Fotos: Alfonso Solís/Teatro del Sueño
“-¡Marah!
-¿Qué?
-¡Baila!”
Todo empezó en el patio del foro alternativo Rubén Chacón, con la proyección de un video realizado por Claudia Rojas: un preludio aparentemente informal, como quien no quiere la cosa… la maestra Hortencia Sánchez resetea el corto, de manera que quienes vamos llegando podamos verlo desde el principio.
Después entenderé que no era un adorno o una mera entrée en matière sino que el espectáculo ya había empezado, con imágenes de Claudia Rojas en el malecón, filmadas con una frenética y muy lograda cámara al hombro, seguidas de escenas no precisamente turísticas o exóticas, sino profundamente auténticas, de la cultura afrocubana más genuina y popular, para llegar en un salto sorprendente a una entrañable revista de las grandes rumberas cubanas y mexicanas del cine de oro.

Los primeros instantes de la obra propiamente dicha, LA ÚLTIMA RUMBERA, podrían sugerir un papel de composición, en parte autobiográfico y en parte ficticio, pero muy pronto, el público entiende que no: es teatro-vérité, pero sin improvisación ni falsa espontaneidad, al contrario: extraordinariamente bien escrito y pulido por Claudia Rojas (autora e intérprete del unipersonal), el texto murmurado, declamado, cantado, bailado, gritado por MARAH, es el de un personaje que se va revelando más allá de la interpretación teatral.
Siento entonces, como espectador en la primera fila, a escasísima distancia de las tablas, un cosquilleo, una ligera inquietud, pues intuyo que no estamos ante un espectáculo ad hoc, hay algo más: la máscara griega se desvanece, y tenemos ante nosotros a una trapecista sin red, la actriz y bailarina no puede hacer trampa, se lo juega todo a una carta: su verdad. Pero no estamos, felizmente, ante una confesión ni una sesión de terapia que nos llevaría por sendas azarosas de neurosis sin resolver. Nada de eso.

Quien habla, grita, canta, suspira, corre, baila, es una Artista de los pies a la cabeza, y lo que nos cuenta trasciende su propia circunstancia para convertirse en una historia compartida, un pájaro volando, una mariposa posándose en el hombro de cada uno de nosotros.
Marah recoge sus pasos, y en su deambular hay tiernas evocaciones de infancia habanera, con la maravillosa evocación de la abuela gitana; emociones profundas y a veces, por ‘cosas’ que pasaron, aquí sugeridas, profundamente tenebrosas; rincones luminosos de sonrisas y risas. Es la historia de una perseverancia, de una insistencia, la de un sueño sin cumplir todavía, un todavía constantemente aplazado pero nunca desvanecido, en un stand by antes del gran salto que se prolonga más de la cuenta, en un largo paréntesis que por fin se cierra, porque Marah nunca dejó de creer.

El homenaje a las rumberas, Sonia Calero, Amalia Aguilar, María Antonieta Pons y tantas otras, inscribe una trayectoria individual en un legado cultural y artístico, en una filiación familiar y cubana, enriquecida con el encuentro yucateco y mexicano. Marah quería ser rumbera, pero no para repetir e imitar a aquellas divinas mujeres en blanco y negro, sino para reinventarlas. La última rumbera termina siendo la primera, empieza otra película, y la proyección sobre el muro del patio revela un significado inesperado al orientar a Claudia Rojas hacia un futuro abierto, por construir.
La acertada y excelente dirección de Francisco Solís se nota en una ágil escenificación que no da tregua al respetable, seducido y entregado a un espectáculo original: el de una vida singular, una voluntad férrea, un sueño postergado, una ilusión hostigada, un exilio exterior y un exilio de sí misma conjugados y dolorosos, pero también, en muchos aspectos, “una buena vida”, socrática (“una vida sin examen no merece ser vivida”, decía el filósofo); todo esto desfila ante el público en una hora que pasa como un instante, habitado por una gran artista con la fuerza y la alegría intactas, dispuesta a volver al ruedo, donde muchos vítores y olés, aplazados más no extinguidos, la esperan.

He visto bastante teatro en mi vida, pero nunca había asistido a una adaptación rumbera y tropical de La Vida es Sueño’ de Calderón, extraordinaria escena al servicio de palabras inmortales que todos llevamos impresas en el corazón:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”
CRÉDITOS:
LA ÚLTIMA RUMBERA
Presenta: Teatro del Sueño.
Dramaturgia y actuación: Claudia Rojas.
Dirección: Francisco Solís.
26 y 27 de septiembre de 2025,
Foro Alternativo Rubén Chacón,
Mérida, Yucatán.

