En realidad, mi lectura de Arendt me lleva a ir un poco más lejos que la denuncia de los gobiernos totalitarios nazis, fascistas o comunistas. Estoy convencido de que cualquier oficialismo, el más banal y aparentemente inofensivo y buenista, con algo de margen y ambición es potencialmente portador del gen de la violación : la de las personas, de su integridad y su autonomía, en definitiva de su libertad.
Si el contexto es democrático en el sentido amplio (elecciones más o menos serias y separación, incluso deficiente, de poderes), el proceso se hará sutilmente progresivo, y todos entendemos por qué unos de los blancos privilegiados por ese afán de domesticación serán los artistas y los intelectuales.
La irrupción del romanticismo y el apego emocional a la identidad colectiva regional o nacional del siglo XIX, después de una explosión de ideas racionalistas en el dieciocho, puso en bandeja, en Europa, la emergencia y desarrollo del existencialismo del siglo veinte. 
Debido a ello, quizás, Hannah Arendt -no es la única pero de ella tratamos hoy- parte de una vivencia suya, extrema, para evocar conceptos imposibles de separar de la sensibilidad y los afectos.
Eso es exactamente lo que hace en una de sus mayores obras, ‘Los orígenes del totalitarismo’, al vincular los desastres de su época con su particular experiencia.
Pero no es mi intención, aquí, volver sobre el terror parcialmente inédito de las peores experiencias de gobernanza, crueldad y represión del siglo pasado, de los campos de concentración al gulag, del genocidio de judíos y gitanos a los desastres del maoísmo, de las hambrunas de Stalin al gigantesco camposanto a cielo abierto de Pol-Pot.
Hannah Arendt sobrevivió a una de las facetas de todo aquello, siendo alemana y judía en los años treinta, y lo que me interesa en su trayectoria no es tanto su (¿milagrosa?) supervivencia sino su transcripción, a menudo implícita y entre líneas, a veces más razonada, del proceso de negación de su persona, de la privación de su identidad, por parte de las autoridades de su país, antes de que finalmente pudiera salir y recomponerse desde la desolación y la postración, las cuales fueron redimidas con la palabra escrita, la creación -en este caso más intelectual que artistica- de una mirada regeneradora y, para ella, salvadora.
Su condena y castigo fueron leves, comparados con el gas de Auschwitz
o el hielo de la Siberia; su cuerpo salió bien librado del infierno de las ideologías contradictorias (sólo en su apariencia) del nazismo y del comunismo, al son del hombre nuevo y de los gloriosos amaneceres convertidos en pesadilla y tortura para cientos de millones de seres humanos.
Su cuerpo, pues, salió ileso, pero su persona fue abolida. Ésa es precisamente la definición del totalitarismo según Arendt. Significa, por supuesto, la destrucción de la política como espacio deliberativo, habitado por disensos asumidos y acuerdos imperfectos pero posibles. Las revoluciones, todas y cada una de ellas, totalitarias en su esencia, son precisamente eso : la negación de la política, de la posibilidad de disentir y/o de acordar más o menos libremente.
Santiago Kovadloff lo expresa mucho mejor que yo: “Humanización y deshumanización son posibilidades del hombre. El predominio de cualquiera de ellas depende del mayor o menor relieve que en él cobre el otro como prójimo. Donde éste se disuelve, triunfa al unísono la extinción de la política.”
Me quiero dirigir nuevamente a mis colegas, mis amigos periodistas, intelectuales y artistas.
Los oficialismos con vocación autoritaria necesitan reclutar burócratas y eliminar, de una forma u otra (no siempre significa ejecutarlos físicamente; con intimidarlos, acosarlos, borrarlos, callarlos, someterlos o comprarlos puede ser suficiente, por lo menos al principio) a quienes piensan, actúan o crean con libertad e independencia.
