José Areán y Adrián Justus dan gran faena con la OSY

En el segundo concierto de la temporada, José Areán se despide dando una cátedra de dirección orquestal flanqueado por Adrián Justus en el violín solista. Wagner, Mendelssohn y Sibelius conformaron el magnífico programa. ¡Bravo!

El viernes 12 de septiembre tuvo lugar en el Palacio de la Música el segundo concierto de la temporada 44 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, escuchamos en esta ocasión la Obertura de El Holandés Errante de Richard Wagner; el Concierto para violín Op. 64 de Felix Mendelssohn y la Sinfonía No. 2 de Jean Sibelius, actuando José Areán como director huésped y Adrián Justus como solista invitado.

La sala prácticamente llena dio la bienvenida al director que correspondió sonriente al saludo y se dispuso a dar comienzo a la travesía que culminó tras un intenso recorrido de poco más de hora y media, para convertirse en un concierto memorable.

La Obertura de El Holandés Errante a más de las dificultades técnicas y los desafíos estructurales inherentes a la propia obra, representa para el director un reto interpretativo de extrema complejidad toda vez que, además de tener en mente el espíritu total de la partitura, debe auténticamente posesionarse de los personajes principales de la misma manera en que el actor dramático se despoja de sí mismo para convertirse en el protagonista que interpreta, solo que en el arte de la dirección musical operística el conductor transita de un personaje a otro en el lapso de unos cuantos pentagramas como intuimos, por su fuerza y su autenticidad, que lo hizo José Areán al representar la furia de un mar embravecido; al convertirse en el marinero maldecido que tras largo andar a la deriva alienta la esperanza de encontrar en los brazos de una mujer el remedio que conjure el hechizo, para luego revestirse con el ropaje del amor y el sacrificio que lo hacen poseer el espíritu de Senta y, finalmente, alcanzar la redención.

Una entrega, un riesgo, donde pudo convocar a los músicos de la orquesta que lo siguieron contagiados del drama entre compases muy próximos al silencio y elocuentes metales al límite del poder como cuando se canta un himno.

Con su batuta como timón y mástil de un buque fantasma que llevó a buen puerto, Areán se entregó a la música sin distracciones banales, afirmándose en su carrera de esfuerzo y de éxito, buscándose a sí mismo y encontrándose en Wagner.

Concierto para violín Op. 64 de Felix Mendelssohn, un remanso de paz luego de la tormenta: Adrián Justus entró al escenario donde fue saludado con entusiasmo, llegó precedido de una sólida carrera y la sencillez de quien finca su interpretación en el dominio de la técnica y en la comprensión de la partitura como lo demostró antes cuando, años atrás, tocó con la OSY el concierto para violín de Sibelius que, por cierto, alguna vez grabó con la filarmónica de Londres.

El concierto para Violín Op. 64 de Mendelssohn es la composición más conocida de este músico luego de considerar, desde luego, la Marcha Nupcial del Sueño de una Noche de Verano y es un concierto obligado en el repertorio de cualquier estudiante de violín avanzado y por ende, de cualquier violinista graduado.

Quizá por su popularidad es que se piensa que es una creación fácil de ejecutar pero en realidad por su complejidad algunos de sus pasajes tienden a pasarse por alto sobre todo en las cadencias cuya riqueza y virtuosismo pudimos apreciar en la notable ejecución de Adrián Justus.

Valiente el reto asumido por este intérprete al tocar una obra que buena parte del público conoce nota a nota y al que no se le puede engañar.

Sin introducción alguna, sin pistas ni grandes señales de alerta como lo manda la partitura, al tiempo señalado por la batuta inició el concierto con las notas del violín en un movimiento continuo acompañado por la orquesta dando sentido al “allegro molto appassionato” que marcó el tiempo de la ejecución y el suave pero profundo ritmo de todos los corazones.

Luego de un frenético diálogo entre el solista y la orquesta, el violín hizo un dramático silencio, la orquesta terminó sus compases con un “tutti” “fortissimo” y sin hacer pausa, la batuta le dio aliento al inicio del segundo movimiento.

El “Andante” convoca a la nostalgia, a estas alturas del concierto director, solista y orquesta ya son uno, transcurre nota a nota la paz que se interrumpe cuando tras estos compases introspectivos y de meditación, el director recupera el vigor y suenan los metales y las percusiones, comienza el tercer movimiento.

Justus hace alarde de un fraseo impecable, ese decir las notas sin perder una sílaba, ese hablar sin prisas ni retrasos aún en los momentos más ágiles, ese oír cada nota con una nitidez casi imposible, fue la marca de su virtuosismo, la señal inequívoca de que estábamos frente a un ejecutante que sin protagonismos arrogantes ni simulaciones de circo, se manejó en cada momento con los gestos precisos para comunicar lo que en un pacto espiritual sin tiempo, le confió Mendelssohn, el joven compositor que nunca dejó de serlo.

Tras las últimas notas, el público estalló en aplausos reconociendo el mérito de los ejecutantes.

Sinfonía No. 2 de Jean Sibelius: El primer movimiento anticipa lo que será el carácter de toda la obra poblada de contrastes, constantes retos para los músicos de la orquesta conducidos con precisión y destreza, una obra que en momentos evoca paisajes bucólicos y escenas de guerra, confesiones íntimas y diálogos abiertos que conforman un mosaico que luego de momentos difíciles de descifrar culmina en un éxtasis que declara el triunfo del espíritu sobre la adversidad.

Entre aplausos y “bravos” el publico dejó la sala tarareando el tema del gran final que le acompañará hasta el próximo concierto.

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