Exigente programa en el inicio de temporada de la OSY

En su crónica musical, John Vaquero pondera las virtudes del director José Areán al frente de la Orquesta Sinfónica de Yucatán durante el concierto inaugural de la temporada, con un programa variado y exigente, previo a su segundo recital como parte del concurso para elegir al titular de la OSY...

Sonó la campana el viernes 7 de septiembre en el Palacio de la Música. Cuatro grandes maestros se van a suceder durante ocho semanas para que la OSY termine eligiendo cuál de ellos será su director artístico. Es un concurso, lo que supone medirse con obras de índole diversa, alguna de ellas de obligado estreno para el director huésped de turno. Así son las reglas. Todo empezó bajo los mejores auspicios para quienes presenciamos la charla previa al concierto, que nos ofreció José Areán con la elegante cordialidad a la que nos tiene acostumbrados. Le noté ilusionado, casi jovial, feliz con estar de regreso a Mérida, a la que dedicó palabras de cariño sincero.

Minutos después saltó al ruedo, luego de un pequeño retraso (deberían existir leyes contra los políticos o funcionarios que demoran l’entrée des Artistes) con un repertorio de alta exigencia y variedad, aunque insólitamente unificado por el resonar de los timbales en la primera y la tercera parte del programa. Todo empezó con Antrópolis, en la noche de su estreno en Mérida: una ‘broma musical’, así había definido el maestro Areán la reciente obra creada por Gabriela Ortiz, a quien muchos consideran, en la actualidad, “la compositora más importante del planeta”.

Un homenaje, una reminiscencia (sin melancolía ni nostalgia tanguera) de aquellos lugares de baile, música y diversión de una ciudad de México que fue y no volverá, siendo ‘Antrópolis’ un neologismo que curiosamente recurre a un término, ‘antro’, que no usaban los noctámbulos saltarines y danzantes para nombrar a los salones de baile que frecuentaban hace unas décadas: el Tutti Frutti, el Bombay, el Colonia o Los Infiernos, por mencionar los que recuerda con gran precisión la propia Gabriela Ortiz cuando se refiere a aquella época.

Me pareció la obra bastante sorprendente, no tanto por la mezcla o superposición de ritmos y subgéneros americanos así como de registros musicales dispares (que ya no es algo realmente novedoso), sino por un pulso (no sé si es la palabra adecuada), un sello original, quizás generado por la singular combinación de percusiones y timbales. El público la recibió positivamente, aunque sin desbordado entusiasmo.

Con la segunda obra en el programa íbamos a lo seguro: “L’Arlésienne” de Georges Bizet, un topicazo que siempre funciona, desde que el compositor francés transformó una musique de scène (incidental) sin envergadura y para teatro de vodevil, en música de orquesta. La casi-farsa en que consistía la obra de teatro de Alphonse Daudet se diluye aquí y gana letras de nobleza, particularmente en el segundo y el tercer movimiento (menuetto y mélodrame), emotivos y penetrantes. La farandole pseudo provenzal de la apertura y el jolgorio algo forzado del carillón final sí recuerdan un poco la naturaleza de comedia de la inspiración inicial de la obra, pero no alteran en absoluto la belleza de esta composición, que la asistencia, seducida y convencida, recibió con muchos aplausos.

Faltaba lo que para mí fue el punto culminante de la noche: una sinfonía, la cuarta de Carl Nielsen, la más reconocida, pero que personalmente nunca había tenido la oportunidad de escuchar en concierto, hasta donde recuerde. José Areán considera al compositor danés como uno de los gigantes de la música escandinava, evidentemente junto con el finlandés Jean Sibelius. Su gran originalidad estriba en el duelo dantesco de timbales, pero es mucho más: me pareció perfecta de equilibrio, con oscilaciones vertiginosas, extraordinariamente efectivas y auténticas, entre calma difícilmente contenida y explosión de vitalidad al ritmo de un océano movido por vientos y mareas.

Su fecha de composición favorece la interpretación del opus como una evocación subliminal de los horrores de la guerra y, frente a ésta, de “Lo inextinguible” de la vida a pesar de todo. Así parecen corroborarlo las cartas que Nielsen escribía a su esposa, en las que le explicaba que su música “evoca los estados emocionales, semi caóticos y primitivos”, “la música es Vida y, como ella, inextinguible”. Una obra mayor, ciertamente, acogida con mucha satisfacción por el respetable.

Felicidades a todos los músicos de nuestra querida Orquesta Sinfónica de Yucatán en la noche de su regreso a escena. Y un abrazo cariñoso, sentido, para el maestro Gocha Skhirtladze y su familia.

Compartir artículo:
More from John Vaquero
La OSY y Scarano continúan el “Ciclo Bruckner”
El tercer programa de 2026 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán se...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *