Historia y literatura en “Península, Península”, de Hernán Lara Zavala

Mario Lope aborda la técnica que el escritor Hernán Lara Zavala desarrolló en su libro Península, Península (Alfaguara), y cómo empleó los recursos narrativos de la novela moderna y la decimonónica, así como su aportación al poner en tela de juicio un hecho doloroso: la Guerra de Castas de Yucatán.

In memoriam, Hernán Lara Zavala (1946 – 2025)

 

En este ensayo abordaré la calidad técnica que el escritor Hernán Lara Zavala desarrolló en su novela Península, Península (Alfaguara, 2008), y cómo empleó los recursos narrativos de la novela moderna y su diálogo con la novela decimonónica de importación y manufactura europea, específicamente francesa e inglesa, así como su aportación para enfatizar elementos históricos relevantes y poner en tela de juicio uno de los acontecimientos más dolorosos de la Historia de Yucatán: la Guerra de Castas. En 2010, la novela -y su autor- se hicieron acreedores al Premio Real Academia Española.

 

Nombrar la Historia

 No hay un reto más demoledor para un escritor que novelar la Historia. Sobre todo, aquella en la que se nombran vencedores y vencidos. ¿De qué lado se inclinará la balanza durante la narración? ¿Se hace con el perverso fin de ideologizar los acontecimientos? ¿De levantarle la mano, finalmente, al vencido? ¿Qué tan complicado será soslayar los matices narrativos para mostrar mejor los acontecimientos que aquellos que trata de mostrar la historiografía?

El propio narrador de Península, Península se pregunta, “¿Nos encontramos ante una novela histórica? No estaría tan seguro. Dudo que el adjetivo histórico logre superar al sustantivo ‘novela’. ¿Cómo escribir una novela basada en hechos reales del siglo XIX sin rendirse a las convenciones de la novela decimonónica? ¿Cómo resolver el conflicto, si acaso existe, entre ficción e historia?” (p. 99). (Todas las citas utilizadas en este trabajo corresponden a la cuarta reimpresión de Península, Península del 2025 de la segunda edición del 2018, de la editorial Alfaguara. Cabe mencionar que el libro se publicó por primera vez en el año 2008).

La novela histórica fue un género que multiplicó escritores en México durante el siglo XIX y XX. Ejemplos significativos tenemos a Manuel Payno con “Los bandidos del Río Frío” y “El fistol del diablo”, en esta última se relata la primera intervención norteamericana en México. Ignacio Manuel Altamirano con “El zarco” y “Clemencia”. Juan Díaz Covarrubias con “El diablo en México”. Luis G. Inclán con “Astucia: el jefe de los Hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la Rama”. Guillermo Prieto con “El alférez”. Y un autor que será protagonista en la obra de Hernán Lara Zavala, me refiero a Justo Sierra O’Reilly con “La hija del judío”.

Aquí entramos en materia pues la obra de Sierra O’Reilly fue escrita en el formato llamado “novela de folletín”, surgido en París en 1836. Este formato se imprimía por episodios en diversos periódicos de circulación citadina. Así que las historias mantenían a los lectores al filo de la página, pues no podían esperar al siguiente número para saber qué pasaba con la trama. Un siglo y medio después la “novela de folletín” se convirtió en telenovela, cuya intención se diluyó, manteniendo como único propósito entretener, sin ninguna calidad literaria.

Península, Península es una obra que utiliza los recursos de la novela decimonónica, adopta una técnica “de folletinista”, es decir, saca el mayor provecho al misterio, romance, trama, suspenso y horror, enmarcado en un poderoso aliento histórico, con personajes conocidos para el avezado y exigente lector, construido sobre una estructura lineal donde se cruzan cuatro historias, así como el canto coral y costumbrista de la sociedad en una guerra civil única en la historia de México.

Hernán Lara Zavala presenta la Guerra de Castas bajo el formato literario que le corresponde, sí, pero con un “aire moderno”, esto para ubicar al lector en todos los lugares posibles de la novela menos en el centro, de manera que quien lee la historia puede tener no sólo uno sino varios puntos de vista, mientras que un narrador omnisciente –y otro más que está fuera o más allá a manera de metaficción– se pasea por toda la historia y la conoce de principio a fin, dándole al lector pequeñas dosis de “pistas” para dejarlo como a un lector decimonónico. Porque, además de la narración principal que es la Guerra de Castas, Lara Zavala introduce hábilmente cuatro historias que se cuentan simultáneamente mientras se desarrolla la novela de la guerra civil: la novela romántica, la novela costumbrista, la novela histórica y la novela política.