No nos dejemos reclutar, ni por los de antes, que sólo aspiran a regresar con nostalgia de poder, ni por los de ahora (a menudo son los mismos, de hecho) que quieren perpetuarse o, por lo menos, prolongar su dominación hasta donde les alcance.
Seamos como Hannah Arendt: lúcidos, bastante escépticos frente a los que tienen las ideas demasiado claras y las ilusiones desbordantes, tolerantes con quienes piensan distinto (siempre y cuando no nos quieran imponer sus convicciones y su voluntad), pero intransigentes a la hora de defender nuestra integridad y nuestros principios; nuestras preferencias estéticas; nuestra sensibilidad propia, fuera de credos impuestos como las nuevas verdades reveladas.
El burócrata no piensa, sólo obedece, y si quiere escalar y prosperar, hasta lo hace con entusiasmo. Acata, no disiente. Afirma, censura, descalifica, no debate, ni siquiera conversa. Miente. Cree, no duda. O finge creer, hasta que se convence por enajenación y capitulación moral.
En la gran periferia iberoamericana, no se experimentó en carne propia el infierno del siglo veinte. La advertencia de Arendt es por lo tanto doblemente oportuna:
“Los campos de concentración y exterminio de los regímenes totalitarios sirven de laboratorios en los que se pone a prueba la creencia fundamental del totalitarismo: la de que todo es posible”.
Cultivemos al contrario, cada uno en su jardín secreto o en relaciones de proximidad, sin pretensión a la universalidad ni a la masificación, “el milagro de la singularidad”, único antídoto posible frente a la tiranía del todo.
La atrevida apuesta de Hannah Arendt, surge entonces de forma inesperada: las singularidades yuxtapuestas e interactivas pueden, sin planificación globalizante ni voluntad impositiva, contribuir a modificar la vida social.
A eso le llama civilización: un « artificio humano » que consiste en subordinar a posteriori, y libremente, lo
individual a lo colectivo.
De lo contrario, sin “civilización”, el mero ejercicio de la libertad personal desembocaría en un caos de individuos agitándose como patitos descabezados, cada uno dando vueltas sobre sí mismo y topándose fortuitamente con los demás.
El milagro de la singularidad es el de seres con alma, únicos e irrepetibles, cada uno con un valor inestimable, actuando libremente y sin coacciones, intentado, eventualmente, obrar por el bien común.
Para que funcione, no lo teoricemos demasiado, ni lo modelicemos, dejemos que fluya espontáneamente.
Por eso el Artista, encarnación avanzada, a mi juicio, de lo que estoy describiendo, vive en el intersticio insoluble entre su irredenta soledad y su aspiración permanente a ir hacia los demás.
Si esa noble pero voluntaria (e inconstante) aspiración a lo colectivo fuese forzada por una superestructura oficialista en la peligrosa senda que conduce, si se avanza en ella, hacia la uniformidad, y finalmente el totalitarismo, estaríamos ante la imposición por parte de un “Estado” de una voluntad general y en realidad arbitraria.
La singularidad, para Hannah Arendt, “constituye una amenaza permanente a la esfera pública porque la esfera pública está tan consecuentemente basada en la ley de la igualdad como la esfera privada está basada en la ley de la diferencia y de la diferenciación”.
En la tensión entre esos dos polos se mueven las personas. No dejemos que los estados, sus ramificaciones, sus oficinas, sus comisarios mal llamados políticos, sus propagandistas del supuesto bien y de la fingida corrección nos dicten nuestras conductas.
Hannah Arendt, frente al beato
optimismo que llegó a prevalecer después de la segunda guerra mundial, pensaba que “las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica en una forma digna del hombre”.
Como ponían en las películas de mi infancia, cualquier parecido con la realidad…
BIBLIOGRAFÍA DE/SOBRE HANNAH ARENDT:
https://www.ub.edu/ciudadania/hipertexto/teorias/biblioautor/biblioarendt.htm
https://www.goethe.de/prj/geg/es/thm/han/abi.html
BIOGRAFÍAS DE HANNAH ARENDT:
