que podemos pactar con algo siniestro para conseguir nuestros fines personales, en este caso, la sífilis. Una enfermedad contagiosa es vista como una metáfora sobre la maldad, la corrupción de Occidente, la podredumbre que infectó Europa; pero también, es un pacto con la ideología. Ésta, como cualquier conjunto de ideas que se propaga, tiene algo de virulento. Leverkühn pacta con la sífilis del mismo modo que Alemania pacta con el nazismo y las ideas supremacistas de Hitler. Lo fáustico nos persigue: se pacta con la revolución industrial, con el capitalismo de datos, con la energía nuclear, con la robótica y la inteligencia artificial.

Mann no se detendrá en la sífilis: hablará del cólera en Muerte en Venecia y de las enfermedades respiratorias en La montaña mágica. Usará la enfermedad desde su carácter simbólico para expresar sus preocupaciones, sus ideas políticas y filosóficas. Susan Sontag en su ensayo La enfermedad y sus metáforas nos advierte sobre los usos políticos de ese cúmulo de simbolismos asociados a la enfermedad y los enfermos, y que se manifiesta en el lenguaje, en el discurso público, en las narrativas creadas por los medios de comunicación y en las artes.
Para Sontag, la enfermedad está asociada con términos como invasión, castigo, decadencia, guerra, transformación, identidad. Metáforas y alegorías que abundan incluso en nuestros tiempos: el algún momento, el COVID-19 fue visto como un castigo infligido a la humanidad por nuestra arrogancia, nuestra extractivismo desmesurado de los recursos naturales, el crecimiento de nuestras ciudades, nuestra falta de higiene, la explotación capitalista. Cualquier pretexto es válido para asumir la culpa. Pensemos en el cáncer: hay una guerra de la ciencia médica contra la enfermedad desde hace varios siglos en donde no se ha firmado ni la capitulación ni la tregua por cualquier de las partes en conflicto. Un relato de esta guerra lo encontramos en el libro de Siddartha Mukherjee El emperador de todos los males.
La literatura de la que les hablo no es un medio de entretenimiento o evasión, es una forma de entrar en el mundo, de estar en él a través de ese “yo encarnado” que nos revela el enfermo: lo que Edward Albee llamó “el peligroso poder de asistir al milagro de lo ajeno”. Las novelas (y en general, las obras de arte) hacen que la realidad sea más visible, una realidad que se nos escapa de las manos. Los grandes escritores también fueron lectores de símbolos, creadores de valores y de metáforas para entender nuestro mundo; grandes intérpretes de la realidad, de sus síntomas que descubrían un lenguaje subyacente o una señal en el leve temblor de un dedo índice, en la contracción de un párpado, en una pequeña vacilación del habla, en un mínimo gesto de la respiración: todo es lenguaje. Algo tuvo que saber Lev Tolstoi sobre la enfermedad para escribir La muerte de Iván Ilich: su proceso de degradación y muerte; y lo mismo sucede con Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz al describir a un antiguo general revolucionario enfermo y agonizante.
Para Bajtín, el lenguaje en el ser humano se entiende como un “acto ético, como acción, como comunicación dinámica” y está dimensión ética tiene que ver con participar en ese “milagro de lo ajeno”. Por eso leemos: por necesidad, por capricho, para conocer de los otros, para participar en realidades distintas y también, como un acto de eticidad en el lenguaje que describe y nombra al enfermo. La literatura crea un cúmulo de significaciones y traduce a nuestro semejante para nosotros. Leemos porque tiene sentido, porque crea símbolos: volviendo a Bajtín: “la escritura no se privilegia sino […] como un recurso capaz de traducir la voz humana en la medida en que es portadora de los sentidos de la existencia”. Lo “otro” deja de ser distinto para hacerlo propio, entrañable.

Participamos del drama de Hans Castorp en La montaña mágica y empatizamos con sus conflictos ideológicos, con sus romances, incluso sabiendo que jamás saldrá de esa clínica en Suiza porque Thomas Mann nos demuestra que toda enfermedad es una gran seductora y corruptora. En la obra de William Faulkner Mientras agonizo participamos de un monólogo interno que solo revela el desgaste, la agonía, acompañamos los últimos suspiros y percepciones del alguien que se despide de nosotros. Nuevamente, esa ética del lector nos lleva a participar y a condolernos. Pensar la enfermedad desde lo literario es concebirla no como una abstracción o un concepto desplazado de nosotros o de quien la padece: más bien es hacerla particular, verla como la singularidad del enfermo en la visión de su entorno, sus percepciones y perspectivas a lo largo de ese proceso.
La lectura ralentiza el paso del tiempo, crea un espacio privilegiado para la sensibilidad; retrasa la inmediatez del mundo. La enfermedad leída se vuelve transparente, nos revela detalles y narrativas que nos serían visibles fuera del lenguaje. Nos abre un mundo a su comprensión, a su escrutinio íntimo y privado fuera del morbo, sin tabúes y sin prejuicios sobre ésta. En una realidad que privilegia la inmediatez, la cultura visual, la atrofia de la atención, la sobreestimulación sensorial, la indiferencia hacia los demás, la lectura será un acto de empatía y de compresión para todos. En suma, leer se convierte en una acción ética.