Con estos elementos, el autor logra darle nombre a la Historia a través de la ficción novelada, contando los hechos con un rigor casi antropológico, aunque seduciendo al lector con la técnica narrativa y los materiales históricos del siglo XIX.

 

Cuatro historias noveladas y un narrador omnisciente

Lo realmente distintivo en Península, Península es el truco de contar la historia desde cuatro puntos de vista.

El primero: “el novelista”, de nombre José Turrisa (alter ego de Justo Sierra O’Reilly y partidario de los mendistas de Campeche) y secretario particular de Santiago Méndez, quien fuera gobernador de Yucatán. El segundo: Anne Marie Bell, institutriz inglesa que llega a Hopelchén y cuyo punto de vista será medular para describir las costumbres yucatecas en un diario a manera de etnografía antropológica. El tercero: el doctor Patrick O. Fitzpatrick, hombre que huye de las guerras de su país, Irlanda, y cuyo destino aciago nos mostrará una cara de la Guerra de Castas, la menos humana, la más triste. El cuarto: Lorenza Cervera de Montore, mujer blanca de familia acomodada, casada con un hombre comerciante que emergerá en calidad de desaparecido después de la toma de Tihosuco y cuya aparente viudez la llevará a los brazos de “el novelista”, José Turrisa.

Justo Sierra O´Reilly.

En este punto, el autor, al tratar las historias de manera independiente, proporciona datos al lector que algunos personajes no poseen y otros sí. Una estrategia casi detectivesca. El lector, al conocer los hechos de la novela y el porvenir de sus personajes, se mantiene con el libro abierto para conocer, en este caso, el desenlace, las virtudes y los defectos del ser humano. Al contar con tantos narradores, la historia se transforma en una selección de acontecimientos que coinciden en un mismo punto: la guerra civil.

Si nos hemos preguntado cómo era la Península de Yucatán en el siglo XIX, Lara Zavala nos lleva a un viaje monográfico y polifónico donde las costumbres sociales y religiosas se entrelazan con las pugnas políticas e injusticias de la época. La Península de Yucatán, conformada en aquel entonces por los hoy estados de Campeche y Quintana Roo, estaba dividida no sólo por bandos políticos, sino que se caracterizaba por ser profundamente clasista y racista, rozando con ciertos matices de esclavitud hacia los nativos.

La sociedad estaba dividida en razas y clases. Los blancos, descendientes de españoles y en su mayoría comerciantes, tenían el poder del dinero, las propiedades y el comercio, así como su influencia en la Iglesia. Los mestizos y algunos criollos ostentaban cierto poder, pero limitado ante su casta. Y los indios hombres eran trabajadores en las haciendas, mientras que las mujeres se dedicaban a la cocina y labores domésticas en las casas de los blancos y de algunos mestizos con cierto poder, como el militar.

 

La novela costumbrista

Anne Marie Bell, mujer londinense, llega al poblado de Hopelchén (hoy en el estado de Campeche, ubicado en la Región de los Chenes) como institutriz de un hacendado poderoso. Su tarea se limitará a ser la maestra de los hijos de Don Quintín Silvestre. La señorita Bell nos llevará a través de su diario por todas las costumbres sociales, religiosas, gastronómicas, y nos dará luz sobre el clima, las tradiciones, la vida cotidiana y su ocio, así como también por las fiestas patronales que se remontan tantos siglos atrás.

Es interesante como Hernán Lara Zavala se dio a la tarea de investigar y documentar la historia del siglo XIX para lograr una novela como esta. El trabajo documental suele ser exhaustivo para un escritor, y de no hacerlo se corre el riesgo de fabular sin el sustento que una historia de ficción debe contener por muy contradictorio que sea: la veracidad de los hechos.

La institutriz inglesa nos lleva por datos y crónicas monográficas de la Península de aquella época. Dice: “Me llama la atención que hay más gente indígena de la que imaginé (…) Para mi sorpresa abundan los indios, los cuales se reconocen fácilmente: visten de manta blanca, la mayor parte con pantalón corto abajo de la rodilla, sombrero de palma y buena parte anda descalza o cuando mucho con alpargatas (…) los hombres delgados y las mujeres entradas en carnes, pues para ellas lo rollizo es síntoma de buena bonanza (…) son silenciosos y tranquilos y se comportan de manera sumisa” (p. 54).

Una de las características del habla del yucateco es el acento. Esa mezcla cantada de la lengua maya amalgamada con el español y que hace tan particular a la gente de la Península. En la novela encontramos referencias que el autor intentó incluir como parte de la cultura yucateca. “‘Nada’, respondía él como autómata pronunciando su ‘d’ yucateca ‘no van a decir nada, nada, ni siquiera se van a enterar, ¿oíste?’” (pp. 39-40). “Sonrío ante cada cosa que dicen a pesar de que no siempre entiendo bien, pues tienen un acento desconocido para mí, el cual me hace gracia al tiempo que me cuesta trabajo entenderlo”. (p. 58). “Ama lo saludó con el sonsonete típico de Yucatán. Buenas, le dijo la mesticita, entra, ya puse tu hamaca. Vem, acá” (pp. 141-142). Como se puede apreciar, la letra “m” se reemplaza hasta el día de hoy por la “n”. Los yucatecos en vez de decir “bien”, decimos “biem”.

La gastronomía es un elemento cultural que en la Península ha permanecido por varios siglos. La novela de Lara Zavala arroja certidumbre acerca de los platillos que se preparaban sobre todo en la ciudad y de lo que se alimentaba la gente del campo. Este apego del yucateco hacia los guisos sofisticados tiene su origen no en el siglo XIX sino muchos siglos atrás. Sin embargo, en la novela Península, Península, la gastronomía está retratada tal como si entráramos a la cocina de la abuela.

“Luego vino el caldo de pavo con menudencias mientras colocaban en la mesa una fuente de verduras sancochadas: papa, zanahoria, plátano macho, col, colinabo, camote, calabaza, chayote y maíz en mazorca, un enorme plato de arroz con garbanzo recién salido de la olla, y en otra fuente diferentes piezas de pollo, carne de res y puerco sin que faltaran los aderezos: cilantro, rábano, cebolla picada, col en vinagre y chile habanero”. (p. 146).

“En la casa de los Silvestre comemos una combinación de cocina hispana, como el puchero, el cocido o los asados, con guisos de origen estrictamente maya que preparan las mestizas, elaborados a base de carne de pavo o de puerco aderezados con diversas salsas y acompañados de frijol y de tortillas de masa de maíz a la que a veces le agregan manteca para hacer otro tipo de bocadillos. El peculiar sabor de la comida de la región se obtiene de la trituración de las plantas silvestres que los mayas utilizaban como condimento: el achiote, el epazote, la chaya, la semilla de calabaza, el chile quemado y el chile habanero”. (p.121)

“(…) los indios en Yucatán solían ser delgados por sus costumbres sencillas y frugales, ya que en la mañana sólo bebían chocolate, a mediodía pozol con chile y sal, y comían una vez al día, dos horas antes de ponerse el sol: principalmente maíz, tortilla, chile y frijol; la carne sólo la consumían en fiestas y regocijos, salvo cerdo y pollo que podían criar en casa, pero por lo general la carne que comían era producto de la cacería e incluía venado, jabalí, pavo de monte, jaleb, armadillo e iguana”. (p. 89)

“La gente prefiere la miel para endulzar sus alimentos”. (p.60)

La vida cotidiana que se describe en la novela no dista mucho de la que se practicaba a mediados del siglo XX, cuando Mérida no pasaba de los 144,000 habitantes en 1950.

“Qué lento transcurre el tiempo en este lugar donde después de comer todo mundo duerme la siesta, cierra puertas y ventanas para evitar que entre la luz y, paradójicamente, no se recrudezca el calor. Cuando uno despierta tan sólo son las cuatro de la tarde y no hay nada que hacer salvo bañarse y arreglarse hasta antes de que anochezca para salir a dar la vuelta, conversar con los amigos y enterarnos de cómo va la guerra y qué nos depara el futuro, y por supuesto para chismear sobre los pequeños incidentes del diario acontecer”. (p. 257)

El personaje de Anne Marie Bell no se relaciona con otros personajes de la novela como el Obispo de Mérida, Celestino Onésimo Arrigunaga, los gobernadores de Yucatán Santiago Méndez y Miguel Barbachano, los insurrectos Manuel Antonio Ay, Jacinto Pat y Cecilio Chi, tampoco con el doctor Patrick O. Fitzpatrick, ni con uno de los narradores de la novela, “el joven novelista”, José Turrisa, o con una protagonista importante de la novela, Lorenza Cervera de Montore; no, la habilidad de introducir a un personaje como la institutriz inglesa tiene sustento para darle a la historia ese matiz casi fundacional al utilizar los elementos narrativos a manera de crónicas, como lo hicieron los cronistas del Nuevo Mundo.

Para Anne Marie Bell, la Península de Yucatán es el Nuevo Mundo en el siglo XIX. Y los elementos narrativos que posee su crónica hace de su participación vital para ambientar el paisaje natural y social de los poblados y ciudades donde se desarrolla la trama. Un elemento que cabe destacar en la narración de este personaje es la alteridad cultural. En un pasaje de su narración, Anne Marie Bell se queja: “Las costumbres de este país me resultan totalmente extrañas”. Aunque los cronistas del Nuevo Mundo dejaron constancia de todo lo que sus cinco sentidos percibían, no era casualidad que parte de sus descripciones fueran acompañadas de juicios de valor. El mismo caso se repite en Península, Península cuando la institutriz inglesa es invitada a una fiesta patronal que califica como “triste espectáculo”, (p. 124).

Describe una corrida de toros como las que se practican en la actualidad en cualquier pueblo del interior del Estado de Yucatán.

“Con bejuco levantaron un redondel y atrás improvisaron una tribuna con techos de palma. (…) Los toreros eran muchachos del pueblo. (…) El espectáculo me dejó fascinada y horrorizada. (…) El animal acomete con fuerza indescriptible y los toreros apenas y logran esquivar sus cuernos con la rara habilidad de sostener el capote tan cerca del cuerpo como les es posible. (…) Pero mi fascinación se rompió tan pronto apareció en el ruedo un gordo con una lanza a caballo. El toro se lanzó instintivamente contra ellos. Para mi horror me di cuenta de que el pobre caballo ¡tenía los ojos vendados!, de modo que caminaba a ciegas y para colmo no tenía más protección que una ridícula tela acolchada. Al ver que el toro empezaba a cornear al caballo empecé a gritar, provocando la risa de todos los que estaban cerca de mí, incluyendo a los niños, que parecían tan acostumbrados a ver estas cosas que ni se inmutaban. (…) Lo peor vino al final: el toro, desangrándose a la vista de todo el mundo, desesperado, débil y confundido por lo que estaba sufriendo, es ejecutado con una espada que le meten por detrás de la cabeza. Fue tan brutal y bárbaro que me desmayé”. (pp. 125-126).

Esta crónica, con abundantes adjetivos y juicios de valor, proporciona a la narración un ambiente antitaurino, tan socorrido en estos días incluso por la clase política, que ha prohibido las corridas de toros en algunas ciudades capitales del país, como la Ciudad de México, por ejemplo. Se desconoce si Hernán Lara Zavala escribió este pasaje de su novela con el objetivo de buscar empatía en el lector contemporáneo ante el sufrimiento de los animales, en particular con los toros de lidia. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

 

El galeno irlandés: ¿la novela existencial?

Patrick O. Fitzpatrick es un doctor irlandés que huye de las guerras civiles de su país. “Como si una maldición hubiera caído sobre él, la guerra intestina y la revolución lo perseguían de modo que donde ponía el pie, estallaba una revuelta”. (p. 72).

Este personaje es introducido para mostrar la otra cara de la guerra, la mas desalmada y cruda. El galeno, por sus conocimientos, será reclutado por el insurrecto Jacinto Pat para tratar de salvar la vida de su hijo, Marcelo. Al no lograr mantenerlo con vida, Jacinto Pat lo obligará a emplearse como médico de cabecera de su ejército. Al principio, el doctor Fitzpatrick llega a Tekax huyendo de Colombia, Perú, Chile y Guatemala, donde la guerra lo perseguía oliéndole los pantalones. Fija su residencia en un hostal de aquel pueblo sureño, luchando contra el paludismo que padece con polvos de quinina y whisky, cuando hay, o con ginebra o ron.

Su carácter es zafio, solitario, y siempre está de mal humor luchando contra el calor y el paludismo. No le gusta relacionarse con la gente y es de muy pocas palabras. Ante la novedad y chisme de que en el pueblo de Tekax había llegado un médico extranjero, la población, en su mayoría indígena, se dio a la tarea de visitarlo para consultarle sus dolencias físicas:

“A donde llegaba ejercía su oficio de médico practicando la curación cada vez de manera menos ortodoxa, pues su residencia en el trópico le había ido enseñando muchos remedios que poco o nada tenían que ver con la medicina convencional”. (p. 74).

Fitzpatrick atiende a una adolescente maya que traía un absceso en la parte superior de las nalgas (o bobosh, como está escrito en el texto), y su fama comienza a regarse en todo el pueblo. En Tekax “había muchos padecimientos: disentería, influenza, tisis, paludismo, inflamaciones, infecciones intestinales, tifo, tumores y pelagra o mal del indio (…) la medicina se encontraba en manos de farmacéuticos, aficionados y curanderos que se guiaban con libros y manuales y carecían de los fármacos necesarios, pues no había donde se expendieran medicinas y menos boticas para preparar medicamentos (…) No existían ni penicilina ni sulfas, así que era común que los más desprotegidos, una vez que caían enfermos, murieran irremediablemente”. (pp.77-78).

Las técnicas de curación en el siglo XIX eran primitivas para los heridos de bala:

“–Que sacrifiquen un puerco y me traigan sus tripas calientes –pidió Fitzpatrick sin hacer caso a lo que decía Pat.

¡Ya oyeron!, dijo Pat, obedezcan al doctor ¡y rápido!

Pat mandó sacrificar un cochino y cuando le trajeron las entrañas, Fitzpatrick las colocó sobre la espalda de Marcelo.

–Maten otro –volvió a pedir el doctor.

Al poco rato llegaron las tripas tibias del recién sacrificado animal. Ordenó que se llevaran las que ya se habían enfriado y colocó las nuevas sobre la espalda de Marcelo. La inflamación cedía poco a poco.” (p. 245).

Fitzpatrick será testigo de la guerra desencarnada pues cuando las huestes de Jacinto Pat y Cecilio Chi van ganando terreno, el doctor irlandés es tomado como rehén y sus conocimientos son utilizados para curar las heridas de los insurrectos. Lara Zavala describe los momentos más crudos de la guerra, “Fitzpatrick se internó en el recinto donde estaban los recién heridos. Eran cerca de quince con toda clase de llagas y heridas, algunos con el rostro desfigurado, otros con los brazos colgando o boquetes en el estómago, además de los enfermos de disentería, paludismo y tifo. El hedor a sangre, a carne descompuesta, adrenalina, orines y mierda invadía el ambiente”. (p. 396).

El personaje de Patrick O. Fitzpatrick es el de un hombre que busca no darle un sentido a la vida, pero sí aquel que cuestiona el sentido de ésta. El hecho de no relacionarse con nadie ante su mutismo escurridizo, su mal humor y aire solitario, el galeno irlandés es un personaje profundamente reflexivo.

Es un hombre que cuestiona la existencia y su propósito, así como también es un crítico agudo de su presente, un personaje a lo Camus. En un pasaje de la novela, vemos a un Fitzpatrick que reflexiona sobre la entereza de los indios y su capacidad de aguante en una guerra como aquella y su analogía con su pueblo, Irlanda.

“(…) consideraba que en circunstancias semejantes ni ladinos ni europeos, que tanto se quejaban de sus pérdidas y de sus muertos en las guerras, hubieran resistido una mínima parte de lo que había visto soportar a los mayas. (…) Tenían además un fino instinto militar, heredado de sus ancestros, y lo demostraba el hecho de que ya tenían casi ganada la guerra. Qué distinto sería todo si además de religión los ladinos les hubieran proporcionado educación e instrucción. Lo que los blancos llaman barbarie no es otra cosa que la descalificación del enemigo, pues ellos habían sido tan crueles o más en la conquista, sometimiento y catequización. (…) Cómo se acordaba de su amada y odiada Irlanda. Qué semejante había sido su padecimiento ante los ingleses, que los habían despojado de sus tierras, religión, identidad y hasta de la lengua materna. No tenía duda: los victoriosos se imponen sobre los vencidos… para justificar su propia barbarie”. (p. 397)

Hernán Lara Zavala fue técnicamente hábil al introducir a un personaje tan entrañable como el doctor Fitzpatrick, pues la visión que le impone a la novela es la de un crítico que no sólo cuestiona el propósito inhumano de la guerra, sino que reflexiona acerca del papel de ambos bandos: el del vencido y el vencedor, entregando una conclusión al lector abierta, para que éste derribe las barreras preconcebidas y los prejuicios que se yerguen sobre la “historia oficial” y emerja una nueva dialéctica e interpretación con las fuentes y herramientas disponibles de la Guerra de Castas o Guerra Civil Peninsular del siglo XIX.

CONTINUARÁ…

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